A veces un arma, una idea en la cabeza, un casco, una placa, te hacen sentir más fuerte. Te provocan algo que se mete en tu cuerpo y te hace pensar que tienes la razón. Te vuelves como el caparazón de una tortuga que se mueve a la voluntad del animal que la carga. No eres tú. Eres ese pequeño amo que te dicta, que te prohíbe escuchar más voces, voces que van en contra de lo que te dicen que debes creer, de lo que tu placa en el pecho te recuerda que debes sentir, de lo que tu responsabilidad inamovible te dice que debes hacer. Eso, en palabras de Michel Foucault, hablando de Gilles Deleuze, es un fascista diminuto que habita en ti. No en forma de gran dictador, sino casi como un error en tu código genético.

En la mañana te puedes levantar y todo es normal. La voz dentro de ti te dice que el mundo es cruel, y que el único soporte que tienes es seguirla escuchando hasta que sea necesario. Es decir, te mueras, deje de necesitarte, o despiertes. Caminas por la calle y todo es caótico. No entiendes nada, y no te culpo, el mundo no siempre es como un paseo por el parque en domingo. El problema es que tú tienes una voz silenciosa que es celosa. A veces en nombre de un burócrata, o de un líder mafioso. Tú lo sabrás mejor que yo.

Se te olvida qué sentir. Peor: se te olvida que los demás también sienten. Pero nada de eso te toca, porque la voz dentro de ti, esa que no sabes bien de dónde y por qué existe, te da permiso de hacer lo que debas hacer. Como te habla en términos maniqueísta, sólo reconoce el bien y el mal. No lo cuestionas, pero sabes que la voz no puede estar equivocada.

Te manda a hacer lo que ella no está dispuesta a hacer. Eres una maquinita que se ensucia las manos por ella. Tú no debes pensar, ella ya lo hace por ti. Y tú estás bastante convencido de eso.

Llegas y tomas a alguien del brazo. No sabes si es amigo o amiga de tu hijo en la escuela, si se toparon un día en el mandado o si le ayudó a tu padre enfermo que está en el hospital cuando era voluntario. Sabes que la debes sujetar del brazo y jalarla. Tal vez te cuestione. De hecho lo hará. Pero no importa. La voz dentro de ti te dice que no proceses esa información. La vas a jalar, cada vez con mayor fuerza, y la vas a arrastrar hasta esa momentánea cárcel de cuatro ruedas que en ocasiones se convierte en tu hogar. Te va a decir que todo esto es por la paz, que están hartos de la violencia, que quieren un cambio, una consciencia. Pero de nuevo la voz. La voz es más fuerte. Es como un concierto de alguna banda de rock.

Al final regresas a casa. La de la mano no. Pero eso no la desanima, porque los que no escuchamos la voz vamos a ir rescatarla, nos mueve algo que es más grande que todos nosotros juntos. Algo que también te toca a ti, aunque no lo creas, aunque la voz te diga que nosotros no sabemos nada, que si fuera por nosotros, este mundo ya se hubiera ido a la mierda.

Pero un día tu voz se quedará sin aliento. Tu tortuga morirá y serás un caparazón vacío con un cadáver dentro. Pero no te preocupes, porque en nuestro mundo siempre tendremos lugar para ti, aunque en el tuyo seamos un estorbo.

Para hacer al individuo sagrado debemos destruir el orden social que lo crucifica, Trotsky.

 

Una oleada de multimillonarios en Estados Unidos y algunos países de Europa, la mayoría propietarios o co-inversionistas  de empresas trasnacionales o especuladores financieros, se han unido para expresar públicamente que el gobierno debería aumentar los impuestos a sus empresas, esto justo en el momento en que el sistema bancario capitalista global se tambalea frente a una crisis financiera que se ha extendido y afectado más de lo esperado. Detrás de ese posicionamiento conciliador se encuentra una visión que busca legitimar una lógica económica en declive, argumentando un fin filantrópico en defensa de la clase media trabajadora.

La bomba la puso Warren Buffet, un exitoso economista que se ha convertido en el apoyo de asesoría financiera de la administración de Barack Obama, y esta iba dirigida al mismo presidente de Estados Unidos, testigo silencioso de una crisis que se fue gestando años antes y azotó a la entrada de su gobierno. La intención de Buffet, un líder de opinión para la elite política y económica estadounidense,  fue soltar una pista no mal intencionada a Obama para que encontrara el camino que por momentos (ejemplo, las acciones que tomó el ala conservadora del partido republicado, el Tea Party, en elevar el techo fiscal para que Estados Unidos pudiera endeudarse más, oponiéndose al aumento de impuestos) se le perdía, lo que debilitó la confianza de inversores, una fuerte caída de sus mercados e incluso le mereció un bajón en su categorización de AAA por una importante calificadora, Standard and Poor’s.

Buffet conoce el sistema bancario a la perfección, lo que le ha permitido colarse rápidamente en la lista de los hombres más ricos del mundo, y sabe que quienes manejan dinero, y no servicios o productos, tienen estrategias fiscales para pagar menos impuestos de los que seguramente deberían. Su  objetivo, como lo presentó en un artículo en The New York Times, es aliviar de la responsabilidad de la crisis a las clases medias, pero sin renegociar el sistema bancario en general.

El eco de Buffet se extendió hasta Francia, donde una serie de empresarios decidieron expresar a través de un comunicado de prensa su interés en colaborar con el gobierno de Nicolas Sarkozy  pagando impuestos más altos. En una carta enviada a Le Nouvel Observateur, los empresarios muestran su preocupación de una fuga de capital del país por la evasión fiscal, lo que seguramente desaceleraría el crecimiento del país. Resurgiendo el gran miedo de las economías occidentales que la demanda llegue a ser tomada por las ofertas asiáticas. Por eso no es raro ver compañías como L’Oreal y d’Orange figurando en la lista.

Habría que mirar con detenimiento los posicionamientos de la elite económica mundial, sin olvidar que estas esferas buscan, ante todo fin, la utilidad. Es importante mencionar que una elevación en los impuestos de los grandes empresarios globales no frenará la posible caída de los mercados internacionales ni el debilitamiento de países en la Eurozona (sin contar América Latina y África) como Irlanda o Grecia,  este último por su segundo rescate en la actual crisis. Entrelíneas hay un proteccionismo y una visión que busca delimitar las fronteras comerciales, sosteniendo un sistema económico que se perfila al declive. Buffet, también conocido por sus acciones altruistas, intenta mostrar un sistema bancario capitalista con un rostro humano, sensibilizando a los que concentran el mayor poder adquisitivo del mundo, renunciando a los privilegios fiscales a favor de mantener el sistema que les dio todo. El problema puede residir en que la crisis actual no es sólo un mal manejo del sistema bancario y equivocaciones políticas de los gobiernos, sino que ha llegado al borde de su continuidad. Buffet jamás hace mención de los procesos de desindustrialización, ni de los paraísos fiscales o del abuso de grandes empresas para maquilar sus productos en países con mano de obra barata. Por eso no es extraño que haya una preocupación por parte de la elite empresarial por rescatar las economías de Europa y Estados Unidos, llevándolos a un acuerdo mediático sin precedentes (tanto en Estados Unidos como en Francia los argumentos se expresaron en la prensa, y no en el debate público) que sólo se ha presentado en medio de una crisis financieras, pero no en catástrofes ambientales, crisis de violencia, sequías o hambruna.

No habría que dudar de las buenas intenciones de los grupos dueños de las economías mundiales cuando dicen que deben ser ellos quienes tomen la responsabilidad de la crisis financiera. Pero sí habría que ver con recelo toda acción paliativa que busca aceitar la máquina que ha generado la crisis. Pensándolo como una vez dijo Michel Foucault, refiriéndose a Gilles Deleuze, identificar el fascista dentro de nosotros que nos hace aceptar la esclavitud como una forma de libertad.

 

Ale.

Fue el sociólogo Gilles Lipovetsky quien, hace varios años, con el dedo húmedo intentado saber la dirección del viento de esa cosa que Jean-François Lyotard había llamado posmodernidad, pronosticó una época en donde las sociedades occidentales (o capitalistas, o posindustriales, o vayan ustedes a saber el nombre correspondiente de esto que tanto han buscado nombrar) se estacionarían en una abrumadora soledad. Tanta era su fe en ese argumento, que lo ha sostenido hasta la fecha. Los humanos han dejado de tener hijos para adoptar mascotas, se han confinado en pequeño cuartos y trabajos solitarios, se han anclado a una silla frente al monitor que los conecta con la vastedad del mundo que ignoran completamente en su exterior, le han dejado su memoria, su pasado, su vía de socialización, a un aparato que se les muestra frío y silencioso.

Ese mundo podría no existir. Tal vez Lipovetsky sólo inventó una novela que ahora leemos bajo el género de sociología, que buscamos en la librería como si buscáramos a Marcel Proust o Raymond Carver. Pero la soledad, esa cosa que Alejandro Jodorowsky definió como el no saber estar con uno mismo, no lo inventó ningún sociólogo, psicólogo o momento histórico o civilizatorio. Esa sensación es más grande y abrumadora que todos los siglos que nos tomen para explicarla. Es más imponente, más antigua, más inexplicable, que todos los textos, películas, argumentaciones que se puedan hacer sobre ella.

¿A dónde quiero llegar?

Al meollo de la película Catfish, un documental nada convencional que surge de manera incidental cuando unos amigos comienzan a grabar la relación de Nev con una pequeña niña pintora, que luego se extiende a Facebook (el escenario perfecto para tejer una telaraña tan grande como la imaginación de cualquiera de nosotros). Nev se involucra sentimentalmente con su familia, un grupo de personas con grandes talentos artísticos y un interés particularmente especial en la vida de Nev y sus dos amigos cineastas.

Pero, ¿a dónde quiero llegar?

Al mundo paralizado detrás de las computadoras, de las Redes sociales, de los paraísos perfectos que manejan la campañas de Facebook y Twitter, de la publicidad informática. El mundo escondido que se presenta como un fantasma que se aparece en las noches para anunciarnos que el rey ha sido asesinado (sí, como en Hamlet, en donde el espectro, el representante del otro mundo, devela la verdad que en el mundo de la vigilia no se ha podido descubrir).

Nev deshila la vida de una familia que no existe, de una niña irreal que no pinta, y que poco le importa el arte, de una mujer solitaria que ha creado todo para salirse de su cotidianidad monótona en una pequeña casa de un pueblo tan solitario como el letrero de un hotel abandonado. Eso es lo que Nev encuentra cuando rasca más profundo, yendo más allá de un simple perfil en el mundo virtual.

¿A dónde lleva este argumento?

Algo muy simple. Catfish es el documental de nuestro tiempo. Tal vez su vigencia dure sólo un par de años, cuando Facebook se convierta en una pieza del museo digital. Pero hoy, más que nunca, nos dice algo esencial de lo que somos (y que tal vez dejamos de hacer algún tiempo atrás). Que somos personas solitarias. Pero no sólo en ese tono academicista y frívolo con lo que lo dice Lipovetsky, sino como algo familiar. Algo que nos ha tocado, a todos, y nos ha llevado a encerrarnos en una fantasía que puede sonar (sólo sonar, como una canción de elevador) como algo satisfactorio.

El momento más bello de la película es cuando el esposo de la mujer que le ha mentido a Nev, dice sentirse agradecido con él por apoyar a su esposa comprándole sus pinturas, lo único que la hace sentir viva. El momento detonante de su intervención es cuando narra un problema recurrente que tenía en su trabajo, el cual consistía en transportar peces para consumo de Estados Unidos a China. Dice que los peces, una vez en la embarcación, se quedaban varados en las enormes peceras, lo que hacía que su carne no tuviera la misma calidad que si se movieran. Entonces se les ocurrió meter catfish, un tipo de pez bigotón que deambula por la base de la pecera, los cuales obligarían a los peces a moverse. La metáfora, concluyó, es que hay gente en este mundo que son como catfishs, que están aquí para despertarte, para que no te quedes varados y te estés moviendo. La soledad, a veces, también juega ese papel. Por lo menos en forma de película.

Foto: A-G.

Ninguna ciudad es suficientemente pequeña para no verla. Si nos preguntamos por qué y cómo las grandes ciudades se han convertido en los focos creativos de los países, la respuesta terminará, desgraciadamente, en el poder y el dinero. Ninguna ciudad, incluida Juárez, es demasiado incipiente como para que los ojos que la ven sean sólo los de los hombres de traje negro que llevan el portafolio con dinero en la mano, aunque siempre termina siendo lo contrario. Es triste, pero es la verdad. Las ciudades pequeñas, las que tradicionalmente se les ha visto como de paso y que lo único que alojan son malas noticias, son rentables como tema de película, no para que ellas mismas cuenten su historia.

Hace unos días, el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) mostró su interés en grabar cuatro (o cinco, depende de dónde lo lean) películas en territorio chihuahuense, lo que no sólo impulsaría al cine nacional, sino el desarrollo económico del estado, pues el 70% de los gastos se quedarían aquí. Es decir, que los inadaptados y bárbaros norteños que no están acostumbrados más que a ver cámaras de video en quinceañeras y bodas, ahora se toparán con una Red Cam o incluso una Panavision de 35mm. Pero si eso  no se les hace suficiente a los empresarios del estado, que seguramente jamás verán Año bisiesto o no les cruza ni por la cabeza quién es Guillermo Arriaga, tal vez sí lo haga conocer a Eva Longoria (que no quiero ni pensar el largo y tortuoso proceso en el que todos van y rinden tributo, la invitan a cenar y la pasean por los lugares típicos del estado).

Tal vez sea momento de gritar un poco más fuerte, y recordarles a quienes haya que recordar, que las colonias españolas se terminaron hace varios años (doscientos, de acuerdo a la postura oficial). El cine es buen vehículo para decir y reclamar cosas, pero mientras la gente del dinero y el poder (otra vez esa mala combinación) sólo tengan oídos para el extranjero que le gusta cambiar espejos por oro, entonces estamos jodidos, pero bien jodidos. Las ciudades pequeñas como Juárez, que son el termómetro de la violencia del país, se han acostumbrado a pedir las cosas de rodillas, lo que sin duda a muchos buenos amigos, y otros no tanto, no les cae para nada en gracias seguir haciéndolo, me incluyo yo. Pero esas parecen ser las únicas reglas en un juego donde el tablero nos queda muy lejos, y que cuando se acerca, es sólo para volvernos espectadores silenciosos.

¿Pondremos en nuestro curriculum el papel de extra en la película Bonus day que será financiada por el IMCINE y grabada en Chihuahua? Porque yo no, y si los que tienen el canon del arte están buscando burros de carga para llevarlos del hotel al set de grabación, entonces se equivocaron de público.

¿Quieren un consejo? Vengan sin tanto alarde, sin decirle a los dueños del estado, que lo han explotado a su antojo para enriquecer sus cuentas de banco, que vienen a apoyar el cine (seguramente están pensando en la trilogía de Tizoc o el origen tarahumara perdido de la India María). Si se quieren vender al mejor postor, háganlo en nombre de lo que son realmente: burócratas, y dejen limpio uno de los vehículos más bellos y profundos para narrarnos (esto lo digo yo, con toda la implicación que conlleve).

AG.

Estoy sentado en una sala de espera. Estiro los pies tan largo como puedo. Un joven con la mirada perdida entra y se sienta a mi lado. Una voz femenina me llama a mi espalda. Me levanto y la sigo. Me pregunta sobre el asalto que acabo de tener. Lleva anteojos y una blusa negra. No he comido nada en todo el día. Cierro los ojos y recuerdo.

Estoy sentado en mi carro, esperando a Beto. Un hombre frente a mí se besa los labios. Lleva una gorra y se ve que no se ha bañado en días. El sol me pega en la cara, y con la mano tapo el reflejo. Se cuela en mis dedos. Pasan unos segundos. A mi espalda, de una camioneta roja, se bajan dos hombres encapuchados cargados cada quien con un arma. Uno me apunta en la cabeza. El corazón me late demasiado rápido. Me dice que baje. Lo hago sin pensarlo. Veo la puerta de la camioneta abierta. Por un momento pienso que vienen por mí y me van a secuestrar. Esto debe ser una broma, espero que alguien corte pronto la escena. Si me levantan, adiós todo. Tortura, golpes, pantalones orinados, calzones cagados. Paso de largo la puerta y me piden que levante los brazos. El hombre que pedía dinero también lo hace. Comienza a rezar, y le miro con cuidado. Uno de los hombres armados me pregunta por mi dinero. Le digo que está en una bolsa en el asiento de atrás. No la encuentra y me grita más fuerte. Le digo que la busque, que está ahí, me volteo y la señalo. La toma y la abre. Una cartera de Argentina y casi cuatro mil pesos. Una Moleskine nueva, una agenda y un libro de Hemingway. Uno de los asaltantes ve una cámara que acabábamos de rentar. Me pregunta qué es. Le contesto que una cámara. Me da las gracias y se sale. Uno agarra mis lentes oscuros. Me dice que por qué uso lentes de mujer. Son de mi novia. Mentí, son míos, los compré en un mercado en Guadalajara. Me los regresa. Menos mal. Me apunta con el arma y nos dice que nos vayamos caminando en sentido contrario a donde está ellos. Comenzamos a caminar. El hombre de mi lado dice que nos van a disparar y a matar por la espalda. Le digo que se calle. Seguimos caminando. Era como caminar en carbones ardiendo descalzo. El hombre se voltea y me dicen que se han ido.

Abro los ojos y le explico a la señorita frente a mí. Se ríe cuando le comento lo de los lentes oscuros. Yo también me río. ¬¿Qué más puedo hacer? Salgo con la denuncia en la mano. Todos los rostros me recuerdan a ellos. Es la primera vez que alguien me apunta con un arma de verdad, se siente como comer spaghetti frío. Tal vez peor. La sala de espera está llena de ojos tristes. Todos han perdido más que un objeto, han perdido pedazos de fe. Llegan ahí porque saben que no van a recuperar nada, y lo único que esperan es sentirse un poco mejor. Me guardo la carta y camino, la luz entra por una gran ventana, como cuando estaba sentado en mi carro antes de sentir el frío cañón de una pistola en mi frente.

Ale.

El día que dejé Juárez, nos dejamos. En el aire, como una palpitación, podía escuchar su adiós. Nos despedimos con un beso en la mejilla, con mi vida que recuerda muchas de sus calles, muchas de sus personas, muchas de sus historias. Desde la ventana del coche veía el rostro de mis perros desconcertados, tal vez llenos del mismo miedo que yo sentía, preocupados que me iba solo y no podrían cuidar la casa donde viviría como lo hacen celosamente en la casa donde ahora viven.

Recordé que tarde o temprano todos tenemos que decir adiós, y que ese día había llegado. Subí al avión rumbo a Guadalajara donde poco a poco he comenzado a construir una nueva vida, donde en las noches, cuando sólo se escuchan las hojas del árbol frente a mi ventana, recuerdo la ciudad. Es como la novela de Elena Garro, Los recuerdos del porvenir, que es narrado por un pueblo detrás de una piedra aparente, y parecería que es Juárez la que me está inventando a mí en un cuento. Camino por la calle, y siento una extraña nostalgia de estar allá y de defender mi derecho a ser libre, sea lo que esto quiera decir.

Trato de evitar los periódicos, de estacionar el tiempo hasta que vuelva, pero es imposible en una ciudad azotada de esa manera por la violencia. Siempre se fuga algo, en el radio o el periódico, algún correo o un comentario. Pero tal vez por estar lejos, tu fe se hace más fuerte. Tu fe en algo que no existe, claro, lo que tampoco quiere decir que no sea posible. Fe en que un día vendrán días mejores, y que esto que hemos construido con tanto esfuerzo, será la recompensa de nuestras penas presentes.

Me da miedo no vivir lo suficiente. ¿Qué tal si no llegan, y cuando se apaguen las luces me quede con un vacío de dudas, y se congela en ese infierno actual? Sé que vendrán, no sé por qué, no sé cómo, ni a causa de qué, pero vendrán.

Pensé en hacer una lista de las cosas más importantes de la ciudad en un tono lleno de poesía, como que sus vientos de marzo hacen bailar a las flores… Pero no, mejor simple, llano, sin tapujos y con sinceridad, te amo.

 

A-G.

Pues, en efecto, acepta una nefasta división de trabajo, ya que, mientras unos piensan, otros actúan. Y así todo queda dispuesto para que la historia continúe con su maldad, Rüdiger Safranski.

No parece haber nada extraño entre los históricos pactos entre el demonio y la humanidad por conocer lo que Dios les ha negado. La ley, dice Pablo en una carta a los Romanos, es la que genera la transgresión, no al revés. ¿Existe la ley por el pecado, o es el pecado el resultado de la ley? Cuando la manzana del árbol de la ciencia cae en manos de Adán por conducto de Eva, los que son castigados, por sí mismos y Dios, son ellos, y no la víbora que se arrastró sigilosamente del tribunal que acontecía en el paraíso. El castigo: la tierra, el sudor, la sangre, el esfuerzo, la muerte. ¿Cuál es la ironía de la historia? Seguramente un Dios celoso de que su obra le igualara en cuanto conocimiento. Si es así, entonces ese Dios creador es bastante ingenuo. Tal vez. Pero pensemos que esa ingenuidad no recae por la poca docilidad de su creación, sino de la violación del proceso natural. Pensemos en esto: ¿qué tal si Dios no castigó a Adán y Eva por su ambición de igualar a Dios, sino por no respetar el proceso de formación que les costaría llegar al conocimiento? Pensar, en lugar de actuar, diría Schopenhauer. Mientras unos piensan, otros simplemente actúan. Pensar es tan esencial, que incluso el mismo Dios les cayó a palos a Adán y Eva cuando lo único que hicieron fue lo segundo: actuar. Comer del árbol de la ciencia, era querer escapar del proceso intelectual que conlleva la vida. Como el hombre que observa el Aleph (ese objeto en donde se encuentran todas las cosas que existen en el universo) en el cuento de Jorge Luis Borges: saberlo todo, sin vivirlo, es no vivir.

Si no respetamos los procesos, el final siempre será triste: nos encontraremos expulsados del paraíso porque actuamos, sin pensar. ¿No pasa lo mismo con el Festival Internacional Chihuahua? Si no entendemos que para llegar a eso, debíamos pasar por un proceso formativo, ¿entonces para quién va todo esto? Juárez se cae a pedazos, hay más bares que galerías de arte (ahora con mis dudas, por eso de las cuotas). La universidad de Juárez a veces tiene más la política de industria maquiladora y no la de darle seres pensantes al mundo, los burócratas de la cultura no tiene un objetivo claro de lo que hacen (no piensan), sólo lo hacen (y miren que sé de eso). El proceso de llegar a lo grande, a través de lo pequeño, a muchos les parece un juego y prefieren salteárselo. ¿O a quién de ustedes se le preguntó si querían ese festival? Ese es el problema: se tira la piedra, y se esconde la mano, la cultura es política, y la política en este país hace mucho que perdió credibilidad.

Creer que la cultura y la educación van  a salvar a México, es como creer en los reyes magos. No se necesita más cultura, sino más inteligencias sensible. Que te den con el dedo en la boca cada año, que te atiborren de actividades culturales de países con economías peores que la nuestra y con índices de pobreza superiores a los de México, ¿no nos debería hacer sentir un poquito apenados?

¿Cuánto se invierte en el FICH? ¿No sería bueno que esa cantidad se destinara a grupos regionales que producen arte, o la creación de públicos, o rehabilitación de espacios, que sé yo? Pero bueno, ese es el problema de no respetar los procesos.

Y es que en algo tiene lógica lo que pasa, el estado, Chihuahua, y algunas de sus ciudades, en especial Juárez, gozan de una fama terrible a nivel nacional e internacional. Pero, vamos, un festival de cultura no hará que eso cambie. Seguramente lo que sí lo hará es un director del estado nominado en Sundance o una película compitiendo en Cannes o una obra de teatro en Alemania o Francia. Eso sí pondría el nombre de la ciudad en los cielos, no la terraza veraniega de un burócrata cultural. En otras palabras: una fiesta burocrática nunca será plausible ante el esfuerzo de la creación. Hasta donde yo sé, no hay ningún Ariel para el mejor burócrata.

Pero ojo, no estoy en contra del FICH. Al contrario, la mejor obra de teatro que he visto en mi vida, fue parte de la programación del festival. Pero me gustaría, nada me gustaría más, que alguien en otro lugar, en otro festival, en otro país, diga lo mismo de algo que yo hice. Pero mientras nos sigamos comiendo la manzana de la ciencia, seguiremos recriminando el por qué lo tenemos todo, y no sabemos nada.

Un día le preguntaron a Lenin que prefería, una mujer o una amante, y él contestó que las dos. Pero, ¿por qué las dos?, le preguntaron. Para decirles a mi esposa que voy con mi amante, y a la amante que voy con mi esposa, respondió, así, el tiempo que no esté con ninguna de las dos, lo dedicará a trabajar, trabajar, trabajar.

Creo que es momento de eso, de sentarnos y pensar, y ver que las cosas no crecen de arriba hacia abajo, sino al revés. Construir quiere decir cimentar y luego levantar. Pero mientras haya quienes nos vean como niños que idealizan a superman, y no como adultos dispuestos a ponerse a trabajar juntos, no iremos a ningún lado, y seguiremos teniendo nuestra sopa cultural anual para aplacar esas ganas malditas de huir a cualquier lado.

A.G.