Quien me conoce, es decir, quien me conoce bien, sabe de mi rotundo pesimismo hacia cualquier tipo de religión. Sí, cualquiera. Y es que aunque estudié sociología, no me quedó esta espina de que entre las culturas y los cultos, el derecho al respeto ajeno… y por ahí va la cosa. Tampoco niego con una mano a la Iglesia Católica y saludo con la otra a las prácticas religiosas de grupos indígenas o de estas que derepente puso de moda el new age. No, las dos se me hacen igual de ridículas y falsas. No sé si en los árboles moran las almas de los antepasados o si en una hostia se encuentra el cuerpo de Cristo. No, honestamente no me importa. De hecho, no sólo no me importa, sino que las niego rotundamente.

No es que sea ateo. Soy demasiado pequeño para saberlo con plenitud. Tal vez hay un Dios allá arriba, o varios, o algo tan complicado de entender que incluso nuestra imaginación humana jamás lo asimilaría plenamente. Pero es que cualquiera que te viene con la idea de una religión, y digo cualquiera refiriéndome a un ser humano, es que algo quiero, y no sólo salvar tu alma. ¿Cómo estar completamente seguros de que un profeta es un profeta, o de que un elegido lo es, o de que lo que dice que ve es verdad?

He conocido gente que cree fervientemente que muchas de las cosas que le suceden son obra divina. Lo creen porque algo dentro de ellos se los dice, y tampoco es mi obligación decirles lo contrario. Pero es que para mí la religión es igual a lo que decía Spinoza: ¿por qué empeñarse en buscar la libertad en aquello que te esclaviza? No sé porqué pensar que algo tiene una explicación divina si esa explicación no tiene explicación.

Honestamente creo que deberíamos de ir dejando atrás a la religión y empezar a buscar la comprensión humana, sin intermediarios ni santos patrones. Buscamos la vida después de la muerte cuando somos incapaces de comprender la vida antes de la muerte. Si Dios existe, y si realmente está juzgando nuestra alma, entonces dejemos que haga su trabajo. Si en lo que creemos es en un Dios vanidoso que quiere que siempre le recordemos cuánto lo amamos y le tememos, entonces tal vez no vale la pena seguirle el juego (que la verdad no creo que así sea, sino que eso ya fue una ocurrencia nuestra).

No estoy en contra de que tengamos una vida espiritual sana, estoy en contra de las prácticas sociales que hemos hecho con esa necesidad personal. Porque yo también me despierto preguntándome el por qué de las cosas y el hacia dónde vamos, pero eso no me debe alejar demasiado de donde estoy. No convierto mi vida en esta obsesión incomprensible, y tampoco quiero perdonar mis errores personales a través de un imaginario perdón de Dios. Yo soy de los que piensa que llueve por algo, y que si buscamos una explicación seguramente la vamos a encontrar. Si Dios lo inventamos nosotros, entonces es hora de que alguien lo desaparezca y nos recuerde que hay muchos pendientes en el mundo, si no, si realmente existe, entonces cuando estemos allá, con él, ya sabremos de qué iba la cosas, pero por mientras no.

Por eso yo me confieso en el espejo, y si actué mal, entonces será la historia la que me juzgue. Mientras siempre haya alguien allá arriba que nos limpia los pies, entonces nunca dejaremos de caminar sobre el lodo.

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