Hoy en la tarde sentí una extraña inquietud. No era nada físico. Tampoco una preocupación arrebatadora. Era una sensación no común, como si algo mínimo, tan pequeño y discreto, hubiera cambiado en mi vida. Nada relevante. Sólo un insignificante detalle. Algo que incluso no había percibido hasta hoy en la tarde, y que tenía, no sé con seguridad, varios días, tal vez semanas, incluso meses, de haber sucedido.

Entré a Facebook y recorrí el muro principal (no sé cómo se llame, pero ese muro que no es tu muro donde aparece todo lo que ponemos), y me fijé que faltaban las típicas pendejadas de alguien que estaba (y ojo que dije estaba) en mi lista de amigos. Alguien que había conocido en una fiesta en mi casa, que luego me agregó (ojo, que dije me agregó) al Facebook. Faltaban, desde no sabía exactamente cuándo, pero faltaban, los detalles de las cosas que le hacía a su carro, sus garrafales errores de ortografía, las porras que les echaba a sus equipos de fútbol, su terrible sintáxis y sus fotos personales.

Entonces me lancé a la tarea de saber qué había pasado con él. ¿Acaso no había notado las tarugadas que ponía, o es que tenía semanas sin entrar a Facebook (por lo menos había unos veinte mensajes de él por día, cosa que me extrañó aún más)? Ni siquiera recordaba su nombre. Pero sabía que había una foto que me habían etiquetado en donde aparecía él. La busqué y di click en su nombre. Arriba de su página de perfil, en el centro, junto a su foto, el botón activado de Agregar como amigo.

¿Qué sentí? No lo puedo explicar con precisión. No me molestó, porque finalmente no sabía quién era, pero, ¿por qué? Me quedó la pregunta como si se te saliera un suspiro inconsciente al ver pasar a alguien que querías (ojo, que querías). ¿Por qué hay personas que se toman su vida virtual, y la vida virtual de los demás, tan a la ligera? Como si de repente en la calle alguien que te solía saludar te volteara la cara, te viera en una fiesta y te dijera “lo siento, no te puedo saludar, ya no eres mi amigo”. Lo entiendo de mis ex novias, quienes me han borrado, bloqueado incluso. Lo entiendo porque hubo un acuerdo. No nos vamos a ver, no vamos a saber nada del otro, no nos veremos las caras. Entonces lo haces, la borras, te borra, y listo.

Creo que como decía Thompson, las tecnologías de información están cambiando nuestra forma de socializar, nuestros encuentros cara a cara. Ya no hay explicaciones, ni grandes confrontaciones, ni momentos de desilusión en vivo. No que no existan, ni que dejarán de existir, pero que hay ciertos encuentros, ciertas relaciones, que terminan tan rápido como presionar la tecla de delete.

Últimamente he pensado en que las redes sociales como Facebook deberían mandarte un mensaje cada vez que alguien te borra. Incluso que no te puedan borrar hasta que el otro acepte que están apunto de romper su amistad virtual. Estas tecnologías (o, mejor dicho, estos espacios consecuencia de estas tecnologías de comunicación), nos generan una falsa sensación de poder absoluto: que podemos hacer y deshacer lo que sea, decir lo que se nos pegue la gana a quien queramos, declararle nuestro amor al chico o chica que nos gustaba en la secundaria. Todo sin la responsabilidad de la confrontación real.

Jean Paul Sartre escribió que lo que me reduce ante el otro es su mirada. Ponía el ejemplo de quien ve secretamente por la mirilla del cerrojo de una puerta, y entonces es sorprendido por alguien a su espalda. Que me vean viendo, que revelen mi plan secreto para ver sin ser visto, sin ser precisamente su intención, es cuando el otro me captura. Cuando a las interacciones le quitamos la peculiaridad de la mirada (entendiéndolo más en un sentido figurativo), entonces los dos nos presentamos desarmados, pero, al a vez, llenos del poder de nunca ser percibidos.

Trato que mi vida online y offline sean congruentes, sé que no siempre es posible porque estar montado en el espacio virtual te hace sentir todo poderoso, pero lo intento. Lo juro.

Pensé en poner una lista de las personas que me han borrado, pero no es algo que haría normalmente, así que decidí omitirlo. Aunque una vez, en la preparatoria, me colgué un letrero en el pecho que decía “Odio a” y el nombre de una compañera de clase que me caía bastante mal. Si tuviera Facebook, les aseguro que no estaría en mi lista de amigos. No señora.

Foto: AG.

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