Cuando paseo por las hojas del periódico, casi siempre teñidas de un gris que se traspasan a los dedos, me encuentro con la peor cara posible: la guerra. ¿Qué pasa en este momento en la franja de Gaza? Israel ha tomado la decisión más peligrosa (se dice que al iniciar una guerra, no se puede dar marcha atrás: hay que acabarla siempre). Pero no sólo la más peligrosa, la menos consciente. ¿Será verdad? El todavía presidente de Estados Unidos, Goeorge W. Bush, dijo que de cierta manera apoyaba la actitud de Israel, pues sólo se defiende de los ataques de Hamas. La actitud emparentada a la de un presidente que pensó, erróneamente, que la guerra es la política bajo otros medios. Lo que Tzvetan Todorov contestó en su libro El nuevo desorden mundial: “la guerra es definitivamente el fracaso de la política”. ¿Es la guerra iniciada estos días por Israel y Hamas el fin de la política? Recordemos que el italiano Giovanni Sartori hace un par de años afirmó la muerte de la ciencia política, y otros tantos, los de la“tercer ola” el fin de la ideología. O lo que Fredric Jameson llamó “el momento utópico” de la no-ideología. El sentido parecía que había que acabar con lo único que podía organizar al humano en su foro público.

Con el triunfo simbólico del capitalismo global con la caída del régimen socialistas representado por la Unión Soviética, muchos pensaron que entraríamos en un momento definitorio. Incluso algunos, como Francis Fukuyama, anunciron el fin de la historia. El mundo no se podía mover más, y si lo hacía, siempre sería a favor de un sistema económico triunfador y democrático. Para algunos otros, este velo se cayó con el once de septiembre de 2001, al atacar las torres gemelas del World Trade Center.  El momento cúspide para acabar con el capitalismo. Para algunos, como Slavoj Zizek,  fue una ilusión televisiva, el punto de palanca en donde se apoyaba el sistema que buscaba ser legitimado.

Pero, vamos, el punto es: hace mucho se pensó que ya todo se detendría. Y, ¿si así fuera realmente? ¿Si la guerra entre Israel y Hamas, un Estado inventado a mediados de los cuarentas, con el fin de la  Segunda Guerra Mundial, con otro que no tiene un representación territorial real, fuera el nuevo modo de guerra? Los fantasmas de una batalla. Con rivales que se desconocen, que alarmantemente, desde la televisión o el periódico, vemos que se bombardea sin tener en claro qué, quién o dónde.

¿No podría ser la guerra en la franja de Gaza el prototipo de la Tercer Guerra Mundial como un gran guerra civil? No entre países, sino entre formas de vida. ¿Y si los de “la tercer ola” no se equivocaron, y realmente el mundo se detuvo en algún lugar de la historia, y hoy sólo continuamos con movimientos de imágenes que remiten a una guerra sin sentido?

Porque finalmente todas las guerras no tienen sentido. Y si lo llegaran a tener, entonces escuchemos la voz de Nutmeg, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, cuando dice: <<Todos piensan que la guerra tiene la culpa de todo. Pero no es así. La guerra no es más que una de las muchas cosas que pueden ocurrirle a uno>> . O, por eso no podríamos, como dice Manuel Cruz, citar jamás a Primo Levi; o, como dice R. Hilbert, nunca más volver a poner un pie de página después de Auschwitz.

O nunca más decir guerra después de Gaza, porque esto es algo que pasa, algo entre muchas cosas que pueden pasar. Claro, y tenía que pasar eso.

Ale.

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Cuando nos sentamos frente a frente, con la intención de decir algo, siempre terminamos bajando el rostro, como si la verdad se nos hubiera caído al suelo y la buscáramos allí. Pero es que somos víctimas de no decir nada. Algo natural en nosotros, que duramos casi la mitad de nuestra vida en silencio. Primero, porque somos demasiado pequeños, entonces tenemos cierta edad y hablamos. Luego están las otras cosas: comer, dormir, el baño, y sus múltiples funciones en silencio, las caminatas en solitario, los viajes, las películas, la televisión, la música que escuchamos sin decir nada, cuando recién llegamos a una fiesta y no conocemos a nadie.

Estamos más cerca del silencio de lo que imaginamos. Callamos, constantemente, pero aún así no podemos decir nada. Es decir, nuestro silencio es mortuorio, como para enterrarnos con él. Giramos en silencio cuando estamos solos, pero desaparecemos cuando giramos en él con alguien. Nos miramos en silencio, nos decimos en silencio que no podemos decir nada. No nos encontramos en las palabras, entonces recurrimos a no decir nada. Como el silencio de la cabaña de Martín Heidegger, los diálogos entablados con los campesinos de la selva negra que te miran a los ojos explicándote las grandezas de sus vidas.

Cuanta razón tenía Sartre cuando decía que es con la mirada con lo que me reconozco en el otro. Porque, finalmente, qué es la voz sino una malformación en nosotros mismos. Slavoj Zizek dice que es un ser en nosotros, algo que surge desde el interior, pero que se conserva en el misterio, como un órgano sin cuerpo.

A veces tan independiente, como si una conciencia trabajara autónoma en ella.

Pero volvamos, qué es la voz. O, mejor dicho, qué es la voz cuando nadie escucha. O cuando, como dice Wittgenstei en su Tractus, “… no hay nada qué decir, hay que callar”, como si la lectura fuera: calla, porque finalmente no tienes nada que decir ante eso. Pero, ¿no es esta voz sin órganos, el cuerpo desmembrado, el eufemismo de un silencio desvirtuado?

Talvez ese callar sea la voz del silencio. Si callamos por tanto tiempo, es porque no hay mucho qué decir. ¿Por eso callamos? Damos tantas horas de nuestra vida al silencio porque algo se está diciendo en él.

Cuando Homi Bhabha escribe que es con la muerte cuando por fin la vida se libera y se escucha la música, ¿no se está refiriendo abiertamente que ya es la vida una zona de ruido incontrolable?

En Agenda del suicidio, Pablo Raphael escribe que la versión de la vida occidental se olvida del juego de la vida, que consiste en mirar con calma. Parece que esto es lo que me dejan los personajes de Haruki Murakami: la vida es una canción que se escucha con los ojos cerrados.

Peter Sloterdijk, en su libro Normas para el parque humano, destaca la carta sobre el humanismo de Martín Heidegger, un Heidegger en 1946 solo, buscando la reivindicación de su vida después de los errores políticos del pasado. En ella, la invitación es pensar al humano como un ser que se guarda a sí mismo (que no se vigila, igual como dice Javier Roiz, sino que escucha desde lo letárgico): Heidegger dice hay que vivir en el “claro del bosque”, donde la gente se percibe entre iguales. Confiarnos del oído, y no de lo que leemos de los clásicos.

Sólo que nosotros callamos porque hemos olvidado qué decir, haciéndonos incapaces de percibir nuestros silencios para hacer las paces con nuestros ruidos internos. Hablar podría ser el último recurso del silencio que dice todo sin decir nada.