En muchos momentos de la historia, la política (el arte de lo imposible, escuché una vez, o mejor dicho, el arte de la administración de lo público) y el fútbol se han tocado. Aunque parezca que ambas sobreviven (porque hoy en día no hay otra manera de decirlo) en lejanía, la verdad es que están más cerca de lo que creemos. Los partidos de fútbol se han convertido, como dijo Juan Villoro, en las guerras del presente. La guerra, tengan ustedes sus reservas con la frase, es el diálogo de la política por otros medios (la poética es mía). México no es la excepción. Menos cuando el fútbol en este país es un circo ambulante que las dos grandes televisoras de México han secuestrado (difícil, cruda, cruel, palabra que seguramente me condenará más adelante).

Basta recordar en qué condiciones escribo esto: Salinas Pliego, zar de TV Azteca y dueño de casi 30 ó 40% de lo que la televisión arroja en las pantallas, escribió en su blog que la gente no está interesada en ver el debate político entre los cuatro candidatos a la presidencia de la república (2012). Salinas Pliego, en una situación bastante oscura, como todo lo que ocurre con los poderes mediáticos en México, se ha opuesto a cambiar la hora de un partido de fútbol para mostrar el debate. Su argumento: perderá espectadores. Su otro argumento: a la gente no le importa el debate. Pero, vamos, si no fuera tan importante como dice entonces no creo que fuera necesario dar tan explicación, ¿me explico? Es como dijera el personaje de Einstein en una obra de teatro: si en verdad estuvieran tan seguros que la relatividad es una falsedad, nada más necesitarían un solo argumento para comprobarlo.

Pero en el fútbol, sin rascar tanto, tiene defensores dignos desde done se puede hablar. Desde ese lugar que Jorge Valdano propuso: “el fútbol es lo más importante de los menos importante”. Desde ahí.

Pep Guardiola, ese hombre entallado hasta el hueso en un traje gris y una corbata negra, con la cabeza rapada y la barba crecida, es el ejemplo claro del político que no existe en México. Su diferencia es idéntica a la Guardiola con Mourinho: uno quiere ganar, ganarlo todo, tenerlo todo, llenar las vitrinas con premios y trofeos. El otro buscaba cambiar la historia. Todo se resume en una frase: “si perdemos, seguiremos siendo el mejor equipo del mundo. Si ganamos, seremos eternos”. ¿Ven la diferencia?

Ahora Guardiola, en el mejor momento de su carrera (ojo, de su carrera, no del club) ha decidido dar varios pasos atrás. Seguramente convencido de lo que una vez dijo: “lo hemos pervertido. Lo hemos convertido en una parte de negocio del que vivimos”. Y cuando eso llega, acá no se salen con el olé a la espalda y el estadio lleno gritando tu nombre, sabiendo que algún día regresará mejor que nunca.

“Si nos levantamos pronto, sin reproches, sin excusas, somos un país imparable”. Cuánta falta le haces, le harás, nos haces, a todos.

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