A veces tenemos que mirar atrás. No sólo mover la cabeza y clavar los ojos en algo que se nos ha quedado en el camino. Debemos mirar atrás porque no podemos parar, y lo hacemos para recordarnos eso. La quietud se ha convertido en un acto de trasgresión. Porque tenemos esta obsesión de no quedarnos sentados y andar (esto no es mío, lo dijo Pascal). Volteamos la mirada tal vez porque estamos cansados. Porque algo o alguien nos recordó que ayer era mejor que hoy. Porque nos rompieron el corazón y nos preguntamos en dónde quedaron esos días cuando no pasaban ese tipo de cosas. Porque de repente nos hemos acordado que estos que somos tiene su huella en algo que fuimos.

La nostalgia es linda. A veces incluso inspiradora. Entre pasan los años, se vuelve más recurrente. Se sienta con nosotros a la mesa a comer, y nos acompaña cuando leemos o vemos una película. Está ahí cuando nos sentimos mal, cuando algo no funciona, cuando nos llenamos la vida de preguntas hostigadoras que no podemos responder, cuando alguien no nos cae bien y le llamamos para que nos recuerde a los que sí nos caían bien.

La nostalgia es el material con el que se construyen las crueles derrotas y los grandes triunfos. Volteamos la mirada para agradecer o maldecir. Para encontrar un ancla sobre el mar o un par de alas largas que nos ayudan a hacer de esto algo más llevadero.

La nostalgia es el recuerdo que hemos vivido. A veces para decirnos que el viaje está a punto de acabar, o simplemente para despertarnos.

Ale.

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