Ya no podremos. No. Ya no debemos. Ya no debemos ver el cine igual. Es fácil sentarse y escribir de lo pésimo que es Hollywood. Muchos lo hemos hecho. Es más, lo hacemos tan seguido que incluso lo hemos convertido en un término. Hollywood, para los amantes del buen cine, es algo superado, con chispazos muy esporádicos de genialidad, pero que no pierde su esencia comercializadora y predadora. De niños, y yo me incluyo, no sabíamos ver otra cosa: lloramos, reímos, creímos en extraterrestres, en leones parlantes y promesas que duraban toda la vida gracias a esa industria, gracias a ese nombre tan genérico como voraz. De grandes, ya con un colmillo más largo y un arsenal terrible de nuevas referencias, le damos la espalda, y a todos los que estaban ahí.

No que de repente los grandes estudios estadounidenses se queden solos y nadie más crea en sus películas, eso no va a pasar ni en un millón de años. Pero ahora, bajo el nombre de unos de sus grandes símbolos de películas de acción (con escenas legendarias y recaudaciones millonarias), y uno de los más prometedores actores de la historia del cine, nos encontramos con otros rostro, otra actitud, un Hollywood que se ríe y llora de sí mismo. No porque las grandes productoras, que siguen apostando por cintas como Avatar y las ocurrencias malditas de Jack Black, haya recapacitado del mal que le han hecho al cine, sino que ahora, desde adentro, desde los mismo baluartes de las grandes producción, nos damos cuenta que detrás de las patadas y puñetazos, lo único que tenemos son mujeres y hombres que siguieron un sueño que no era de ellos, que vivieron una vida que no les pertenecía, y que fueron juzgados tan severamente por todos exigiendo más humanidad en sus películas, hasta que se nos olvidó que ellos también eran parte de la misma. Por eso no es extraño que las dos películas que critican y reivindican la industria de las grandes producciones del cine, surjan en el formato de falso documental (uno más que otro).

Me refiero a I’m still here, protagonizada por Joaquin Phoenix, y JCVD, por el legendario Jean-Claude Van Damme. La primera pasó por un largo proceso de preparación, en donde el dos veces nominado al Óscar declara que se retira de la actuación para volverse cantante de rap. Algunos recuerdan todavía la presencia de Phoenix en el programa de David Letterman, con una larga barba y unos lentes oscuros, con la mirada perdida y hablando en monosílabos. I’m still here retrata, como un reportaje familiar, la transformación de Phoenix, quien de manera voluntaria ha decidido abandonar su rentable vida como actor. Ahora sólo quiere fumar marihuana y cantar rap (con letras horribles y una música sacada de un programa amateur de hip-hop). La respuesta de los medios no se hace esperar, y el aclamado actor los evade hasta donde le es posible, reclamándoles que las decisiones sobre su vida, independientemente de si estas son las más acertadas, son su problema, haciendo lo que le gusta y no en lo que es bueno.

La otra no sigue el formato de homevideo, pues realmente vemos a Van Damme interpretando a Van Damme sin ninguna otra implicación. El viejo símbolo de las películas de acción está en el momento más difícil de su vida. Su carrera se ha convertido en un chiste, contratado por productoras asiáticas para recrear lo que hizo en los ochentas, peleando la custodia de su hija quien se avergüenza de su trabajo. Necesita dinero, así que va al banco, en donde se está efectuando un asalto. Un policía que va pasando por ahí cree que Van Damme es el responsable, así que pasa la noticia a la comisaría de Brusuelas, en donde se desarrolla todo. Los asaltantes aprovechan la situación y hacen que Van Damme finja ser el asaltante, que para ese momento ya han tomado a un grupo de personas secuestradas. Al actor no le queda otra opción más que fingir el teatro. Uno de los secuestradores simpatiza con él, y le ayuda a liberar a los rehenes, cosa que sucede con algunos cuantos decesos. Al final, el actor es encarcelado por extorsionar al Estado, quien debe cumplir tres años de cárcel.

¿Qué aprendemos después de esto? Que la vida nunca pierde su peculiaridad dolorosa, no importa quién o qué seas. El final de I’m still here es emblemático: Joaquin Phoenix caminando al interior de un río hasta que éste le cubre totalmente, todo en una sola toma, con la cámara a su espalda como un intruso fiel que lo sigue a donde desee. En JCVD nos encontramos con un monólogo de Van Damme frente a la cámara (nos habla a nosotros, a los ojos) y nos suelta frases incongruentes que toman un enorme valor en solitario, por ejemplo, que matar gente es estúpido, porque todos son maravillosos; que jamás ha juzgado a las personas, pero a él no sólo lo juzgaron, también le condenaron. Agrega que de niño, cuando no tenía nada y vivía en la pobreza, siempre soñó en ser un famoso actor, y cuando lo consiguió, se preguntaba porqué había gente más talentosa que él que no lo había logrado. Al final de esas palabras improvisadas, el hombre de los grandes músculos, y en un francés perfecto, comienza a llorar, justo después de reclamar que eso no es una película, si no la vida real (un ejemplo arrebatador de metacine que bien vale la interrupción).

Es fácil hablar desde afuera, fingir que entre mejor nos volvemos, mejor es negar con la cabeza y apuntalar lo que no nos parece. El cine no es sólo dinero o arte, son respiraciones entrecortadas y lágrimas inexplicables. No quiero sonar como un aguafiestas, porque me encanta Godard y Kaurismäki, pero no puedo negar que en algún momento también disfruté con Jack Nicholson y sus manías de limpieza en As good as it gets, o que esas diez cosas que odio de la persona que amo estuvo presente en la lista de 10 things I hate about you.  Tal vez sea sorprendente cómo el hombre que en sus películas podía derrotar a todo un ejército con un cuchillo, o el que con un movimiento de su dedo podía matar a un hombre, se nos muestren tan simples y humanos como deben ser realmente.

Tanto en I’m still here como en JCVD, la pregunta central donde parte todo, es: ¿pero qué le hemos dado al mundo? Y los dos lo responden igual: nada. Esa reivindicación del gran cine, de los grandes estudios y las grandes inversiones, es más que suficiente: al final, como una profecía maldita en la voz de un pasado remoto y un presente prometedor, lo único realmente congruente es pensar que no se ha hecho nada, y que la fama es el producto de un montón de circunstancias que nos salvan o nos condenan para siempre.

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