Hoy tenía una plática con los alumnos de un amigo, el Dr. Howard Campbell, en una clase sobre cultura mexicana, en UTEP. Y digo tenía, porque llegué bastante tarde gracias a las casi dos horas y media que hice en el cruce de Juárez a El Paso. Lo cual me molestó mucho, pues sabía que esto era por la situación de inseguridad y violencia, y me molestó porque sabía que era una medida de seguridad fronteriza por parte de EU para frenar a los “grandes narcos” de México. Y es que cuando la gente del poder hace algo, nosotros somos los que pagamos: si se cierra la frontera, la cierran para ti y para mí. La gente de poder se ríe, mientras nosotros llegamos tarde a nuestras citas.

Entonces llegué tarde. Buscaba desperadamente estacionamiento en UTEP, porque con eso de que cobran una cantidad impresionante por estacionarte dentro, busqué por las calles aledañas, que son una zona residencial. Entonces veo un lugar y me estaciono, pero noto que la punta sobresale un poco. La verdad no mucho, la cochera era grande, y si alguien hubiera querido salir, fácilmente lo logra. En fin, me fui, corriendo porque llevaba cuarenta minutos de retraso. Cuando entré al salón, quedaba menos de la mitad del grupo, pero Campbell entendió que la lógica del puente es bastante ilógica. Leí unas cosas que luego comentamos, y ya, diez minutos y adiós, aunque Campbell me dijo que fuera el miércoles para que estuviera todo el grupo. También me pidió que lo acompañara a su otra clase donde iba haber una exposición sobre Heavy Metal.

Al terminar, ya con paso tranquilo, veo que el dueño de la casa de la cochera obstruida por mi coche, estaba afuera. Subí mis cosas al carro y se acercó. Un joven alto, bien parecido, con barba y cabello largo, con una bonita casa, una camioneta nueva, color negra. “Estás tapando mi cochera”, dice en un pésimo inglés. Le contesté que lo sentía mucho, que iba tarde y nunca imaginé que no iba poder salir, que había tenido un mal día. El joven, de unos 28 ó 29 años, con su novia, o esposa, o novio, tal vez, a su espalda, sentada, le decía cosas (la verdad no sé qué). Me contestó que no le importaba, que ya había llamado a la policía y que estaban a punto de llegar. Y sí, llegó la policía, y le dije de nuevo que lo sentía, que le pedía una disculpa, y que obviamente me estaba haciendo responsable de todo, y que sólo le pedía que entendiera mi situación. Su respuesta fue, de manera fría y directa, “no me digas eso a mí, dicelo a la policía.”

El agente Álvarez se acercó y escuchó lo que pasaba. Creo que le dio un poco de pena la situación, tal vez porque sabía que la cochera no estaba siendo totalmente obstruida y que el dueño de la casa no parecía tener la más mínima intención de cambiar su postura a pesar de que el involucrado y causante de todo, o sea yo, estaba en una postura tranquila, aceptando su culpa y que además extendía constantemente una disculpa. El policía me dijo “bueno, pues, tengo que poner una multa.”

Me la dio y me fuí, y me fijé que el joven se metía a su casa, con su novia, o novio, o esposa, no sé. Me esperé un poco para saber su prisa, y no, nada, no salieron: no había prisa, sólo era el cumplir con el deber. Y sí, probablemente eso es lo que pensaba, que estaba haciendo la buena obra del día, que era un buen ciudadano, un buen patriota. Alguien que habla a la policía porque no está dispuesto a preguntar o saber nada más, porque necesita alguien que hable y juzgue por él. Felicidades por el buen ciudadano. Ahora tengo que pagar 52 dólares, y todo por ser un mal ciudadano.

Pienso qué hubiera hecho yo si estoy en la misma situación que él, y creo que lo mismo, sólo que sin hablar a la policía. Porque me ha tocado pasar situaciones en la que yo tengo el poder, y, sinceramente, no lo uso, o lo uso por el bien de los dos. No quiero enseñarle a nadie cómo ser un buen ciudadano, sólo no quiero joderlos más, es todo. Me vale si aprenden de la ley, o de las multas, o si para la otra lo pensarán dos veces, sólo quiero evitarle un problma más en un ciudad llena de tantos problemas. Que no pague por algo que se me haría ridículo, y si en verdad lo siente, perfecto, porque de la otra forma, aunque tuviera que lavarme el coche por un año de castigo, no cambia nada.

Y es que soy buena persona, en serio, y por eso aprovecho para decirlo: no seamos culos con las buenas personas, algún día los vamos a necesitar, y, de seguro, como me ha tocado a mí, te vas a setnir muy bien que un desconocido te trate como si fueran amigos de toda la vida, y que te entienda sin necesidad de alguien en medio.

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