Los reconocimientos artísticos son impulsados por guiños. Arte y cultura, se debería de decir en términos burocráticos. La aseveración viene de la mano por ese desden, por no decirle peor, a los reconocimientos de las personas involucradas en el arte (y la cultura). Que si nos vamos por ahí, también se engloba la paz. O eso por lo menos es lo que parece decirnos el comité dictaminador del premio Nobel, uno de los reconocimientos occidentales más importantes a nivel mundial. En términos más vulgares, los Oscares del conocimiento.

Pero a diferente de la política de Estado, es decir, la política de las clases políticas, de los administradores públicos del poder (por, disculpen la redundancia, no decir algo más grosero), el arte y la cultura son sólo simbolismos masturbatorios que poco o nada inciden en esa política de Estado. Las lecturas y reflexiones profundas de los artistas terminan en el fondo del bote de basura de las y los grandes líderes mundiales. La razón es que el arte en la política ha hecho, y no tanto por los artistas, aunque no son ajenos, de sus expresiones y decisiones un gesto, un palmada en la espalda. ¿Recuerdan el premio Nobel de la Paz del año pasado? No espere escribirle un mensaje de felicitaciones porque está en la cárcel. Tan así como el fútbol y el ejemplo más claro de ese gesto inútil: Turquía disputa la Copa Europea, pero está a años luz de unirse como miembro permanente a la Unión Europea.

Así de simple.

Ahora ese gesto inútil lo da el premio Nobel de la Paz al momento de decidir que Europa (aún sigo buscando a cuál de todas las europeas que existen) es quien se merece ese reconocimiento. No es desconocido el drama económico que vive el continente, seguramente el  más golpeado desde la crisis inmobiliaria de Estados Unidos en 2007. Hoy en día discute su futuro comercial y político, rescata países que lentamente se hunden en el maremoto globalizador; cuando sus jefes y jefas de Estado se deshacen para dar esperanza e imponer la ley del más inteligente; cuando España está amenazado de ser la economía con menor crecimiento el próximo año; cuando Grecia ha lanzado una moneda al aire con dos opciones que no parecen ser la solución a sus profundos problemas económicos; cuando las prácticas en contra de los migrantes ilegales de Europa oriental continúan, incluso, por momento, se recrudecen; cuando es la región con mayor desigualdad entre ricos y pobres per capita.

Pero para subsanar esos males, y darle un mensaje claro al mundo de que las artes, la cultura y ahora la paz siempre harán alguno que otro guiño en nuestro favor, se le da el premio Nobel de la Paz a Europa. Tal vez algún día no muy lejano, nosotros también nos merezcamos un Príncipe de Asturias, una beca Ford o una placa conmemorativa por nuestra valentía ciudadana.

Quién sabe.

A lo largo de la vida, tendremos que esperar en muchos lugares. A veces con alegre ansia, otra con grosera desesperación. Las geografías comunes de estas esperas son las filas. O las colas. O las líneas de espera. O los fenómenos esos en donde un montón de gente se pone uno tras otro en espera de algo. La flora de esa geografía: las televisiones encendidas en algún programa mañanero de Televisa, las revistas que hacen alusión al programa mañanero de televisa, los asientos incómodos, las ventanilla de cristal con un círculo en el centro resguardando al verdugo que nos dice espere. La fauna la ponemos nosotros. Las especies van desde el impaciente que se mueve por todos los rincones posibles, el somnoliento que prefiere dejarle al inconsciente la responsabilidad de la espera, el niño llorón, la señora que habla por celular con todos los contactos habidos en el aparato. La ecología de la fila es tan salvaje y compleja como la de cualquier selva, y tan peculiar como cualquier libro de primaria sobre organismos multicelulares.

Las filas estarán en nuestra vida siempre. Y siempre, como dijo una vez Carlos Monsivais, tenderán a lo infinito, a lo eterno. Su elemento esencial es que siempre estarán ahí. Nos perseguirán como un fantasma. Daremos la vuelta para el cajero del banco, y ahí estarán. Pacientes, como la roca que espera en el fondo del río para que este se seque y pueda volver a ver el sol. En la cita del hospital, en el supermercado, en el trámite de las placas, en la licencia, en la identificación, para votar, para impugnar una elección, para exigir una factura, una disculpa, una pregunta o una camiseta gratis.

Nos podemos mimetizar en ella o no esperar. Podemos ver la programación de las 10 de la mañana de un canal que no sabíamos que existía o renunciar a la filocracia que se nos ha impuesto. Podemos buscar alguna víctima de nuestra impaciencia y sumar un nombre a la lista de amigos pasajeros, o desistir. Podemos, pero incluso para esa acción tendríamos que hacer fila. Díganmelo a mí, que aún estoy en ella.

Todos los países que han apostado a que sus sistemas económicos dependan de los sistemas bancarios internacionales, en algún momento tendrán que pasar por un tipo de rescate. Ya sea un rescate por los organismos monetarios de la región a la que pertenecen, como España o Grecia, o rescates internos, como Estados Unidos. También pueden caer en deudas con instituciones de financiamiento o simplemente declararse en bancarrota y esperar que ocurra algo milagroso.

La razón es que los bancos y países tienen objetivos y medios diferentes, por no decir indisociables, que no se empatan, pues dependen enormemente de la actitud de los mercados, los cuales normalmente están sometidos a las reglas de los especuladoras e inversionistas ventajosos.

México es parte de la Alianza del Pacífico junto con Colombia, Perú y Chile, la cual defiende el libre mercado frente a las otras de la misma región, como la del caribe o del atlántico, que asumen una postura de regulaciones de mercado mucho más controlada. Esta alianza se ha metido, aún no de fondo, a la lógica del sistema financiero global: mercados libre, posturas desreguladas, prácticas no proteccionistas del consumo por parte del Estado.

Junto con esto, al finalizar la reunión del G20 en Los Cabos, Felipe Calderón hizo una conclusión del encuentro diciendo que todos los gobiernos presentes habían aceptado en no hacer prácticas de regulación de los mercados. El discurso estaba lleno de falsedades que los hechos desmienten. La economía griega acaba de ser recuperada y un gobierno moderado había llegado al poder con la esperanza de seguir en la Unión Europea; François Hollande, en Francia, rechazaba práctica de austeridad en su gobierno y parecía tomar distancia de la política económica de la canciller alemana; Estados Unidos, unos años antes, y aún con el gobierno de Barack Obama, había hecho uno de los rescates bancarios más grandes de toda la historia de ese país; España, con un Rajoy que quiere mostrarse como si fuera él quien pone las condiciones, ha tenido que bajar la cabeza y estirar la mano frente a la Unión Europea.

Estos casos muestran algo alarmante: una postura oficialista que no quiere preocupar a los inversores, los cuales afectarían directamente a los bancos de inversión, estos a los bancos de ahorro, estos a los créditos y estos al país entero, pero que en el fondo está haciendo constantes rescates bancarios e incurriendo en prácticas de regulación sin asumir una postura oficial y contundente. Se regula sin decir que se regula. Como si no decirlo fuera argumento suficiente para demostrar que no existe.

Paul Krugman mencionó hace un par de días en un artículo en el periódico El país que Grecia es sólo un síntoma de una crisis más profunda en Europa, pero que los gobiernos de Alemania y Francia lo pusieron como un caso excepcional y consecuente de maquillar su situación financiera y mentir en los diagnósticos que se hicieron a su economía. Krugman agrega que Grecia fue un chivo expiatorio bastante útil para mantener el pegamento de la Unión Europea, el problema es que a ese caso se sumarán otras más muy pronto (como ya lo hizo España, y como lo fue Irlanda)

Hasta aquí podemos dilucidar que el culpable de la crisis económica mundial (el texto Caída libre de Joseph Stiglitz lo profundiza con mayor detalle) es el sistema bancario.

La relación indisociable hoy en día entre el funcionamiento económico de los países y los sistemas bancarios como la base en donde todas las transacciones económicas ocurren, ha ido mermando la capacidad regulatorias de los gobiernos, lo que generó enormes burbujas crediticias (sólo habría que destacar el sector, rascar un poco y encontrar la tajada que los bancos se llevaron a través de los créditos que otorgaron) que tarde o temprano detonaron, hundiendo las economías nacionales y obligándolas (sí, aunque suene contradictorio, los gobiernos se sintieron obligados) a rescatar los sistemas bancarios para reactivar sus economías.

Como el aceite que engrasa al sistema económico se había secado, se tenía que inyectar dinero en la base para que volviera a caminar. El aceite eran los bancos, y el dinero, nuestros impuestos.

Esta estrategia heredada por Alan Greenspan, quien se vendió a sí mismo como el gran economista que llevó a la gloria de los noventas a Estados Unidos, fue quien creó esa burbuja. Hizo pensar que el dinero virtual de los bancos era dinero real, y que las deudas, activos tóxicos o carteras vencidas, podían ocultarse y venderse a otros inversores para recuperar lo perdido. Pero así como la basura cuando se esconde bajo la tierra llega un día que se desborda por los hoyos de los campos de golf, así lo hicieron todas esas prácticas inseguras y arriesgadas.

¿Qué pasa con México? Los créditos bancarios crecen y la gente se endeuda, de acuerdo al Banco de México. Es decir, se genera una burbuja. Es decir, se hace creer que se tiene dinero cuando no es así.

Mientras tanto, las instituciones encargadas de diagnosticar y (aunque no lo parezca) regular el sistema económico y financiero del país dicen que todo marcha bien y que las crisis que golpearon a países como Estados Unidos en 2008 a penas lo tocaron (lo mismo que se dijo de España dos años antes hasta que la bomba detonó en 2012).

Se cae en el mismo problema que Estados Unidos y Europa: se toma una postura de desregulación para no enturbiar los mercados haciendo creer que la economía crece, cuando realmente sólo se construye un teatro a través de los créditos. Esta solución es como defender una caja de ahorro con un espantapájaros.

De acuerdo a la Asociación de Bancos de México, el préstamo otorgado por la banca comercial (ojo, sólo la banca comercial) en materia de consumo llegó a 524 mil millones de pesos en el mes de junio de 2012. Estos préstamos, cabe mencionar, representan el 25% del total de financiamiento del sector privado otorgado por la banca comercial. No es algo que deberíamos pasar de alto.

¿La economía mexicana podría pasar por lo mismo que la griega? Si la postura desreguladora continúa, y la burbuja crediticia crece, es muy probable que sí. Pero no lo sabemos. No aún. Quiero destacar dos situaciones: contextos y condiciones. México y Grecia vienen de contextos diferentes (geopolíticos, geográficos, históricos, regionales), pero tiene condiciones similares: créditos inflados, sistemas bancarios en caída, endeudamiento, carteras vencidas desbordándose.

Y mientras se mida solamente el crecimiento de la economía con porcentajes resumidos y escuetos pero sin desmenuzar al sistema bancario o económico, crear políticas monetarias contundentes y de regulación de mercado útiles, sin miedo a las consecuencias que estas puedan tener al corto plazo, el país vuela a pasar por lo mismo que Grecia.

Eva.

Cierro la ventana, pero aún así la luz de afuera ilumina la puerta, la lámpara y mis pies. Abro los ojos en una oscuridad en donde con esfuerzos puedo reconocer mi mano. Con los ojos abiertos, comienzo a recordar. Y lo que recuerdo son los viejos amores. Esos que están llenos de quizás y hubieras, que hablan de largos adioses que no terminan nunca. Que todo final era el presagio de su nacimiento. Viejos recuerdos que se han ido acumulando ceremoniosamente en mi vida, acomodándose a su gusto en los rincones de mi memoria.

Cierros los ojos y los veo. Son como fantasmas cargando sus últimos alientos. Hablan despacio y no se interrumpen. Se sientan a mi alrededor, seguros que por la oscuridad no los reconoceré. A veces toman café en tazas blancas como sus manos. Se cuelan en mis sueños sin mi permiso. Me llevan a otros momentos, a otros espacios. Me veo, pero soy otro, soy lo que los viejos amores me dicen que sea. Soy más delgado, con más cabello, más curioso. Los viejos recuerdos tienen la ventaja de poseer un cuerpo más viejo de lo que soy capaz de recordar.

A veces me despierto y pregunto qué sería sin ellos. Imagino que existe una inyección o un tratamiento de amnesia que te hace olvidarlos, y que borra esa ley de que los viejos amores mueren cuando mueres. Imagino que tengo el control de deshacerme de ellos, que los meto a una bolsa de plástico y los tiro en cualquier lugar.

Pero los viejos amores no mueren, no deben morir. Viven con la promesa de que ese dolor que nos provocaron se transformará en la materia de nuestros recuerdos.

Todavía nos pesa todo lo que nuestros antepasados más lejanos han hecho y pensado. Si se escarba en la conciencia de nuestros contemporáneos, se encontrarán muchas personas que alimentan la idea de que la historia humana se puede interrumpir sin previo aviso.

Georges Duby.

Cuando Martín Lutero pegó las 95 tesis en la puerta del Palacio de Wittenberg, y dictó tres sermones en donde se oponía a la práctica de comprar indulgencias para el alma de propios y extraños que concedía la iglesia Católica con el fin de financiar la construcción de la basílica de San Pedro, en Roma, nunca se imaginó que la búsqueda de la verdad del espíritu religioso provocaría una sangrienta guerra entre los incipientes protestantes y los acérrimos católicos. Francia fue el territorio de la más cruenta de estas manifestaciones en lo que se llamó la Matanza de San Bartolomé. La crueldad del conflicto consistió en que detrás de cada bandada religiosa, se escondía, aunque no muy profundamente, fines políticos y económicos.

Las guerras de religión que iniciaron con las buenas intenciones interpretativas de Lutero, no fueron ni el inicio ni el punto final de los conflictos. Ahora, incluso antes de principios del siglo XVI, las religiones siguen costando vidas y mostrando las expresiones de violencia más crudas de la historia. La religión, en sus múltiples aseveraciones, ha creado momento de peligrosidad por la razón en que ha buscado generar el conflicto entre las personas y las ideas.

En una visión arriesgada, veríamos que lo que está detrás es el sostenimiento y la forzosa postura de la verdad. La imposición de eso que mora más allá de nuestra vida y nuestro entendimiento. Algo, como lo veo personalmente, absurdo, barato y peligroso.

Pero no sólo la religión (es decir, esa explicación supersticiosa del mundo que vivimos) sino lo religioso (lo sagrado, lo inmaculado, la visión metafísica de la realidad meramente física) son igualmente peligrosos. A las dos cosas les tengo pavor, pero si sumamos a eso la religiosidad secular, me muero de miedo.

Esa religiosidad secular se ha adueñado de las elecciones presidenciales (vivo en México y es año de elecciones, también sigo de cerca la política de Estados Unidos en donde también son fechas de campañas. Ahora entenderán lo cercanía con el tema). Los funcionarios públicos en contienda son enaltecidos como si no pertenecieran a este mundo (no todos y ni por todos).

Me cuesta no ver a los candidatos y candidatas como aspirantes a un cargo público. Por eso no entiendo bien los colores del partido como escapularios o amuletos. Me cuesta ver los logos y los rostros de la clase política en los cristales de las casas, colgando de las paredes, pintados en los postes, como si las 95 tesis de Lutero volvieran a poblar la Europa que veía la salida de la Edad Media para decirles a los creyentes la otra verdad de dios. Me imagino de nuevo a los feligreses divididos, vestidos bajo banderas que aluden a una misma deidad pero interpretada en otros términos, maldiciendo y reduciendo al otro a los huesos, a su enemigo.

Por eso me pregunto si alguien se ha puesto a pensar en las condiciones en las que quedará México después de las elecciones, en las divisiones que hemos creado. Entre eso, asumo mi culpabilidad. La guerra de religión de los partidos vendrá después, cuando las elecciones se hayan hecho.

No lo puedo evitar, me cuesta no ser testigo de cómo el sistema político y partidista de este país (y de muchos más), que siempre ha antepuesto a las cúpulas del poder, a las élites políticas, a los partidos y a los gobernantes sobre los ciudadanos, se reproduce con tanta similitud y viste a los ciudadanos con sus colores.

Será que es mi visión de que a las clases políticas, con las reglas internas del sistema, sólo se les vota, se les demanda o se les expulsa (ojalá se reformara el sistema electoral para que esto se permitiera). En esas tres atribuciones no me cabe ninguna más, y en el contexto actual me siento perdido.

Ahora que veo el país y las redes sociales digitales, que son la geografía que habito con mayor soltura, veo a un México dividido como lo fue la Europa del siglo XVI, como fue Francia en la masacre de 1572 y los Países Bajos dividido en dos por la guerra de Ochenta años.

Si me preguntan ahora qué es lo que ha divido a México, diría que la partidocracia y un sistema electoral (con su oportunidad reivindicativa mandada al traste por la cámara legislativa con la reforma electoral) y una democracia representativa falaz que sólo beneficia a los poderosos.

Si la historia nos ha enseñado algo, siempre se repite. La primera vez como drama, dice Marx, y la segunda como comedia. Sólo que de esta comedia pocos nos estaremos riendo.

Pablo Hiriart, director del periódico La razón de México, escribió una columna que me provocó una respuesta. El título fue “Una vieja minoría autoritaria”, que pueden encontrar aquí. La respuesta no fue contestada, aunque sigo esperando que lo haga, ya que varios días después, Hiriart reconsideró su discurso contra la marcha provocada por los estudiantes de la Ibero en su texto “Escuchar a los pacíficos”.

Mi carta fue la siguiente:

Estimado Pablo Hiriart.

 Me he dado un permiso personal (casi espiritual) para escribirte esto. Lo he hecho porque he leído en tu columna “Una vieja minoría autoritaria” varias cosas que me han alarmado. Sé que un comentario por Twitter o un desplante con mis amigos no serviría de nada si no te externo lo que pienso y por qué. Y es que mi preocupación es tan grande, es tan alarmante, que dejar pasar lo que ha sido verosímil con mis ideas sería un acto de traición a mí mismo.

Las tecnologías de los medios han cambiado, la forma en que la comunicación era vertida a los ciudadanos también. Aunque desgraciadamente los periodistas y los personajes detrás de las plumas y los monitores se resisten a entender y aceptar que el viejo mundo unilateral ha dejado, o dejará, de existir.

A veces intento entender si estas columnas desesperadas de exponer a los groseros y montoneros twitteros (no es la primera que leo, Carlos Loret de Mola y Héctor Aguilar Camín se te adelantaron) son un reclamo a volver a los obsoletos procesos en los que ustedes hablaban y nosotros los escuchábamos.

¿Te ofendieron esos mensajes, los repruebas, están mal, deberían cambiar, qué flojera, imponen el miedo, puras mentiras? Ahora ya sabes lo que sentimos nosotros al prender la televisión y leer los periódicos y encontrarnos con notas llenas de mentiras y parcialidades; la impotencia que sentimos al ver que los medios manipulan la verdad a su conveniencia; la desesperación de ver a periodistas mediocres, impertinentes, precipitados y vendidos pararse frente a una pluma y un micrófono.

Así como tú reclamas ahora, nosotros también lo haremos. Es más, lo hemos empezado a hacer. Sé que es difícil ahorita, pero no te preocupes, te acostumbrarás. Nosotros lo hicimos.

Quiero ir punto por punto de acuerdo a tu texto. Espero que la calma y dedicación que le he dado en leer y revisar tu texto se vean reflejadas también en el mío. Aunque tienes toda la libertad y el derecho de mandar a la papelera mi documento y pensar que nada de esto pasó.

La dinámica entre los públicos ya no es pasiva, afortunadamente. Ese despertar, tal vez consecuencia de un cambio paradigmático de las tecnologías, no necesariamente debe responder a intereses macabros de grupos de poder. Créeme, yo no respondo a ningún partido, candidato o grupo político o fáctico, y aún así he decidido cuestionar lo que planteas. La generalización en el periodismo es tan dañina como en la política y en la vida.

Las redes sociales son una herramienta mucho más útil de lo que tu mirada parece alcanzar a ver. Y es que si te quitaras el nombre del medio en el que trabajas no serías muy diferente a un twittero o un bloguero. ¿Ves mi punto?

También veo con preocupación tu afirmación de que los regímenes totalitarios les importan más lo que se diga a través de Twitter o se grite en las calles, y no lo que pase en las urnas. No creo que puedas estar más equivocado. Tú y yo tenemos la libertad y los derechos que tenemos por grupos que decidieron salir a la calle y demandar. Algunos incluso tomando las armas. Que cuestionaron y confrontaron a los sistemas totalitarios.

Y si tu planteamiento viene por las marchas a favor de Andrés Manuel López Obrador, te recuerdo que él es sólo un candidato, no está en el poder y por lo tanto su representación totalitaria es más que una suposición arriesgada y bastante irresponsable.

Las calles son el lugar en donde se hace la política. Las urnas son el espacio que las élites políticas y mediáticas nos han hecho pensar que está la política.

Me preocupa que a los ciudadanos se nos vea como una papeleta. Que el ejercicio político de la democracia se limite a votar y regresar a la casa a esperar a que los gobiernos tomen el poder y nos seduzcan cuando estén sedientes de nosotros, cuando nos necesiten, cuando les volvamos a ser útiles. Y me preocupa que alguien desde los medios le dé más poder al poder, y que apague otras dinámicas para hacer política.

Otra afirmación preocupante es la de convertir en algo anecdótico las marchas de los estudiantes. Con un movimiento de pluma y un ejercicio de consciencia bastante superficial, has llegado a la conclusión que la organización, unión y manifestación de estudiantes de diferentes espacios e instituciones es pasajera y efímera.

¿Qué es permanente, entonces? ¿Las campañas políticas en donde por cinco meses vivimos bajo la promesa de un México mejor y diferente? ¿O tal vez sean las reformas estructurales que las cámaras y el ejecutivo parece no quieren discutir y aprobar jamás?

Sé que no somos Egipto, ni Siria, ni tampoco Libia. Pero te recuerdo que Egipto no es la Francia del siglo XVIII, Libia no es la India de Gandhi, ni Siria es la Checoslovaquia de la revolución de terciopelo.

Seguramente en Egipto los medios también tenían un Pablo Hiriart que les cuestionó de la misma manera como tú lo haces ahora, que les dijo que los cambios de los estudiantes, de los ciudadanos, de los campesinos, de los padres que han visto desaparecer a sus hijos, de los jóvenes cansados de vivir azorados por un sistemas político y televisivo que sólo tiene interés en su partido o su empresa, sólo podían ser accedidos por otros países, otras sociedades. Seguramente también los acusó de pasajeros, anecdóticos.

Triste y lamentable tu comparación.

Y no te confundas, Pablo, el cuestionamiento es un ejercicio normal y corriente en las democracias. Los medios vivieron en laureles unilaterales que ahora están viendo cuestionados, y al no saber cómo responder, los acusan de despreciar los ejercicios de la política.

Pero lo que están cuestionando, y es mejor que te acostumbres, es a la pasividad del espectador. A la irresponsabilidad de los periodistas de trasgredir la realidad y pasar inmaculados. De esa visión de que sólo la historia los juzgaría. Eso ha cambiado y la historia ya no tiene paciencia para los cuestionamientos.

Las redes sociales han hecho en 5 años los que los medios no han podido en 50, en 80, en siglos enteros. Las redes sociales les dieron voz a los públicos silenciosos que ustedes tuvieron a su merced.

¿Viste la marcha de los 132, en contra de Televisa? Ese reclamo tan válido y necesario fue la puerta de entrada a este nuevo mundo. Si no puedes con él, entonces ve reconsiderando tu trabajo, o el lugar en donde lo haces, en donde hablar no conlleva ninguna responsabilidad más allá de la satisfacción personal, y en donde las sociedades son tan pasivas e indiferentes que jamás tendrás que rendirle cuentas a nadie.

Juan M. Fernández Chico.

Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común.

Osvaldo Bayer, En camino al paraíso.

No soy pejista, o miembro de alguna agrupación simpatizante de López Obrador (AMLO), nunca me he afiliado a ningún partido político u otra vertiente desprendida de alguno de ellos. Lo más cerca que estuve , fue cuando estaba en la secundaria y mi vecina, Teresa Rascón, se lanzó como candidata para una diputación por parte del PRD, y Beto y yo nos juntábamos con algunos de los hijos de los encargados de la campaña. Recuerdo que nos regalaron camisetas y nos dejaban ver el fútbol en el camión de campaña.

Hago esta aclaración porque me dolería que mañana se me acusara de provenir de un planeta que no conozco y del que nunca me ha interesado pertenecer.

El único organismo al que pertenezco es a Colectivo Vagón, una agrupación artística en Ciudad Juárez que no tiene y nunca ha tenido alguna afiliación política y que no cuenta con fondos de ninguna instancia, de gobierno o no gubernamental, para existir.

A la única a la que le debo lo que digo, cómo y por qué lo digo, es a mi integridad (si aún existe), a mi inteligencia, a mi nombre, a la gente que quiero y me quiere, a los que admiro y aprecio y busco ganarme el respeto que ellos se han ganado en mí. Y si soy lacayo de alguien o algo, es de mis ideas, que espero me representen mejor de lo que yo las puedo representar a ellas.

Si digo algo que me compromete, lo hago con toda responsabilidad de pensar que es lo mejor para el país, para la gente que habita en sus múltiples realidades y para las que lo harán en algún momento. Tal vez esté equivocado, pero eso sólo la historia nos lo dirá.

No creo en soluciones milagrosas, en que una persona o un grupo limitado van a cambiar a todo un país. Por eso tampoco soy un seguidor de las vidas intachables. Me gusta el humano que se equivoca, que se cae y se levanta, que no le da miedo exponerse por decir lo que siente y que se arriesga. No simpatizo con los personajes que son tratados con algodones o los que viven en esferas asépticas para que nada los toque. Que evaden la crítica para inventarse un mundo perfecto e intachable. Y esto lo digo por los cuatro candidatos, que es lo que me atañe hoy.

En pocas palabras, soy alguien que dice lo que piensa y que asume un posicionamiento político e ideológico crítico. Nada más.

No estoy tratando de convencer a nadie. No es mi punto y nunca lo ha sido. Si critico una línea política, un candidato o todo un partido, es porque siempre me ha dolido la indiferencia, el silencio autoproclamado, el olvido y la censura (tanto autoimpuesta como obligada).  Porque no me puedo quedar callado cuando veo el abuso, el autoritarismo y la corrupción. Y si la vemos, no importa que sea en nuestro lado, debemos denunciarla. El silencio no debe imperar jamás ante la injusticia, no importa de donde venga, no importa que trastoque en lo que creemos. Sé que es difícil, pero en algún lugar debemos de empezar para construirnos como seres críticos y propositivos.

Lo hago porque me duele Atenco, la violencia, la censura, la ignorancia y la corrupción milenarista de un partido que pensó en algún momento que el país y todo lo que había dentro de él le pertenecía. Porque me duele la violencia emprendida en una guerra cruenta y sin objetivo, fallida desde su gestación, con una mirada conservadora y autoritaria. Me duele Ciudad Juárez, los indígenas, las mujeres asesinadas, los homicidios contra jóvenes y niños. Por eso lo hago, porque este país me duele mucho y constante.

Pero peor aún, porque me dolería la violación a nuestra memoria histórica y de nuestra dignidad.

Tampoco me complace quedarme en la comodidad de la crítica y la denuncia. Valoro quienes han asumido esa responsabilidad con decencia, pero es necesario movernos un poco más. Esto me recuerda a lo que una vez escribió Jean-Paul Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que nosotros hacemos con lo que han hecho de nosotros”. El hastío en algún momento se debe convertir en decisiones. A veces no siempre tendremos las mejores opciones o circunstancias para decidir lo que queremos, pero debemos decidir. Como Ortega y Gasset lo dijo, incluso en el pabellón de fusilamiento tenemos la libertad de decidir morir como un cobarde o morir como un valiente.

Por eso he decidido votar por AMLO. Porque me cansé de los sistemas obsoletos y estrategias caducas que representan los otros candidatos. Porque creo que es momento que llegue otra fuerza que nos presente una forma diferente de gobierno, aunque esta nos sea desconocida en la práctica.

No voy a enlistar sus propuestas políticas o su plan de gobierno, eso le corresponde a cada uno de nosotros conocer a profundidad y decidir qué proyecto quiere que tome las riendas del país por seis años.

Yo voy por AMLO porque me ha convencido su equipo de trabajo, las personas que lo acompañan y que gobernarían junto con él. Tal vez he caído encantado por un discurso que se muestra más honesto y humano que los otros pero que en el fondo puede ser falso. Lo admito, pero dar mi voto por él no es darle mi silencio. Creo que es susceptible a la crítica como cualquier otro. Y si ocupa un lugar privilegiado en la administración pública, más. De hecho, cuando decidió tomar las calles del DF después de las elecciones de 2006, cuestioné severamente sus acciones que, para mí, fueron precipitadas y erróneas.

Y espero que quienes han tenido la inteligencia y la sensibilidad de cuestionar y exponer al PRI y al PAN respectivamente, lo hagan también con él, con sus partidos y sus compañeros de gobierno cuando sea necesario y justo.

Ahora me he propuesto votar por la persona detrás de la figura que han retratado o inventado los medios. No voy a votar por un mesías. Eso lo tengo claro. Y no porque he decidido mi voto tengo que responder las preguntas que sólo Andrés Manuel y su equipo debe saber. No soy su vocero, ni su representante de campaña. No tengo todas las respuestas a su proyecto político, y mucho menos sé si es la solución que el país necesita (cosa que incluso en el fondo, ni siquiera él sabe con seguridad). Lo que estoy haciendo es una deducción basada enormemente en lo que no quiero.

Si el país y la coyuntura fueran los propicios para anular el voto, seguramente lo haría. Pero ahora más que alzar mi voz a través del descontento legítimo de la anulación del sufragio, quiero que el poder cambie de manos y que las elites políticas sepan que los dos diferentes gobiernos que tomaron el poder en los últimos ochenta años no respondieron a las necesidades del país.

Y si me equivoco, yo seré el primero en reconocerlo sin arrepentimientos, porque seguí a esa voz rasposa y profunda en mi interior que me decía que era momento de cambiar de rumbo, aunque no tuviera a ciencia cierta al lugar al que nos llevaría.