Este país está hundido. Es como el hoyo del cementario después de que se ha robado una tumba. Hay gusanos y polvo. Nada más.

Hoy estaba en Recaudación de rentas para que me reestablecieran la cuota fija (que es de mil pesos, subiendo más de lo doble  a la pasada).Pero antes de esto,nos hicieron mandar una carta de pidiendo casi casi perdón por ser unos ciudadanos de cuarta (en serio, nos pidieron una carta donde teníamos que decir por qué somos un jodidos que no podemos pagar impuestos). Fue un señor a tomar nota de nuestros gastos y ganacias. Es decir, fue a comprobar que en serio somos jodidos. Nos dio un papel para hacer una cita y llegamos bien temprano. Después de una hora y media de esperar, viendo el programa Hoy, en donde desfilan los personajes más irónicos de la farandula, nos llamaron. Era una chica sin chiste. Hernández, se apellida. Tiene cara de que no ha tenido sexo en varios años.

Leyó la carta que habíamos mandado. Claro, hasta ahorita. Se fue un rato y regresó. Me preguntó si fui yo quien había hecho el trámite pasado. Dije que sí. Dijo que entonces no sabía que había dicho yo para que subiera tanto. No sé si me explico. La chica insinuaba que era yo el culpable. Le dije que dí las mismas cantidades que esta vez, y que la persona que me atendió dijo que no se podía hacer nada, era lo menos. Se volteó y volvió a la computadora. Le pregunté por qué había subido tan drásticamente. Insistió en que no sabía que había dicho yo. Yo también insistí en que había dicho lo mismo, que si algo había cambiado, era en el aumento de los gastos y la reducción de la ganancia.

Al final lo dijo. Después de mucho tiempo. Dijo que había un nuevo impuesto, y que los anteriores habían subido para este año. Ah, pensé, todo es más claro.

Se fue de nuevo y regresó. Dijo que no podía hacer nada, que lo iba a consultar con sus jefes/dioses para ver lo que se podía hacer. ¿Qué? ¿Cómo? ¿En qué momento? Después de la carta, de la humillación, del tiempo perdido, sólo viene a decirnos que no puede hacer nada. Me enojé un poco y le pregunté. ¿Y dónde veo reflejados los impuestos que pago? Repitió la pregunta en voz baja. Sí, dije, en dónde. Pues se van a la federación. Pensé que la chica estaba sorda, o sólo un poco tocada. Sí, pero dónde se ven reflejados. Yo como contribuyente dónde veo lo que pago. Bueno, dijo mientras se reía, por ejemplo, en la seguridad. Ah, dije, entonces aparte de los cinco robos que nos han hecho en el año, aquí también nos roban. Cambió la cara por una muy seria. Mi mamá se molestó que hiciera esa pregunta, por eso fuimos discutiéndo en el trayecto a la casa. Dijo que fueramos en agosto, que pagaramos y ella vería.

Eso fue todo. Regresamos.

Mi mamá seguía con los reclamos. Estoy harto de que siempre seamos nosotros los que nos tenemos que hincar, los que tenemos que pedir perdón, y que sean ellos los que no tienen que dar respuestas sobre su trabajo, y nosotros, cuando estamos en esas situación, estamos condicionados a decir la verdad,aunque ésta sea humillante.

Conocí a mi burócrata favorito. Se apellida Hernández y trabaja en Recaudación de Rentas, y es un robot, tan frío como la computadora que se ha vuelto indispensable para hacer su trabajo. Un robot ajeno a lo que pasa a esta ciudad, a este país, a este mundo. Que sólo sabe decir “sí, señor” “no, señor”. Que no le gusta dar respuestas, y si las da, lo hace de mala gana, enfadada, incluso molesta.

Es cierto, tengo que ser más moderado, mucho más mesurado e inteligente. Mi mamá puede tener cierta razón en eso. Pero la vida es incertidumbre, y  no sé cuánto me quede en ella, por eso hago esto, exijo y no me quedo callado. Para que cuando muera, y llegue con el buen dios, él me diga “Diste mucha guerra allá abajo”, y yo conteste “bueno, pero no más que tu hijo, ¿estás de acuerdo?”

Alejandra.

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