Cundo leí por primera vez El objeto del siglo de Gérard Wajcman, me invadió un miedo terrible de pensar en el País museo que indirectamente Wajcman plantea. Ese lugar en donde la memoria recae en los objetos (desde las estatuas de bronce y las placas conmemorativas, hasta los libros escolares de historia) y el pasado es convertido en una pieza de museo que, como escribe Wajcman, nos pide que no recordemos pues él lo hará por nosotros.

El origen de mi miedo fue pensar que no sólo México se convirtiera en un país en donde los únicos capaces de recordar fueran los objetos y no las personas, sino el mundo entero. Y es que el riesgo que corremos, como dice el filósofo español Manuel Cruz, es que la voz de las víctimas, el pasado atropellado, se convierta en un gesto político de dar voz y revivir una sensación que se ha quedado enclavada en algún lugar del tiempo. El pasado sustituye al presente en un guiño, pero no en acciones que bloqueen el regreso de las condiciones que permitieron el acto atroz. La memoria, escribe Manuel Cruz, no es un fin, sino la búsqueda de algo más allá de la misma memoria. Planteado como fórmula queda algo así: recordar menos y vivir mejor.

Pero el efecto parece ser el contrario. No sólo en las políticas memorísticas sin sentido que buscan, por medio de una placa o cualquier insignia vistosa, restituir el pasado, reivindicar la voz de las víctimas, dejar claro que el país no olvida y pasar al siguiente asunto. Ahora las grandes y pequeñas compañías de comunicación en México se suman a la edificación de ese gran museo convirtiéndose en portavoces similares a la sentencia de Wajcman: no investiguen, no critiquen, no busquen, no cuestionen, nosotros lo haremos por ustedes.

La discusión se ha acentuado en las elecciones presidenciales este 2012, principalmente con la figura de Enrique Peña Nieto, candidato del PRI y ex gobernados del Estado de México con una carrera política de rápida ascendencia. El punto cúspide, hasta el momento y como yo lo veo, fue la presentación de Peña Nieto en la Universidad Ibero, en la Ciudad de México, y las notas que vinieron después como consecuencia de que el candidato fuera abucheado, acorralado y perseguido hasta el vehículo que lo pondría a salvo fuera de la universidad.

Y entonces el miedo regresó, veía con asombro que, por ejemplo,  la Organización Editorial Mexicana (OEM) veía el acto del reclamo de los estudiantes como un boicot, y el silencio (fuera de su intervención final, cuando afirmó que la decisión en Atenco fue personal y legítima, evocando los fantasmas de Díaz Ordaz y Echeverría) como un acto de victoria. Me sorprendió y asustó aún más las respuestas de algunos periodistas y personajes que reclamaban a los estudiantes su actitud violenta e intolerante. Y me sorprendió ver cómo la memoria activa, eso que va más allá de la simple reacción de recordar y dejar pasar, era pisoteada y ninguneada. Me dio miedo vivir en un país en donde los hechos atroces de violencia y autoritarismo tienen fecha de caducidad, y que sean los medios de comunicación y las élites políticas quienes la decidan. Me dio pavor esa mirada que nos ve como a menores de edad incapaces de hilar dos hechos aparentemente azarosos en una misma realidad.

Los estudiantes, así como muchos de los que han reclamado legítimamente ante un sistema que se burla de nosotros y de nuestra capacidad para recordar, le han hecho justicia a la memoria, y la memoria, parafraseando a Elena Garro, es lo que somos, y lo que somos es la memoria que de nosotros se tenga.

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