Cuando nos sentamos frente a frente, con la intención de decir algo, siempre terminamos bajando el rostro, como si la verdad se nos hubiera caído al suelo y la buscáramos allí. Pero es que somos víctimas de no decir nada. Algo natural en nosotros, que duramos casi la mitad de nuestra vida en silencio. Primero, porque somos demasiado pequeños, entonces tenemos cierta edad y hablamos. Luego están las otras cosas: comer, dormir, el baño, y sus múltiples funciones en silencio, las caminatas en solitario, los viajes, las películas, la televisión, la música que escuchamos sin decir nada, cuando recién llegamos a una fiesta y no conocemos a nadie.

Estamos más cerca del silencio de lo que imaginamos. Callamos, constantemente, pero aún así no podemos decir nada. Es decir, nuestro silencio es mortuorio, como para enterrarnos con él. Giramos en silencio cuando estamos solos, pero desaparecemos cuando giramos en él con alguien. Nos miramos en silencio, nos decimos en silencio que no podemos decir nada. No nos encontramos en las palabras, entonces recurrimos a no decir nada. Como el silencio de la cabaña de Martín Heidegger, los diálogos entablados con los campesinos de la selva negra que te miran a los ojos explicándote las grandezas de sus vidas.

Cuanta razón tenía Sartre cuando decía que es con la mirada con lo que me reconozco en el otro. Porque, finalmente, qué es la voz sino una malformación en nosotros mismos. Slavoj Zizek dice que es un ser en nosotros, algo que surge desde el interior, pero que se conserva en el misterio, como un órgano sin cuerpo.

A veces tan independiente, como si una conciencia trabajara autónoma en ella.

Pero volvamos, qué es la voz. O, mejor dicho, qué es la voz cuando nadie escucha. O cuando, como dice Wittgenstei en su Tractus, “… no hay nada qué decir, hay que callar”, como si la lectura fuera: calla, porque finalmente no tienes nada que decir ante eso. Pero, ¿no es esta voz sin órganos, el cuerpo desmembrado, el eufemismo de un silencio desvirtuado?

Talvez ese callar sea la voz del silencio. Si callamos por tanto tiempo, es porque no hay mucho qué decir. ¿Por eso callamos? Damos tantas horas de nuestra vida al silencio porque algo se está diciendo en él.

Cuando Homi Bhabha escribe que es con la muerte cuando por fin la vida se libera y se escucha la música, ¿no se está refiriendo abiertamente que ya es la vida una zona de ruido incontrolable?

En Agenda del suicidio, Pablo Raphael escribe que la versión de la vida occidental se olvida del juego de la vida, que consiste en mirar con calma. Parece que esto es lo que me dejan los personajes de Haruki Murakami: la vida es una canción que se escucha con los ojos cerrados.

Peter Sloterdijk, en su libro Normas para el parque humano, destaca la carta sobre el humanismo de Martín Heidegger, un Heidegger en 1946 solo, buscando la reivindicación de su vida después de los errores políticos del pasado. En ella, la invitación es pensar al humano como un ser que se guarda a sí mismo (que no se vigila, igual como dice Javier Roiz, sino que escucha desde lo letárgico): Heidegger dice hay que vivir en el “claro del bosque”, donde la gente se percibe entre iguales. Confiarnos del oído, y no de lo que leemos de los clásicos.

Sólo que nosotros callamos porque hemos olvidado qué decir, haciéndonos incapaces de percibir nuestros silencios para hacer las paces con nuestros ruidos internos. Hablar podría ser el último recurso del silencio que dice todo sin decir nada.