Estoy sentado frente a la ventana de mi cuarto. Tengo diez años sentándome en este lugar, viendo las mismas rejas negras y la misma pintura de unas montañas en la ventana. En frente, un número 33 que recuerda a un amigo secuestrado y asesinado hace muchos años. Hay dos pinturas que hice no recuerdo cuándo, una fotografía de Allen Ginbserg, varias postales que van desde unos cascos azules hasta recetas típicas de Chihuahua. A un lado, en la pared blanca, una frase que escribí con marcador “Palestina libre”; más abajo, junto a la lámpara, una cita de Charles Baudeliare que saqué del libro de Roberto Bolaño 2666.

La ventana, en este momento, me muestra un cielo sumamente azul, bañado de algunas nubes que se mueven lentas, como una película en pausa. Sé que en unas horas, el cielo se tornará oscuro. Es cuestión de tiempo. Afuera los perros ladran, y en el techo escucho los pasos de Emilio, el inquilino que vive en el cuarto de arriba.

Estoy soy yo. Lo que escribo. Esto que escribo desde hace diez años. ¿Por cuánto tiempo lo seré? Escribir es siempre una cuestión de tránsitos, no puedes quedarte en una línea sin que regreses a ella o la borres permanentemente. Nada es estático en la escritura.

¿Qué me une a esta ciudad que por tantos lados parece morir sin ningún cuidado? Nada, completamente nada, sólo esto, lo que escribo. Lo que escribo desde este pequeño cuarto con las paredes rayadas, con una litografía de Salvador Allende a mi espalda, y una pintura de unas flores que hizo Otto Campbell.

Quisiera estar en la calle haciendo cosas con mayor valor. Pero no puedo. Soy cobarde y perezoso. No sé cómo. Cuando estoy afuera, en alguna marcha o una huelga, lo único que hago es pensar en las palabras escritas. Me urge verme sentado en este cuartito con una lista de pendientes pegada en el librero, y escribir. ¿De qué voy a escribir si siempre estoy aquí metido? Poco a poco se me van acabando las ideas. Mando un artículo por aquí, un ensayo por allá, un cuento a un concurso o me imagino una obra de teatro. ¿Quién necesita a alguien que escribe cuando la ciudad se cae a pedazos? Si quisiera, la volvería a construir a mi antojo. Pero no. Hace tiempo, con esta carga, me asumí como un narrador de desgracias. Que es triste, pero lo hago con sumo placer.

Por eso, ¿qué hago con el mundo? Nada, sólo narrarle. Narrarle sin cuidado, sin prisa, con paso tranquilo para no perder detalles. Pero no puedo, no puedo tomarme el tiempo para pensar las palabras. No tengo tiempo. Afuera suena una sirena. Tengo dos años escuchando esas mismas sirenas, que suenan diferente a las otras sirenas, unas más viejas. Y si las escucho, es porque los demás también. No prendo la televisión y reviso pocas veces el periódico. ¿Qué necesito saber del mundo? Pero no puedo, todos los días leo el periódico y prendo la televisión. No puedo construir un puente que no me haga tocar y ser parte de esta ciudad a la que no le puedo dar nada, sólo lo que escribo.

Boaventura de Souza Santos escribió que lo que necesitamos es una teoría de traducciones: que vaya y narre lo que sucede en las diferentes luchas. La traducción es narrar lo que somos a los otros que, eventualmente, también nos narrarán su lucha. Así mismo lo dijo Homi K. Bhabha cuando nos invita a reflexionar sobre nuestro derecho a narrar. ¿Son de Souza y Bhabha mi justificación para estar aquí, en este cuarto en donde, a un costado, en la pared, se lee, tomado de un libro de Josefina Vicens, “El ansia que suele rondarnos en  la búsqueda inevitable de trascendencia”?

No sé si me toca asumir ese papel. Narro o sólo escribo. ¿Quién me obliga a hacerlo, en caso de que así sea? Quisiera ser más un hombre público, de los que se para frente al arma apuntada por un soldado y no se amedrenta. Pero no, yo soy el que está detrás de las palabras, organizándolas, juntándolas a todas para que sean un significado, para que digan algo y no se pierden en ese momento posterior al suceso. ¿Hago mal? Los que me miran de lejos, tienen todo el derecho de reclamarme, porque ellos son los que se comen el orgullo y mastican la bota enemiga, son ellos los que se levantan en sangre, con las miradas caídas, la ropa deshilada y las manos mancilladas. ¿Quién soy yo en esta relación imposible? Nadie, y me quedan sólo esos diez años de no ser nadie, mas que el que escribe. Nada más.

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