Los reyes del aire es un proyecto de Colectivo Vagón en una arena de lucha libre (algo típico en México, en donde pelean en un cuadrilátero dos bandos, técnicos y rudos, vestidos con elegantes máscaras de colores y nombres como “El último vikingo” o “Estrella roja”, utilizando complejas técnicas de lucha) llamada El Bombero, dentro de una zona de alto riesgo en Ciudad Juárez, México, el cual tiene tres objetivos concretos: un video documental, un libro de crónicas y fotografías y una exposición itinerante de fotografías. A continuación, un fragmento de una de las crónicas escritas por mí:

Junta los pies, levantan los brazos como si pidiera permiso a los dioses de la arena. Su máscara se ilumina con un pequeño foco en el centro del cuadrilátero. Los niños, que unos minutos antes habían intentado fallidamente la misma pirueta, lo ven con inocencia y asombro. Una mujer, desde la cima de la grada, le grita de todo, lanza una botella, sostiene a un bebe en los brazos y busca la complicidad en los que la rodean. Brinca, por fin brinca. Lo hace con majestuosidad. Es un instante eterno. Se sostiene en el aire como si fuera una nube surcando los cielos, como una piedra lanzada al agua y viaja por la superficie. Brinca y todos están atentos. Cuando se encuentra en el punto más alto, surge una aureola sobre su cabeza. La gente lo sabe: es uno de los reyes del aire, y su rey reclama lo que es suyo. El contrincante sobre el suelo, atento al movimiento de su enemigo, espera el golpe inminente. Para él, que está en el suelo, el tiempo pasa más rápido; para él, que está en el cielo, los segundos se convierten en horas.

Finalmente cae. La arena se estremece. Hay una sensación de electricidad que lo transforma todo. Nadie puede escapar de ella. El contrincante, seguramente uno de los rudos, extiende los brazos para recibirlo y suelta un alarido. Abajo, unos se golpean el pecho, otros se resguardan sobre las cuerdas, protegidos en su esquina. La mujer continúa gritando. Los niños abren los ojos tan grande que parecen arrojar luz. El referí se pasea por la arena como un león esperando a su presa. Cuenta uno, dos… pero logra zafarse. Les cuenta a los de abajo. El hombre del micrófono los invita a subir. Uno, dos… de nuevo se escapa. Van dos caída, una para cada lado, esa es la definitiva. Unas cuantas semillas de calabaza vuelan por los aires. La oscuridad se avecina. El cielo se cierra, amenazante, cae una lluvia imperceptible. Una mujer mayor les grita: “¿pero qué hacen, pendejos?”. Algunos se ríen. Un pelón es acusado por su calvicie, otro por su bigote. El borracho se arrastra hasta la última grada, en donde le espera el castigo de su mujer. Los niños corren alrededor. Uno, dos, tres. Termina la primera pelea. El referí es el epílogo de una derrota anunciada. La gente grita, abuchea. La arena de El bombero se parte en dos. Algunos quieren la revancha, otros levantan la barbilla orgullosos.

Los niños corren al centro. Como atraídos por el plástico del cuadrilátero, se suben y brincan. Algunos llevan la máscara recién comprada, se hacen las llaves, intentan volar, pero apenas son muy pequeños. Uno se cae y busca que alguien le consuele, pero debe aprender que la vida del luchador es solitaria, el único consuelo que se puede tener es la venganza. Se limpia las lágrimas y se sube a la última cuerda. Las luces se apagan.

La música es un presagio bendito. Los niños corren despavoridos. El cuadrilátero vuelve a ser el templo de la disputa. De una puerta metálica color negro, surge la sombría figura del luchador. El hombre lo anuncia: El avispón verde. La gente lo aclama como el héroe que es. Su máscara verde se opaca por la noche que lo inunda todo. Se pasea a sabiendas que ganará, pues aunque pierda El avispón verde siempre gana. Se sube al rin de un brinco. La luz todavía no lo devela, pero no es necesario, todos tienen una estampa de él en algún lugar del recuerdo. Si no de él, de su padre. Levanta los brazos como un profeta hablándole a su pueblo. Los dioses de la arena lo saludan con vehemencia y respeto. Gira en su eje. La luz se enciende, mostrándolo tal y como es. Su cuerpo jovial, fuerte, con unos ojos profundos, sus labios apretados. Todo en él es tranquilidad. Un técnico ejemplar. Respetuoso, solidario, idolatrado por los niño y amado por los jóvenes. En él recae la esperanza del bien. Tiene la obligación de ganar, y no busca la trampa para conseguirlo. Si pierde, entonces se retira en silencio, como el viejo lobo que se aparta de la manada para morir en soledad. Pero si gana, se lleva el más grande merito de todos: el de la gente.

De nuevo se apagan las luces. La música nos dice que algo terrible se asoma. El mal también encuentra su forma. Una figura oscura camina por la misma puerta de hace unos minutos. Es uno de los rudos. En su nombre carga la penitencia. Es maquiavélico en un estricto sentido. No respeta ni su propia naturaleza. Sus ojos son como los de un demonio enfurecido. Cuando lo insultan, contesta. Una niña se esconde atemorizada. Los niños le provocan. La mujer que grita encuentra un motivo más para no dejar de hacerlo. El rudo enseña lo dientes blancos, frunce el ceño, enfila las cejas, aprieta la boca. Su cabello largo es como el de un loco. Grita al aire. Reclama su maldad. Amenaza a su contrincante. El referí levanta los brazos y los deja caer al ritmo que los llama a la pelea. Es un mano a mano. Los dos pelean hasta el cansancio.

La pelea se acaba. La fiesta dominical se termina y es hora de regresar al mundo real, aunque el mundo real sea tan parecido a ese cuadrilátero que unos minutos antes había estado lleno de vida. En fila, uno a uno van abandonando la arena. La luz se apaga. Será hasta dentro de una semana que regresen los dioses a concederle una día más de existencia.


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