A veces un arma, una idea en la cabeza, un casco, una placa, te hacen sentir más fuerte. Te provocan algo que se mete en tu cuerpo y te hace pensar que tienes la razón. Te vuelves como el caparazón de una tortuga que se mueve a la voluntad del animal que la carga. No eres tú. Eres ese pequeño amo que te dicta, que te prohíbe escuchar más voces, voces que van en contra de lo que te dicen que debes creer, de lo que tu placa en el pecho te recuerda que debes sentir, de lo que tu responsabilidad inamovible te dice que debes hacer. Eso, en palabras de Michel Foucault, hablando de Gilles Deleuze, es un fascista diminuto que habita en ti. No en forma de gran dictador, sino casi como un error en tu código genético.

En la mañana te puedes levantar y todo es normal. La voz dentro de ti te dice que el mundo es cruel, y que el único soporte que tienes es seguirla escuchando hasta que sea necesario. Es decir, te mueras, deje de necesitarte, o despiertes. Caminas por la calle y todo es caótico. No entiendes nada, y no te culpo, el mundo no siempre es como un paseo por el parque en domingo. El problema es que tú tienes una voz silenciosa que es celosa. A veces en nombre de un burócrata, o de un líder mafioso. Tú lo sabrás mejor que yo.

Se te olvida qué sentir. Peor: se te olvida que los demás también sienten. Pero nada de eso te toca, porque la voz dentro de ti, esa que no sabes bien de dónde y por qué existe, te da permiso de hacer lo que debas hacer. Como te habla en términos maniqueísta, sólo reconoce el bien y el mal. No lo cuestionas, pero sabes que la voz no puede estar equivocada.

Te manda a hacer lo que ella no está dispuesta a hacer. Eres una maquinita que se ensucia las manos por ella. Tú no debes pensar, ella ya lo hace por ti. Y tú estás bastante convencido de eso.

Llegas y tomas a alguien del brazo. No sabes si es amigo o amiga de tu hijo en la escuela, si se toparon un día en el mandado o si le ayudó a tu padre enfermo que está en el hospital cuando era voluntario. Sabes que la debes sujetar del brazo y jalarla. Tal vez te cuestione. De hecho lo hará. Pero no importa. La voz dentro de ti te dice que no proceses esa información. La vas a jalar, cada vez con mayor fuerza, y la vas a arrastrar hasta esa momentánea cárcel de cuatro ruedas que en ocasiones se convierte en tu hogar. Te va a decir que todo esto es por la paz, que están hartos de la violencia, que quieren un cambio, una consciencia. Pero de nuevo la voz. La voz es más fuerte. Es como un concierto de alguna banda de rock.

Al final regresas a casa. La de la mano no. Pero eso no la desanima, porque los que no escuchamos la voz vamos a ir rescatarla, nos mueve algo que es más grande que todos nosotros juntos. Algo que también te toca a ti, aunque no lo creas, aunque la voz te diga que nosotros no sabemos nada, que si fuera por nosotros, este mundo ya se hubiera ido a la mierda.

Pero un día tu voz se quedará sin aliento. Tu tortuga morirá y serás un caparazón vacío con un cadáver dentro. Pero no te preocupes, porque en nuestro mundo siempre tendremos lugar para ti, aunque en el tuyo seamos un estorbo.

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