Si esta ciudad fuera una vaca, tendría la pata quebrada. Seguramente, resultado de eso, todos los granjeros próximos la mirarían con cuidado buscando saber cómo es que esa vaca se quebró la pata. Unos dirán, los más inocentes, pobre vaquita, tiene la pata quebrada. Otros responderían a una pregunta que nadie les hizo: por estar brincando la cerca le pasó eso. Otros que fue la culpa del que puso la tierra, otros que fue la nueva reja que se puso para que no se metan los coyotes que ha terminado revirtiendo todo. Otros, que fue culpa de Dios por crearla o, como muchos, debido a las circunstancias.

La vaca sigue con la pata quebrada, y, en silencio, escucha un lenguaje incomprensible. Tirada en el suelo, con los ojos grandes como platos de cereal, el sol la calienta mientras respira el pasto que le cubre la piel. Intenta caminar, pero no puede. Tiene la pata quebrada.

¿Quién, se pregunta uno, tiene el derecho de sufrir lo que la vaca sufre? Esa vaca, que es la ciudad, sólo entiende el lenguaje de las vacas, y cuando grita su dolor, las únicas que oyen son las otras vacas que, temerosas, se esconden en las espaldas de los granjeros que decidirán si se le construye un establo para ella sola con las comodidades que toda vaca con la pata quebrada necesita o se le manda al matadero.

Esta historia ya la conozco.

yo.

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