Estaba sentado en frente de la coordinación de literatura, esperando a una secretaria para que me diera un oficio (qué raro decirle oficio a un papel). Saqué la cartera y la dejé enseguida de mí. Y, claro, la olvidé. Regresé a los veinte minutos y la cartera no estaba. Nadie vio nada. Nadie supo quién fue. Me jodieron con 700 pesos y todas mis identificaciones (no podré votar estas elecciones, bien por mí). Me jodieron la licencia de manejar, la identificación, un pase doble para el teatro, una credencial de ATM de un banco en El Paso, la credencial de la biblioteca de UTEP.

Es cierto, 1/3 parte de la gente que habita en el mundo ya le caes en los huevos, te odian y sienten rabia por ti. La razón: tu nacionalidad, tu dinero, tu físico, tu religión, tu existencia. Una parte del mundo te quiere ver jodido y muerto. yo descubrí hoy a uno de los tanto que me odia sin conocerme (igual que el pendejete que hizo que me pusieran una multa, los que me han robado cosas del carro, etc. ). Y todos en algún momento nos encontraremos con ellos.

No sé si les ha pasado, pero a veces llegan a un lugar y la persona encargada les trata mal: no es cortés, hace malas caras, te minoriza, te ignora. A mí me pasa. No mucho, pero cuando menos lo espero surge el hijo de la chingada.

Y lo sé, porque ellos lo saben, porque soy más alto, porque hablo sin haiga y sin fuistes, no digo siñora, estudio, hablo inglés, hago viajes de negocios, no me importa la fama, ni las mujeres, ni el poder, ni el dinero, soy más feliz con menos y ellos no saben cómo lo hago (Zizek diría que es una envidia de mi goce que los excluye del suyo). Porque tengo más amigos, y los que tengo son más inteligentes que los de ellos. Porque leo y escribo más, porque hice un cortometraje, escribí una obra de teatro y publiqué un libro.

Pero el problema, el grave problema de todo esto, es que ellos no lo saben. No saben quién soy. Y aún así, sin saber quién, lo hacen. Ahora soy un desconocido sin credenciales, tengo que ir por la licencia de manejar y la identificación, sacar de nuevo la credencial de la escuela y del banco, esperarme a la electoral. Todo. Y sólo porque un pendejo (o pendeja, no quiero ser machista), me robó la cartera.

Lo primero que pensé cuando lo supe, fue: ojalá los soldados lo paren, y uno, el más feo y chaparro de los milicos, le dé una patada en los tanates como si fuera a tirar un penal. Con eso estoy feliz, porque ese puto ya se ganó a un enemigo: Dios (¿yo?, para nada, tengo una vida demasiado pacífica como para ponerme a odiar).

Diana.

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