Menos Face.

En un artículo sobre Internet, el filósofo esloveno Slavoj Zizek escribió que una fuerza revolucionaria proveniente de Internet estaba lejos de ser evidente. La razón, muy simple: Internet acaba con la comunicación cara a cara, lo que permite una interacción siempre mediada por una pantalla (parece que hablamos con alguien al otro lado del mundo, pero realmente es la pantalla de la computadora). Aprendemos a hablar con los objetos como si ellos fueran verdaderos, si estuvieran vivos, sólo para que nosotros, detrás de ellos, podamos ser más valientes y más cínicos. Cuando mediamos nuestras relaciones, algo se pierde, algo dentro de nosotros. Por eso dice Zizek que es más fácil mediar un te amo: “como dijo el poeta, te amo”, en vez de afrontarlo en primera voz. El Internet, de acuerdo a esta mediación, nos evade de la responsabilidad de la toma de decisiones.

Pero no hay que ser un psicoanalista lacaniano como Zizek para entender esto. Yo lo encontré en Facebook (la red social a la que pertenezco). A veces, cuando mi leninismo recalcitrante quiere surgir, me pregunto: ¿pero qué carajos hacemos en Facebook? Pues nada. Perder el tiempo. Es entretenimiento, y el entretenimiento no tiene la facultad vinculante de hacernos ni pensar, ni actuar, o eso parece. Creo que a lo que se refería Zizek no era precisamente a Internet, un buen lugar para expresar y construir ideas críticas, sino a las plataformas de redes sociales inútiles, pero entretenidas. Ya debería ser hora de que, así como se tomaban universidades, parques, oficinas de gobierno y calles por parte de manifestantes inconformes, que tomemos estos espacios virtuales como tales. En la jerga sociológica, nos rompemos la cabeza con términos como espacio público y espacio privado. ¿A quién le pertenece cada uno, cómo se formaron, cómo definimos y entendemos? Pero también tendríamos que pensar en el espacio virtual como un espacio vivo y dispuesto a ser pensado.

Gilles Deleuze, un profeta de la sociedad de información y el control que vendría como consecuencia de ésta, escribió que los jóvenes buscan, movidos por algo, más información, más inmediatez, más y más (más cosas en menos tiempo), cuando deberían de pensar para qué quieren todo eso.

Es decir, no se trata de pensar en usar menos las redes sociales, sino de usarlas mejor. Si lo pensamos como espacios sociales (no sólo bajo la dicotomía de público/privado), entonces tenemos miles de opciones y caminos, pero, mejor aún, miles de oportunidades. Los apocalípticos, como les llamó Umberto Eco, que buscan acabar con esto, deberían de pensárselo dos veces. No se puede, ni se debe, borrar con un plumazo o una disertación problemática, si deberían o no existir, sino cómo hacerlo mejores, más públicos, más críticos, más útiles.

Menos Book.

Pero también habría que tener cuidado con la otra cara. Algunos pensadores importantes, como Roger Chartier, ve en las tecnologías de información, como Internet, no sólo una revolución cultural, sino morfológica del texto. Del codex, que estableció Gutenberg, al hipertexto. Pero no todos opinarían igual. Muchas voces más reservadas no se precipitarían tan rápido en esta afirmación. Aceptan que estas nuevas tecnologías son una revolución sin precedente, entre ellos Manuel Castells, el español analista experto en sociedades de información, que no se termina de sorprender con Facebook, que incluso la llamó la plataforma de debate político y movilización más importante del mundo, pero defienden el libro (el objeto), hasta la muerte (si Castells se creyera tanto lo que dice, ya hubiera quemado sus libros, pero incluso él tiene un poco de sospecha sobre esto). Y es que habría que tener cuidado: no porque no estemos en Facebook, o en algo peor, estaremos pegados a los libros. ¿Por qué? Porque si Internet no ha logrado convertirse en la aldea social global (hace poco un vocero de Yahoo dijo que los usuarios de Internet aumentaban, pero que el mayor porcentaje entraba sólo a la páginas de deportes y chismes), los libros menos. Es decir, no pensemos que las revoluciones vendrán de ellos con el precio que tienen. Es cierto, Internet es democrático, muchos pueden tener acceso, pero insuficiente; los libros son altamente motivadores, pero inaccesibles.

La librería Gandhi, entre sus divertidos lemas de letras negras y fondo amarillo, puso: “Menos Face, y más Book”. Yo estaría totalmente de acuerdo, sólo si se cambiara la política (si es que lo es), de que los libros a los que la mayoría de las personas (porque México es, en su mayoría, un país de gente no muy acaudala) tiene acceso, no sean las novelas resumidas de Dostoievsky.

En una escena de El laberinto del Fauno, el médico, un simpatizante republicano infiltrado en las filas franquistas que trabaja para un sádico capitán, le suministra una inyección letal a uno rebelde capturado que ha sido terriblemente torturado. Cuando el capitán llega, el médico le dice que ha sido lo único que podía hacer, entonces éste le cuestiona por qué no le ha obedecido, el médico contesta: Hubiera podido, pero no lo hice… Es que obedecer, por obedecer, así, sin pensarlo, eso sólo lo hacen gentes como usted, capitán. Al final, en una marcha que le dirige a su muerte, el médico se va caminando, bajo la lluvia, y por la espalda, el capitán le dispara hasta que muere. A veces el valor de las cosas, sólo llega con ese cuestionamiento esencial: obedecer, por obedecer.

A-G.

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