El cuerpo es frágil. Es como un vaso de cristal cayendo desde la mesa. Tarde o temprano tocará el suelo con cierta fuerza, que se romperá. La pregunta consiste en saber en cuántos pedazos. Diez, o cien, seguramente en dos, nada más. Tal vez haya unos tan diminutos que sería imposible contarlos.

El fuego, el agua, una enfermedad, una bala. El cuerpo sólo es capaz de demostrar su debilidad cuando se le enfrenta a la muerte. Freud pensaba que era ella la que nos ponía al límite. La muerte es la que nos lleva al reconocimiento de una triste pero cruda realidad: la debilidad del cuerpo. A pesar de los años, de los muchos años, el humano ha visto evolucionar su cerebro, algunas articulaciones, su rostro, su lenguaje. Pero el cuerpo, de alguna manera más resistente antes, sigue conservando su elemento de vulnerabilidad. Algunos antropólogos se sorprenden de la capacidad, y fortuna, de sobrevivencia del ser humano. Plagado de peligros, el humano resistió desde las cuevas, retraído completamente incapaz de dominar, uno, la tierra inhóspita en la que se encontraba y, dos, la vulnerabilidad de un cuerpo incapaz de garantizarle la vida.

El cuerpo es frágil. Demasiado, tal vez. Tanto, que deberíamos de aprender a ver la vida con la misma delicadeza con la que nuestro cuerpo la mira.

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