Sobre el miedo se ha escrito mucho. Novelas, ensayos, crónicas. Esto no quiere decir que todo esté dicho. Vivimos una grave crisis de violencia en el mundo. Basta repasar los periódicos. De hecho, basta repasar los periódicos para sentir más miedo. ¿Seremos más temerosos hoy que antes? Difícil pregunta con una mucho más complicada respuesta. Antes, y esto lo debemos recordar bien, hubo gente que murió por ideas religiosas, nacionalista e ideológica. No que hoy no las haya, pero antes, hace mucho años, eran más propensos. Seguramente porque ahora hemos llegado a un momento de solemne indiferencia. Una era del vacío, como le llama Gilles Lipovetsky, donde lo único que nos quita el sueño son las deudas o la creciente ola de inseguridad. Cioran, por su cuenta, nos dice que después del Renacimiento, aprendimos que la naturaleza ni nos era hostil, ni favorable, por lo que dejamos de temerle, lo cual provocó un desastroso desequilibro en nuestra existencia.

Aunque, habría que aclarar, si esto es así, entonces hoy somos más temerosos que antes. Para Zygmunt Bauman, el miedo también ha pasado por un proceso de liquidación. Se ha extendido, como una mancha de tinta azul sobre un mantel blanco, por entre diferentes sectores sociales, pero que, a la vez, se ha desfigurado. Eso a lo que tememos, ya no tiene forma. Está en cualquier lugar, en cualquier persona, en cualquier cosa. La televisión y las campañas de prevención, se han encargado de hacernos proclives a los riesgos. Lo que comemos nos puede matar, lo que bebemos también, visitar ciertos lugares, tener ciertos hábitos, dormir mal, etc. Alguien, aún no sabemos quién en específico, se ha encargado de hacernos más miedosos. De encontrar enemigos en cualquier lugar, de declararle la guerra a las grasas saturadas, porque si no están a favor mío, entonces están en contra.

Seguramente esa es la conclusión más atrayente: hoy hay más miedo que antes.

Seguramente esa naturaleza dominada de la que habla Cioran sólo fue un pequeño apartado en nuestra historia. Uno que no es suficientemente grande como para incidir en el presente.

Sí, seguramente somos mucho más miedosos hoy que antes. ¿Cuántos estarían dispuestos a ir a una guerra por defender su país o su religión? Yo, por mi parte, no. Admito que me aterra simplemente pensarlo. De hecho, me aterra durar demasiado tiempo fuera de casa o no tener un baño limpio, ya ni se diga de las enfermedades tropicales o de morir asesinado por daño colateral en un puesto de comida.

Pero estoy seguro que eso no es a lo que más temo. La vida es algo volátil, demasiado frágil, que tarde o temprano entenderé completamente. La única seguridad que tengo en esta vida es que debo morir. No lo decidí yo, ni lo decidió la figura del Estado o los últimos libros de Haruki Murakami. Me rebasa. Que soy, como dice Fritjof Capra, un hilo en esta trama de la vida. ¿A qué temo, entonces? Temo a la sombras. A que mi nombre sea barrido de la historia. Gérard Wajcman escribió que el presente es el pasado del futuro, y siempre tememos a que se borre nuestra memoria histórica. Temo a no ser todo lo que puedo llegar a ser, a no tocar, jamás, los límites que me permiten mi cabeza y mi cuerpo. Tengo miedo a que alguien, quien sea, me encadene, ya sea a una idea, su idea, a lo que debo ser y no soy, a lo que soy y no quiero. Ese es mi miedo. Mi gran miedo. “La respuesta es muy sencilla: por miedo. La mayoría se oculta detrás de una sonrisa porque teme enfrentarse a la complejidad del mundo, a su vaguedad, a su terrible belleza […] Intentan perderse entre la masa sonriente esperando que la ansiedad no vuelva a visitarlos.”

El miedo lo reconozco como el obstáculo a tomar riesgos. Es más fácil seguir preocupado por la televisión o los maleantes en la calle. Es menos complicado a no estar preocupado, pero en una situación sin opción, siempre es la posibilidad más sencilla. Perder la capacidad para quitarnos el miedo a inventar, es tan ridículo como si los primeros humanos que pudieron volar no se hubieran quitado el miedo a las alturas. Pensar en grande, es pensar sin miedo. Cuando nos llega hasta la rodilla, se acabó, es mejor dejarlo a un lado. A veces queremos, y me incluyo, romper las ataduras del mundo, pero nos volvemos más deterministas que la fuerza de gravedad. Odiamos los procesos, pero no queremos pensar de otra manera. Repudiamos la burocracia, pero nos convertimos en burócratas cada vez que se nos da un poco de poder. Tener miedo a inventar es terrible, y dejar de creer en que tenemos la capacidad de cambiar el mundo, es triste.

Pero seguramente, como dice Cornelius Castoriadis, nuestro miedo nos hace callar para no equivocarnos, preferimos que otros hablen, escriban, publiquen y piensen por nosotros. Seguramente porque no estamos dispuestos a cargar con la responsabilidad de crear algo tan grande que corra el riesgo de la crítica. Y es que con esto me doy cuenta de lo que decía Nietzsche: no se trata de decir yo pienso, sino ello pienso, porque siempre es más fácil, más simple, echarle la culpa al enano que llevamos sobre nuestros hombros de que no podemos correr.


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