Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos, Charles Bukowski

Hace muchos años, en un supermercado, me encontré con la película El hijo de la novia, dirigida por Juan José Campanella. En la portada estaba Ricardo Darín, enseñando los dientes, con la mirada clava en el lente, arrugando la frente, y con un mechón de cabello sobre el rostro. Ese rostro, que en aquel momento me provocó dejar la película en donde la había tomado, se convertiría en un aditamento esencial en mi vida.

Entiéndase que esto es un acto confesionario puro. Una confesión basada en la necesidad innombrable de admitir mi obsesión por Ricardo Darín, ese actor argentino perteneciente a una generación de intérpretes salidos de la televisión.

Tengo que aclarar, como lo hace mi amiga Danae, que es una atracción no sexual. No lo veo tampoco como un padre, un tío o un hermano. No es mi inspiración de vida, a pesar de ser un hombre sumamente inteligente, sensible y con gran sentido del humor. No es el mejor actor del mundo, es decir, no es Joaquin Phoenix o Philip Seymour Hoffman. Y por mucho, no es el mejor director.

Esta obsesión tiene una respuesta más en mí que de él. Y creo que estoy llegando al punto de esto: hay momentos, algunos duran toda la vida, en los que te agarras de ciertas cosas o personas, a veces de manera inexplicable, para hacer del viaje de la vida algo más llevadero. Deleuze y Guattari decían que el niño asustado se agarra de su cobija, se tapa para ocultarse de los monstruos que se alojan debajo de la cama.

Darín es un paliativo para mis demonios internos. Es un tono argentino, y unos ojos empalados por unas ojeras que lo hacen parecer un chino porteño; es el recurrente papel de un hombre que lo ha perdido todo pero decide seguir luchando; es su silencio, tragando saliva, diciendo con tranquilidad “Andáte”; es una vena encendida gritando por la puta que lo parió a un pelotudo de mierda. Es una compañía a los ratos de soledad, cuando la tristeza aprieta. Es un diálogo extendido, más al azar que por otra cosa, por la sencilla razón de que la vida es como una pelea de box que estamos a punto de perder. Mi obsesión es Darín, como todos tendrán la suya en las presentaciones más peculiares.

Para los fieles seguidores de la película Casablanca, la escena que corona ese melodrama tan bien contado e interpretado por Hepburn Bogart, es cuando en el aeropuerto Rick le dice a Ilsa que debe irse con Victor, y no con él. Ilsa, claramente sorprendida, le cuestiona sobre qué pasará con su amor. Rick, embutido en una gabardina y un sombrero como un detective de novela negra, le responde: “Siempre tendremos París”. Vale recordar que Ilsa y Rick se conocieron y dejaron en París, convirtiendo esa ciudad en una figura idealizada de su amor imposible, algo que cuando la guerra y la vida que han decidido llevar les aprieta el cuello, escapan momentáneamente para sentirse aliviados. París fue un lugar casi al azar, como pudo ser Montevideo o La Paz.

En mi soledad, recurrente y bien recibida, cuando me veo claramente sorprendido, la voz de Hepburn Bogart me dice “Siempre tendremos a Darín”.

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