Cuidado, caín, hablas demasiado, el señor está oyéndote y tarde o temprano te castigará, El señor no oye, el señor es sordo, por todas partes se le alzan súplicas, son los pobres, los infelices, los desgraciados, todos implorándole el remedio que el mundo les niega, y el señor les da la espalda […], José Saramago, en Caín.

Con traje negro, voz tranquila, el cabello bien peinado y la cara limpia, la barbilla rasurada, un reloj de marca en el brazo bailando como un esclavo aferrado a no caer, la cartera con tarjetas de créditos, la identificación electoral, la membresía del partido; las llaves de una camioneta último modelo y la casa de ensueño con guardia a la entrada y lavadora de muchas velocidades.

Esa es la vida del hombre del buró. El de mirada calculadora y risa discreta. El que tiene los dientes tan blancos como su camisa y los oídos tan limpios como sus zapatos. Llegó a ese buró porque alguien lo puso, como todos. No le hicieron un examen de conocimiento, ni una prueba de series lógicas o midieron lo que sabe de inglés. Llegó a ese buró porque su papá le dijo que fuera con un amigo de él que le debía un favor, porque su mamá conoce a la esposa de alguien que tiene un buen puesto en el gobierno, por esto, y por lo otro, y porque sabe sacar la lengua para lamer con cuidado los zapatos de alguien más que en su momento también lamió la suelas de alguien más que también… así sucesivamente. Llegó a ese buró porque no sabe hacer otra cosa más que estar sentado, dar órdenes y decir sí cuando el de arriba se lo indica. Por eso llegó a ese buró: porque no le vieron talento para nada, porque batallaba con las matemáticas y con la ortografía, porque confunde el vaya (interjección que se antepone a un sustantivo, que demuestra una insatisfacción, o que se acompaña en una frase para afirma que se va o no a un sitio: no quiero que vayas, ¡vaya mujer!) con valla (trinchera, estacada, línea), nunca supo pintar o tocar un instrumento musical, no le gustaba leer, hacer deporte o que por pura desidia no quiso hacer una maestría. O porque escribe poesía, toca la guitarra o sabe diseñar en Corel. Entonces lo pusieron detrás de un buró donde nadie le cuestionará nada sobre las cosas que debe o no debe hacer. Es decir, el único talento que le encontraron, fue el de dar órdenes, como si para eso se necesitara talento.

Una vez en ese buró, dicta las reglas. Pero como sólo sabe estar sentado y marcar el teléfono, no tiene cabeza para hacer las suyas (tal vez luego las haga, si aparte de su poco talento no tiene la virtud de la pereza). Entonces se toma las que ya existen. Las que su papá o su jefe le dijeron que debían ser las reglas. Las sigue iguales; no les cambia nada. Y dentro de las reglas está el de rendir tributo siempre a la rata mayor. Está orgulloso de ser el vivo retrato de su sanguinario padre. Le gusta que la gente le recuerde como una figura pública, y no como lo que realmente fue. Pierde su nombre, y se vuelve un apellido, el título de la universidad o el apodo idiota que seguramente alguien igual o peor de idiota que él, le dijo en algún momento. La regla es sonreír y hacer esperar. No decir groserías nunca, no hablar muy alto, dar ordenes con tanta seguridad que parezca que está seguro de lo que dice.

No hay un manual que se pueda comprar en la librería o consultar en la biblioteca, pero alguien se lo pasó de manera oral o lo copió como proceso mimético. Sabe que una mentira vale igual que la verdad, y que la verdad es tan relativa, como pensaba Pascal (aunque no sepa quién es Pascal), que todo depende del cristal con que se mira.

Pero entre las reglas del buró, está la más importante: la legitimidad. Pascal (otra vez Pascal), pensaba que la gente no creía en el rey porque era Rey, sino que el rey es rey porque la gente lo cree así. Pero Spinoza lo dice mucho más bonito con esta pregunta: ¿por qué combaten los seres humanos por mantenerse en la servidumbre como si fuera su salvación? El hombre del buró sabe que un tuerto entre ciegos es como Dios entre los mortales. Las jerarquías, muchos más viejas que él y que todos los que están por debajo de él, son su única defensa. Tal vez le tachen de estúpido, de ignorante, de insolente, de imbécil, de corrupto, de arribista, de marrano, de demagogo, de cruel, de machista, de acosador… Pero la jerarquía es la jerarquía, y como nadie está en el buró por sus habilidades sino por lo bien que sabe moverse entre las influencias y el compradazgo, pues se vuelve intocable. Por lo que un hijo de vecina no puede llegar a decirle la verdad, porque esa verdad sólo está plasmada en el organigrama.

Luego, como un club de ratas hambrientas del hueso del poder, llevan a sus subordinados a que sigan con su juego. Como están afiliados a los partidos políticos (PRI, PAN, PRD, y por demás) como si estuvieran casados con una pareja celosa y manipuladora, entonces arrastran a quien se deje. Ellos no le llaman proselitismo, sino favor (me lo han dicho, y alguien de mucha confianza). Y el favor consiste en hacer el favor a la esposa (esposo) envidioso que quiere más sangre para seguir viviendo. El hombre de buró ve, como un cazador satisfecho, cómo sus perritos avanzan por la maleza a buscar el botín que él acaba de matar desde la seguridad de su guarida. Les toca las cabezas satisfecho si han traído a la presa, y los patea cuando le fallan.

El hombre del buró entonces un día tendrá una estatua, y habrá un premio de escultura con su nombre o se construirá una sala en su honor dentro de las oficinas de gobierno. Algunos levantarán la copa de vino cuando se le mencione, y aplaudirán moviendo sus costosos relojes pensando en cuántos ciclos tiene la nueva lavadora. Ellos sonreirán, porque el hombre del buró lo hizo. Se sentarán, porque el hombre del buró lo hizo. Y hará creer a todos que eso de acarrear a funcionarios públicos a manifestaciones partidistas ya no existe, o que él se sirve al pueblo (que ni conoce) y no a grupos de poder, o que su salario sólo representa lo proporcional a la responsabilidad que ostenta.

Mientras tanto, los que no conocemos el buró, seguiremos en la fila, esperando nuestro turno mientras alguien entra casi por arte de magia, mientras otros reciben los medicamentos que nosotros ya no alcanzamos o que ganan diez veces más haciendo diez veces menos.

Facundo Cabral un día contó esta bella anécdota: <<Estábamos un día en Nueva York y, a la salida del teatro Lincon Center, se me acercó un periodista y me espetó: “Señor Cabral. Yo estoy de acuerdo en todo lo que usted ha dicho esta noche, excepto en que Dios es siempre justo. Si Dios fuera siempre justo, usted debería tener tanta difusión, tanto éxito, como Julio Iglesias.” A lo que yo le respondí: “Claro que Dios es siempre justo. Julio Iglesias tiene más difusión, más éxito que yo, puesto que necesita más dinero que yo para vivir. Por eso Dios, sabiendo que necesito más libertad que Julio Iglesias, me hizo más libre.”

Ale González (foto).

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