La llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos representó un alivio histórico y el momento clave en la finalización de una administración desastrosa y polémica como la de W. Bush. Parecía que nada podía derribar a Obama. Incluso Michael Moore cerró uno de sus documentales dándole una carga demasiado fuerte para sus aún poco conocidos hombros (Capitalismo: una historia de amor). Pero Obama no ha resistido el embate de una crisis financiera que se gestó desde los periodos presidenciales anteriores, detonada por un sistema bancario que no midió las consecuencias de dar créditos a una industria inmobiliaria nacional que apenas y lograba sostenerse, mezclado con el debilitamiento de las economías europeas, la devaluación de casi todas las monedas del mundo y la caída de los mercados, en parte por especulaciones rapaces y por la desconfianza de los compradores por apostar por un sistema económico fallido.

Poco a poco Obama fue cayendo. Y ahora se topa, afortunada o desafortunadamente, con un movimiento, jóvenes en su mayoría, que propuso plantarse en Wall Street y exigir que los grandes bancos y financieros que llevaron al país, y al mundo, a la crisis por los malos manejos de créditos impagables y deudas tóxicas, rindieran cuentas y pasaran factura de sus errores. El movimiento, una de las mejores cosas que le ha pasado a Estados Unidos desde las movilizaciones por los derechos civiles y de género en los sesentas, se llamó a sí mismo Occupy Wall Street (OWS).

Pero a pesar de lo importante de este movimiento, que ha logrado cautivar a reconocidos personajes en economía y política, así como gente común y corriente (en los que me sumo), encontrando eco en diferentes rincones del mundo, su objetivo debe ser leído como un reclamo verídico, no como una solución operativa a los problemas económicos del país. La decisión final le corresponde al país entero, en gran parte a Obama. Quien en su administración durante la crisis no ha podido desvincular la economía nacional del sistema bancario. La práctica de los administradores del dinero público, como intermediarios de lo que la gente gasta, presta y cambia, sigue recayendo en los bancos, y mientras sean ellos los que controlen el flujo de los mercados, rindiendo cuentas sólo a los grandes grupos de poder detrás, los ciudadanos promedio (el 99% de la población mundial), se hundirán cada vez más.

EL problema es que Obama ha guardado demasiado silencio. Se ha callado los enfrentamientos entre policías de Nueva York contra manifestantes desarmados (un tema aparte que puede llegar a convertirse en su fantasma de navidad sino hace algo inmediatamente), las exigencias legítimas de una revisión del sistema bancario estadounidense; se guardó sus palabras cuando una fracción del partido republicano decidía el futuro de la economía, y cuando el Tea Party exigía un elevación del techo fiscal del país.

El OWS es la oportunidad de volver a tomar la voz que lo llevó a la presidencia. Debemos estar seguros que los dueños de los grandes bancos volverán una vez más (y muchas más) de rodillas a la cámara de representantes a disculparse por sus intencionados errores y buscando que el gobierno los remiende,  pero seguramente será demasiado tarde.

Ale.

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