¿Quién está pensando en escribirle una carta de despedida a Juárez? Ni siquiera estoy seguro de qué es una carta de despedida. ¿No es la escritura siempre un lugar de tránsito? Escribe Maurice Blanchot que un libro nunca está ahí, y que se forma de hojas móviles, inaprensibles. Entonces, ¿cómo nos quedamos con una última versión en esa carta que muchos estamos dispuestos a escribir? Dice Cioran que el escritor siempre escribe más de lo que tiene que escribir. ¿Cuál escritor, el que escribió lo que después tuvo que cambiar, o el que está cambiando lo que antes escribió?

Hace un par de meses, en un panel de migración, José López Ulloa, un profesor de la universidad de Juárez, concluyendo su participación sobre algunas reflexiones sobre la migración, dijo que la peor causa de movilidad era la presión social, el miedo, y que por eso él, después de recibir una llamada telefónica a su casa, cuando daba una clase ahí, en donde se le amenazaba con cortarle la cabeza sin importar que estuvieran sus estudiantes, comenzó su círculo de migrante. ¿Cuánto valor tiene esas últimas palabras de López Ulloa antes de tomar un avión a Guadalajara? Si existiera esa última despedida que nos une a un lugar, a una persona, a uno mismo. Nietzsche, ya sumido en la locura por la sífilis, firmó una última carta con el nombre de El crucificado. ¿Esto lo convierte en un profeta, un ser mesiánico que se parte entre el mundo de la divinidad y el terrenal, que es sacrificado por el bien de algo que no es necesariamente él? El viejo profesor alemán que, ya fuera de sí, bajo los cuidados de su hermana, lloró agarrado al cuello de un caballo, triste, lamentándose de ambas vidas. ¿Era el último Nietzsche el que hablaba?

¿Cómo saber si seremos los últimos en escribir cuando tengamos que decir adiós, que no volveremos, eventualmente, a corregir lo que ya no nos define?

No puedo escribir una carta de despedida a Juárez. De hecho, no puedo escribir una carta de despedida, nunca. Lo haré, pero luego, tarde o temprano, tendré que volver a ella, al concepto, y comenzar de nuevo. Pero si quiero resumirme en una palabra, sin explicaciones complicadas, diré adiós. Adiós a Juárez. Aunque ya, en este momento, me estoy arrepintiendo.

Sabiduría que hace que en un momento determinando, a partir de la iniciación de la que hemos hablado frecuentemente, se produzca una especie de iluminación y reconozcamos que las experiencias vividas nos condujeron hasta un puerto seguro. Éste es el cortocircuito del que habla aquella antigua sabiduría que le decía adiós a la fortuna al haber llegado al puerto: Inveniportum spes et fortuna valete, Michel Maffesoli.


Ale.

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