Opinión/argumento


Todavía nos pesa todo lo que nuestros antepasados más lejanos han hecho y pensado. Si se escarba en la conciencia de nuestros contemporáneos, se encontrarán muchas personas que alimentan la idea de que la historia humana se puede interrumpir sin previo aviso.

Georges Duby.

Cuando Martín Lutero pegó las 95 tesis en la puerta del Palacio de Wittenberg, y dictó tres sermones en donde se oponía a la práctica de comprar indulgencias para el alma de propios y extraños que concedía la iglesia Católica con el fin de financiar la construcción de la basílica de San Pedro, en Roma, nunca se imaginó que la búsqueda de la verdad del espíritu religioso provocaría una sangrienta guerra entre los incipientes protestantes y los acérrimos católicos. Francia fue el territorio de la más cruenta de estas manifestaciones en lo que se llamó la Matanza de San Bartolomé. La crueldad del conflicto consistió en que detrás de cada bandada religiosa, se escondía, aunque no muy profundamente, fines políticos y económicos.

Las guerras de religión que iniciaron con las buenas intenciones interpretativas de Lutero, no fueron ni el inicio ni el punto final de los conflictos. Ahora, incluso antes de principios del siglo XVI, las religiones siguen costando vidas y mostrando las expresiones de violencia más crudas de la historia. La religión, en sus múltiples aseveraciones, ha creado momento de peligrosidad por la razón en que ha buscado generar el conflicto entre las personas y las ideas.

En una visión arriesgada, veríamos que lo que está detrás es el sostenimiento y la forzosa postura de la verdad. La imposición de eso que mora más allá de nuestra vida y nuestro entendimiento. Algo, como lo veo personalmente, absurdo, barato y peligroso.

Pero no sólo la religión (es decir, esa explicación supersticiosa del mundo que vivimos) sino lo religioso (lo sagrado, lo inmaculado, la visión metafísica de la realidad meramente física) son igualmente peligrosos. A las dos cosas les tengo pavor, pero si sumamos a eso la religiosidad secular, me muero de miedo.

Esa religiosidad secular se ha adueñado de las elecciones presidenciales (vivo en México y es año de elecciones, también sigo de cerca la política de Estados Unidos en donde también son fechas de campañas. Ahora entenderán lo cercanía con el tema). Los funcionarios públicos en contienda son enaltecidos como si no pertenecieran a este mundo (no todos y ni por todos).

Me cuesta no ver a los candidatos y candidatas como aspirantes a un cargo público. Por eso no entiendo bien los colores del partido como escapularios o amuletos. Me cuesta ver los logos y los rostros de la clase política en los cristales de las casas, colgando de las paredes, pintados en los postes, como si las 95 tesis de Lutero volvieran a poblar la Europa que veía la salida de la Edad Media para decirles a los creyentes la otra verdad de dios. Me imagino de nuevo a los feligreses divididos, vestidos bajo banderas que aluden a una misma deidad pero interpretada en otros términos, maldiciendo y reduciendo al otro a los huesos, a su enemigo.

Por eso me pregunto si alguien se ha puesto a pensar en las condiciones en las que quedará México después de las elecciones, en las divisiones que hemos creado. Entre eso, asumo mi culpabilidad. La guerra de religión de los partidos vendrá después, cuando las elecciones se hayan hecho.

No lo puedo evitar, me cuesta no ser testigo de cómo el sistema político y partidista de este país (y de muchos más), que siempre ha antepuesto a las cúpulas del poder, a las élites políticas, a los partidos y a los gobernantes sobre los ciudadanos, se reproduce con tanta similitud y viste a los ciudadanos con sus colores.

Será que es mi visión de que a las clases políticas, con las reglas internas del sistema, sólo se les vota, se les demanda o se les expulsa (ojalá se reformara el sistema electoral para que esto se permitiera). En esas tres atribuciones no me cabe ninguna más, y en el contexto actual me siento perdido.

Ahora que veo el país y las redes sociales digitales, que son la geografía que habito con mayor soltura, veo a un México dividido como lo fue la Europa del siglo XVI, como fue Francia en la masacre de 1572 y los Países Bajos dividido en dos por la guerra de Ochenta años.

Si me preguntan ahora qué es lo que ha divido a México, diría que la partidocracia y un sistema electoral (con su oportunidad reivindicativa mandada al traste por la cámara legislativa con la reforma electoral) y una democracia representativa falaz que sólo beneficia a los poderosos.

Si la historia nos ha enseñado algo, siempre se repite. La primera vez como drama, dice Marx, y la segunda como comedia. Sólo que de esta comedia pocos nos estaremos riendo.

Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común.

Osvaldo Bayer, En camino al paraíso.

No soy pejista, o miembro de alguna agrupación simpatizante de López Obrador (AMLO), nunca me he afiliado a ningún partido político u otra vertiente desprendida de alguno de ellos. Lo más cerca que estuve , fue cuando estaba en la secundaria y mi vecina, Teresa Rascón, se lanzó como candidata para una diputación por parte del PRD, y Beto y yo nos juntábamos con algunos de los hijos de los encargados de la campaña. Recuerdo que nos regalaron camisetas y nos dejaban ver el fútbol en el camión de campaña.

Hago esta aclaración porque me dolería que mañana se me acusara de provenir de un planeta que no conozco y del que nunca me ha interesado pertenecer.

El único organismo al que pertenezco es a Colectivo Vagón, una agrupación artística en Ciudad Juárez que no tiene y nunca ha tenido alguna afiliación política y que no cuenta con fondos de ninguna instancia, de gobierno o no gubernamental, para existir.

A la única a la que le debo lo que digo, cómo y por qué lo digo, es a mi integridad (si aún existe), a mi inteligencia, a mi nombre, a la gente que quiero y me quiere, a los que admiro y aprecio y busco ganarme el respeto que ellos se han ganado en mí. Y si soy lacayo de alguien o algo, es de mis ideas, que espero me representen mejor de lo que yo las puedo representar a ellas.

Si digo algo que me compromete, lo hago con toda responsabilidad de pensar que es lo mejor para el país, para la gente que habita en sus múltiples realidades y para las que lo harán en algún momento. Tal vez esté equivocado, pero eso sólo la historia nos lo dirá.

No creo en soluciones milagrosas, en que una persona o un grupo limitado van a cambiar a todo un país. Por eso tampoco soy un seguidor de las vidas intachables. Me gusta el humano que se equivoca, que se cae y se levanta, que no le da miedo exponerse por decir lo que siente y que se arriesga. No simpatizo con los personajes que son tratados con algodones o los que viven en esferas asépticas para que nada los toque. Que evaden la crítica para inventarse un mundo perfecto e intachable. Y esto lo digo por los cuatro candidatos, que es lo que me atañe hoy.

En pocas palabras, soy alguien que dice lo que piensa y que asume un posicionamiento político e ideológico crítico. Nada más.

No estoy tratando de convencer a nadie. No es mi punto y nunca lo ha sido. Si critico una línea política, un candidato o todo un partido, es porque siempre me ha dolido la indiferencia, el silencio autoproclamado, el olvido y la censura (tanto autoimpuesta como obligada).  Porque no me puedo quedar callado cuando veo el abuso, el autoritarismo y la corrupción. Y si la vemos, no importa que sea en nuestro lado, debemos denunciarla. El silencio no debe imperar jamás ante la injusticia, no importa de donde venga, no importa que trastoque en lo que creemos. Sé que es difícil, pero en algún lugar debemos de empezar para construirnos como seres críticos y propositivos.

Lo hago porque me duele Atenco, la violencia, la censura, la ignorancia y la corrupción milenarista de un partido que pensó en algún momento que el país y todo lo que había dentro de él le pertenecía. Porque me duele la violencia emprendida en una guerra cruenta y sin objetivo, fallida desde su gestación, con una mirada conservadora y autoritaria. Me duele Ciudad Juárez, los indígenas, las mujeres asesinadas, los homicidios contra jóvenes y niños. Por eso lo hago, porque este país me duele mucho y constante.

Pero peor aún, porque me dolería la violación a nuestra memoria histórica y de nuestra dignidad.

Tampoco me complace quedarme en la comodidad de la crítica y la denuncia. Valoro quienes han asumido esa responsabilidad con decencia, pero es necesario movernos un poco más. Esto me recuerda a lo que una vez escribió Jean-Paul Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que nosotros hacemos con lo que han hecho de nosotros”. El hastío en algún momento se debe convertir en decisiones. A veces no siempre tendremos las mejores opciones o circunstancias para decidir lo que queremos, pero debemos decidir. Como Ortega y Gasset lo dijo, incluso en el pabellón de fusilamiento tenemos la libertad de decidir morir como un cobarde o morir como un valiente.

Por eso he decidido votar por AMLO. Porque me cansé de los sistemas obsoletos y estrategias caducas que representan los otros candidatos. Porque creo que es momento que llegue otra fuerza que nos presente una forma diferente de gobierno, aunque esta nos sea desconocida en la práctica.

No voy a enlistar sus propuestas políticas o su plan de gobierno, eso le corresponde a cada uno de nosotros conocer a profundidad y decidir qué proyecto quiere que tome las riendas del país por seis años.

Yo voy por AMLO porque me ha convencido su equipo de trabajo, las personas que lo acompañan y que gobernarían junto con él. Tal vez he caído encantado por un discurso que se muestra más honesto y humano que los otros pero que en el fondo puede ser falso. Lo admito, pero dar mi voto por él no es darle mi silencio. Creo que es susceptible a la crítica como cualquier otro. Y si ocupa un lugar privilegiado en la administración pública, más. De hecho, cuando decidió tomar las calles del DF después de las elecciones de 2006, cuestioné severamente sus acciones que, para mí, fueron precipitadas y erróneas.

Y espero que quienes han tenido la inteligencia y la sensibilidad de cuestionar y exponer al PRI y al PAN respectivamente, lo hagan también con él, con sus partidos y sus compañeros de gobierno cuando sea necesario y justo.

Ahora me he propuesto votar por la persona detrás de la figura que han retratado o inventado los medios. No voy a votar por un mesías. Eso lo tengo claro. Y no porque he decidido mi voto tengo que responder las preguntas que sólo Andrés Manuel y su equipo debe saber. No soy su vocero, ni su representante de campaña. No tengo todas las respuestas a su proyecto político, y mucho menos sé si es la solución que el país necesita (cosa que incluso en el fondo, ni siquiera él sabe con seguridad). Lo que estoy haciendo es una deducción basada enormemente en lo que no quiero.

Si el país y la coyuntura fueran los propicios para anular el voto, seguramente lo haría. Pero ahora más que alzar mi voz a través del descontento legítimo de la anulación del sufragio, quiero que el poder cambie de manos y que las elites políticas sepan que los dos diferentes gobiernos que tomaron el poder en los últimos ochenta años no respondieron a las necesidades del país.

Y si me equivoco, yo seré el primero en reconocerlo sin arrepentimientos, porque seguí a esa voz rasposa y profunda en mi interior que me decía que era momento de cambiar de rumbo, aunque no tuviera a ciencia cierta al lugar al que nos llevaría.

De niño, cuando era mi cumpleaños, antes de despertar, mi mamá ponía una vieja cinta en donde un mariachi cantaba las mañanitas. En medio de la canción había una pausa repentina, pues alguien, por error, grabó un pedazo de otra. Era bastante cómico, porque, como era todos los años, siempre sabíamos en dónde iba a salir ese pedazo, entonces aprendimos a cantar las mañanitas de esa manera tan peculiar.

Todos los años. Qué nostálgico suena cuando lo ves escrito. Porque ya no es así. Ahora los cumpleaños son como cualquier día, con sutiles diferencias ¿Qué perdemos conforme pasan los años? Aparte de todas las cosas que se repetían incesantemente: las mañanitas con la pausa repentina, las fiestas en la casa, la guerra del pastel, las piñatas de Pocahontas. Poco a poco, el pasado se va volviendo algo cada vez más remoto. Aunque habría que tener cuidado con eso, pues el pasado es una cosa tan incomprensible como fugaz.

Pero lo que estoy seguro es que algo se queda.

Lo que me ha pasado a mí, es que he llenado mi cabeza de preguntas. Creo que incluso estudié filosofía y sociología porque tenía una obsesión tan arrebatadora de preguntar y quería que algo por fin me aclarara el por qué de las cosas. Voy al súper y pregunto: ¿por qué existen, por qué las líneas, por qué el dinero, por qué su nombre, por qué sus colores, por qué la gente, por qué las manzanas? Hasta las manzanas. Tantas preguntas terminan trastocando algo de mi vida. Y, claro, también llegué a preguntarme sobre lo que era cumplir años. Hoy estoy casi seguro que es un festejo de sobrevivencia más que de gratitud. No me gusta envejecer, pero no tengo opción. Algo debo de aprender.

Admito que hubo un tiempo en el que lo cumpleaños se me hacían la cosas más pedante y egoísta. ¿A mí qué me importaba festejar que yo vivía, si lo que realmente creía importante era la vida, en general? Sigo pensando que todos deberíamos de sacrificar nuestros cumpleaños personales por un cumpleaños masivos en donde se celebrara la vida. Incluso llegué a pensar que sería un día de agosto, aunque no recuerdo exactamente cuál, y que debíamos de regalarnos plantas, muchas plantas, y así nadie olvidaría nuestro cumpleaños, porque sería el mismo día, y sembraríamos las plantas y luego seríamos tan…

Pero claro que era una estupidez. O sólo que alguien que lea esto le parezca buena idea y quiera empezar una campaña a favor del día de la vida. Si es así, yo me apunto.

A esta altura ya he cedido mucho de lo que era—creo que sigo perdiendo cosas conforme pasan los años. Pero eso es inevitable. Pascal una vez escribió que el infortunio humano proviene de su incapacidad de quedarse sentado y tranquilo en su habitación. Porque al final de qué otra cosa se puede celebrar en este mundo, si no la vida.

Mañana, cuando despierte, y me dé cuenta que simbólicamente soy más viejo, y que la etiqueta que cargo con un número a mi espalda ha aumentado, dejaré que las cosas que me invaden, lo hagan con naturalidad. Pensaré, y seguramente esto nos haría un bien a todos, que no soy mejor que antes, o peor, y que no soy más guapo, ni más inteligente, ni mejor persona, ni que poco a poco me voy convirtiendo en un viejo decrépito incapaz de socializar, o que cada vez tengo más pelo en la cara y la espalda, y que pronto también tendré en las orejas, para llegar a la conclusión que esto se trata de nacer y morir, porque mientras no tengamos claro qué nos trajo a este mundo, entonces, como dijo Facundo Cabral, esta camisa y este pantalón ya son ganancia, lo demás es ocurrencia nuestra. De lo que se trata, es que muchas cosas se quedan y otras se suben a lo largo del camino.

No sé si los perros y los pájaros lleven un registro tan exacto de sus días como lo hacemos nosotros, pero lo que sí saben es que van perdiendo cosas: la vista, la velocidad, la energía. Los lobos, por ejemplo, a cierta edad se abandonan en la estepa, solitarios, para dejarse morir. Yo crecí sabiendo que vivir era mejor, hasta cierto punto, y que crecer siempre nos prometía un buen lugar para llegar y descansar. Ahora quiero pensar que los días son infinitos, y que una mañana, ya canoso, arrugado y lleno de desgracias y alegrías, simplemente ya no habré de despertar y será un mañana como cualquier otra.

A.G.Foto.

¿Quién está pensando en escribirle una carta de despedida a Juárez? Ni siquiera estoy seguro de qué es una carta de despedida. ¿No es la escritura siempre un lugar de tránsito? Escribe Maurice Blanchot que un libro nunca está ahí, y que se forma de hojas móviles, inaprensibles. Entonces, ¿cómo nos quedamos con una última versión en esa carta que muchos estamos dispuestos a escribir? Dice Cioran que el escritor siempre escribe más de lo que tiene que escribir. ¿Cuál escritor, el que escribió lo que después tuvo que cambiar, o el que está cambiando lo que antes escribió?

Hace un par de meses, en un panel de migración, José López Ulloa, un profesor de la universidad de Juárez, concluyendo su participación sobre algunas reflexiones sobre la migración, dijo que la peor causa de movilidad era la presión social, el miedo, y que por eso él, después de recibir una llamada telefónica a su casa, cuando daba una clase ahí, en donde se le amenazaba con cortarle la cabeza sin importar que estuvieran sus estudiantes, comenzó su círculo de migrante. ¿Cuánto valor tiene esas últimas palabras de López Ulloa antes de tomar un avión a Guadalajara? Si existiera esa última despedida que nos une a un lugar, a una persona, a uno mismo. Nietzsche, ya sumido en la locura por la sífilis, firmó una última carta con el nombre de El crucificado. ¿Esto lo convierte en un profeta, un ser mesiánico que se parte entre el mundo de la divinidad y el terrenal, que es sacrificado por el bien de algo que no es necesariamente él? El viejo profesor alemán que, ya fuera de sí, bajo los cuidados de su hermana, lloró agarrado al cuello de un caballo, triste, lamentándose de ambas vidas. ¿Era el último Nietzsche el que hablaba?

¿Cómo saber si seremos los últimos en escribir cuando tengamos que decir adiós, que no volveremos, eventualmente, a corregir lo que ya no nos define?

No puedo escribir una carta de despedida a Juárez. De hecho, no puedo escribir una carta de despedida, nunca. Lo haré, pero luego, tarde o temprano, tendré que volver a ella, al concepto, y comenzar de nuevo. Pero si quiero resumirme en una palabra, sin explicaciones complicadas, diré adiós. Adiós a Juárez. Aunque ya, en este momento, me estoy arrepintiendo.

Sabiduría que hace que en un momento determinando, a partir de la iniciación de la que hemos hablado frecuentemente, se produzca una especie de iluminación y reconozcamos que las experiencias vividas nos condujeron hasta un puerto seguro. Éste es el cortocircuito del que habla aquella antigua sabiduría que le decía adiós a la fortuna al haber llegado al puerto: Inveniportum spes et fortuna valete, Michel Maffesoli.


Ale.

El comienzo del artículo sobre la liberación de los supuestos indígenas responsables de la masacre en Acteal, Chiapas, hace doce años, de 45 tzotziles, en el periódico El País, dice: “¿En México qué es una verdad? Una mentira con dos testigos.”

El caso se extendió entre dudas, pruebas ambivalentes que incluso tenía su referencia en Wikipedia (sí, en la enciclopedia que todos hacemos de manera libre), la cual fue utilizada por el juez Martín Rangel Cervantes, inocentes que luego terminaban en la lista de culpables y asesinados, culpables que morían en libertad.

Si tuviera que leer de nuevo el artículo, seguramente pensaría que la respuesta a la pregunta de ¿qué es en México una verdad? Una mentira, un sombrero colgado de una estatua, un niño corriendo por la calle, una paloma cagándose sobre alguno de nosotros. Por eso en México la justicia es sinónimo de verdad. Cincuenta hombres encarcelados sin pruebas suficientes para estarlo, y cuarenta y cinco personas asesinadas sin que nada se haya resuelto.

Mariano Luna Ruiz, sobreviviente de la masacre, identifica a los presos como los responsables de la masacre. Pero los jueces han decidido otra cosa. Incluso el presidente Felipe Calderón ha dicho, desde Colombia, que estará atento de la comunidad de Acteal, aunque, admitió, no conoce mucho del tema. ¿No es eso también la verdad de un país? Nunca se conoce suficiente. La verdad es que no existe la verdad. Tal vez Terry Eagleton se echaría a reír si escuchara que México es un país posmoderno. No lo culpo.

Esto definitivamente no es Ruanda, no es equipara en los resultados y la cantidad de homicidios, pero es que ayer ganamos en el fútbol al país más poderoso bélica y económicamente (si nada sale mal), y en algún lugar de mí todavía sigue habiendo un poco de remordimiento.

Porque, ¿qué es una verdad en México?

Ale.

Este país está hundido. Es como el hoyo del cementario después de que se ha robado una tumba. Hay gusanos y polvo. Nada más.

Hoy estaba en Recaudación de rentas para que me reestablecieran la cuota fija (que es de mil pesos, subiendo más de lo doble  a la pasada).Pero antes de esto,nos hicieron mandar una carta de pidiendo casi casi perdón por ser unos ciudadanos de cuarta (en serio, nos pidieron una carta donde teníamos que decir por qué somos un jodidos que no podemos pagar impuestos). Fue un señor a tomar nota de nuestros gastos y ganacias. Es decir, fue a comprobar que en serio somos jodidos. Nos dio un papel para hacer una cita y llegamos bien temprano. Después de una hora y media de esperar, viendo el programa Hoy, en donde desfilan los personajes más irónicos de la farandula, nos llamaron. Era una chica sin chiste. Hernández, se apellida. Tiene cara de que no ha tenido sexo en varios años.

Leyó la carta que habíamos mandado. Claro, hasta ahorita. Se fue un rato y regresó. Me preguntó si fui yo quien había hecho el trámite pasado. Dije que sí. Dijo que entonces no sabía que había dicho yo para que subiera tanto. No sé si me explico. La chica insinuaba que era yo el culpable. Le dije que dí las mismas cantidades que esta vez, y que la persona que me atendió dijo que no se podía hacer nada, era lo menos. Se volteó y volvió a la computadora. Le pregunté por qué había subido tan drásticamente. Insistió en que no sabía que había dicho yo. Yo también insistí en que había dicho lo mismo, que si algo había cambiado, era en el aumento de los gastos y la reducción de la ganancia.

Al final lo dijo. Después de mucho tiempo. Dijo que había un nuevo impuesto, y que los anteriores habían subido para este año. Ah, pensé, todo es más claro.

Se fue de nuevo y regresó. Dijo que no podía hacer nada, que lo iba a consultar con sus jefes/dioses para ver lo que se podía hacer. ¿Qué? ¿Cómo? ¿En qué momento? Después de la carta, de la humillación, del tiempo perdido, sólo viene a decirnos que no puede hacer nada. Me enojé un poco y le pregunté. ¿Y dónde veo reflejados los impuestos que pago? Repitió la pregunta en voz baja. Sí, dije, en dónde. Pues se van a la federación. Pensé que la chica estaba sorda, o sólo un poco tocada. Sí, pero dónde se ven reflejados. Yo como contribuyente dónde veo lo que pago. Bueno, dijo mientras se reía, por ejemplo, en la seguridad. Ah, dije, entonces aparte de los cinco robos que nos han hecho en el año, aquí también nos roban. Cambió la cara por una muy seria. Mi mamá se molestó que hiciera esa pregunta, por eso fuimos discutiéndo en el trayecto a la casa. Dijo que fueramos en agosto, que pagaramos y ella vería.

Eso fue todo. Regresamos.

Mi mamá seguía con los reclamos. Estoy harto de que siempre seamos nosotros los que nos tenemos que hincar, los que tenemos que pedir perdón, y que sean ellos los que no tienen que dar respuestas sobre su trabajo, y nosotros, cuando estamos en esas situación, estamos condicionados a decir la verdad,aunque ésta sea humillante.

Conocí a mi burócrata favorito. Se apellida Hernández y trabaja en Recaudación de Rentas, y es un robot, tan frío como la computadora que se ha vuelto indispensable para hacer su trabajo. Un robot ajeno a lo que pasa a esta ciudad, a este país, a este mundo. Que sólo sabe decir “sí, señor” “no, señor”. Que no le gusta dar respuestas, y si las da, lo hace de mala gana, enfadada, incluso molesta.

Es cierto, tengo que ser más moderado, mucho más mesurado e inteligente. Mi mamá puede tener cierta razón en eso. Pero la vida es incertidumbre, y  no sé cuánto me quede en ella, por eso hago esto, exijo y no me quedo callado. Para que cuando muera, y llegue con el buen dios, él me diga “Diste mucha guerra allá abajo”, y yo conteste “bueno, pero no más que tu hijo, ¿estás de acuerdo?”

Alejandra.

Yo voy a votar por nadie, definitivamente. Creo que hace tiempo no estaba tan seguro de algo, como en esto.  La razón—o debería decir, las razones—es muy simple: porque se puede, es decir, es una figura política real, y porque estoy cansado de que de otra forma no suceda nada por parte de la clase política que ha monopolizado el accionar del poder.

La primera razón, que más bien sería la primera parte de una única razón, tiene que ver con la visión que comparto con otras personas de que anular el voto es una acción política necesaria. No se trata solamente de abstención, que de alguna manera refleja la poca confianza en el sistema democrático, sino de expresar que ninguna de las opciones que se nos dan abiertamente nos convence.  Porque si hacemos un viaje introspectivo de la democracia, no encontraremos con lo que Slavoj Zizek llama la “libertad obligada”, la cual argumenta desde una crítica a las propuestas del riesgo y la tercer vía de los sociólogos Anthony Giddens y Ulrich Beck. Para Zizek, la propuesta de estas teorías es que la supuesta libertad que se nos otorga en la actualidad se encuentra condicionada siempre para que escojamos la respuesta correcta. Abiertamente somos libres de escoger a cualquier candidato (así como somos libres de cambiar de empleo rápidamente o de preferencia ideológica…), pero siempre que escojamos  bien. De otra forma, el accionar de nuestra elección democrática es sólo una ilusión. Sin estar completamente de acuerdo, aceptamos que las opciones que llegan sean las opciones de quienes han decidido por nosotros. De ante mano están de acuerdo que ellos son los mejores y más competentes candidatos ante nuestra libertad. Al salir a la casilla y llenar la boleta, nuestros grados de libertad son tan pocos, que sólo podemos pretender accionarla escogiendo lo que nos queda.

¿No se convierte así la no-elección en un verdadero acto de libertad al escoger la única opción no condicionada? Llevemos el término no-elección al utilizado por Michel Maffesoli de la no-acción como una propuesta verdadera de acción crítica. La no-acción consiste en no hacer lo que tenemos que hacer. No sólo no respetar las reglas que no hemos decidido jugar, sino hacer todo lo contrario ante la imposición ideológica: hacer sin hacer nada. Esta acción contestataria la encontramos de manera gráfica en Job, el personaje bíblico, quien adopta una postura estática como accionar a los problemas que le acechan. No cae en provocaciones, no duda, no cuestiona su fe. Sabe que la única acción posible es la de no hacer nada. En éste sentido, la no-elección, o la propuesta de elegir la ausencia, es un ejercicio completamente propio. La ausencia es, en pocas palabras, la única figura política verdaderamente democrática.

Elegir la ausencia no sólo debe ser llamado anular. No, creo que más bies esto es  un error semántico terrible. Anular suena como a neutralizar, envolver en una consigna fría. Mi voto no está nulo, al contrario, está parcializado, vivo, tiene una intención bastante clara. Dice muchas cosas, como, por ejemplo, que no estoy de acuerdo con lo que los partidos políticos hacen del poder y con la preocupación mediática e interna de la clase política por resolver o enaltecer sus diferencias ideológicas en vez de una verdadera preocupación por el país.

Estaba pensando, por último, enla delicada situación por la que pasa Irán en este momento. Porque nosotros, o yo, entre muchos, buscamos un voto blanco, y ellos viven un voto rojo. Es decir, sin o con lo que elegimos, los votos siempre tienen colores. Pero qué bien se siente ser uno el que se los dé.

Estación Washington, del tren lijero, en Guadalajara.

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