Hace un año leí un fragmento de la biografía del ridículo y esotérico músico Marilyn Manson, que dicho sea de paso, se le confundía con lo que había quedado del mejor amigo de Kevin en la serie Los años maravillosos, un muchacho delgado bien peinado y con lentes de pasta, en donde decía más o menos así: “quiero que la gente me odie por las razones indicadas”. Hasta la fecha, es una de las expresiones más recurrentes en mis días, y ahora le encuentro un mayor sentido con el debate mediático que ha surgido por la serie de leyes que buscan frenar la piratería en la Internet, y que se han reducido al nombre de SOPA.

Y es que como estoy enfermo de una manía obsesiva que busca extraer la raíz de toda acción, me pregunté si en verdad estamos odiando (los que la odiamos) a la ley SOPA, y las reformas que vienen detrás, por las razones indicadas.

Para contextualizar un poco, varias compañías en Internet y empresas de tecnología informática se han declarado hoy 18 de enero en una huelga internacional para protestar que la cámara de representantes en Estados Unidos construyera, e intentara y siguiera intentado, pasar una ley que básicamente le permitiría a instituciones públicas de Estados Unidos cerrar y castigar sitios que de alguna manera violen los derechos de autor, así como exigir que las empresas dedicadas a otorgar el servicio de Internet la hagan de chivatos cuando vean algo sospechoso. Algo similar sucedió en España con la famosa Ley Sinde (que no está de más decir que Sinde, la mujer detrás de esa acta que buscaba objetivos bastante similares, es una aclamada guionista de cine).

Entre quienes han decidido levantarse en protesta, destaca el sitio Wikipedia (la enciclopedia más visitada en el mundo) y Google (el buscador más potente que tiene la Internet). Pero, por supuesto, también hay retractores, como son asociaciones de productoras cinematográficas y musicales (no todas, pero por lo menos las más fuertes en Estados Unidos).

Algunas de las protestas toman la bandera de la defensa de la libertad de expresión, la cual es validad y necesaria como un derecho que nos permite demandar otros más esenciales como la comida, la salud y la libertad. ¿Pero qué tan real es la defensa de la libertad de expresión que ha provocado la contrarespuesta a la Ley Sopa? Pensemos por ejemplo en cuántas manifestaciones o muestras de repudio se han hecho para defender a los blogueros iraníes encarcelados y condenados a pena de muerte por oponerse al gobierno, o cuántas protestas han surgido desde el gremio en contra de la censura China, o en defensa de la organización Wikileaks cuando se filtraron los cables del Departamento de Estado de Estados Unidos, o de la censura en países como Corea del Norte o Cuba. Si el argumento de una Internet libre es la de acceder sin problema a productos de artistas, productoras o empresas que no comparten nuestra visión del CC, parecería que nos hemos saltado otros muchos más esenciales. No quiero sonar como el pesimista que arruina las buenas acciones, pero tampoco deseo que quienes no quieran compartir sus creaciones artísticas e intelectuales estén obligados a hacerlo.

Aunque creo que ese no es el punto primordial del debate de la Ley Sopa (o, poniéndonos mansonianos, no son las razones indicadas para odiarla). Es decir, no se trata que grupos musicales o escritores suban sus obras en la Internet para que se descarguen de forma gratuita (se les agradece, pero en esta ocasión su muestra de protesta es un tanto irrelevante) o que, en contra parte, se pongan candados en discos musicales o protectores de escaneo en las páginas de los libros.

Se trata de ir un poco más lejos.

Es decir, necesitamos una Internet más segura, El libro de Knake, La guerra en la Red, da una excelente explicación de cómo navegar en la Internet es un peligro constante por virus, gusanos y troyanos que exponen nuestra identidad y patrimonios a grupos delictivos (en México, por ejemplo, no existe alguna fiscalía o institución sobre seguridad Internet, para variar). Necesitamos, en primer lugar, defender la libertad de expresión en su esencialidad, como es el oponerse a los castigos de blogueros o webmasters que son encarcelados o asesinados por expresarse en contra de sus gobiernos o prácticas autoritarias, o en donde se censura el acceso a información “sensible” a los usuarios (que por lo menos tenga una respuesta similar a lo que provocó la Ley Sopa). Debemos abogar por leyes y actas que rompan con el viejo modelo industrial que no permite un acceso más rápido y masivo de la información, y que se empecina en poner candados a prácticas tan básicas como el intercambio, y que prefieren adecuar el mundo que es más grande y se mueve más rápido que ellos, a cambiar sus prácticas monolíticas. Leyes que tomen en cuenta también a los que estamos a favor del software libre y los CC, pero que de igual manera incluyan los intereses de los creadores, quienes tienen tanto derecho de compartir su trabajo como de oponerse a ello. Que se acabe con el monopolio de Microsoft y Apple, en donde el primero ha invertido más dinero en campañas de lobbyng en las cámaras legislativas que en mejorar sus productos. Leyes que incluyan más voces en los debates sobre Internet, que no sólo tomen en consideración a las grandes empresas que no han podido ni querido cambiar los estrechos puentes entre sus productos y los usuarios. Que se acabe con los agujeros negros en donde no existe la Internet, y que sectores privados y públicos inviertan en infraestructuras que den mayor acceso.

Parece que quienes pensaron en la Ley SOPA, y otras similares, no se han dado cuenta que existen otras prioridades, algunas que deben ser resultas inmediatamente, y que hay otras perspectivas. Tal vez esa es la razón más indicada por la cual odiamos (o por lo menos yo odio) este intento de acción legislativa: nos han hecho creer que todo lo demás está resuelto, y que nuestra única obligación, es seguir poniendo videos de YouTube en Facebook (si es que la ley nos lo permite aún).

Anuncios