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 El caos no inició con Homero. Me refiero al término, al concepto: la idea detrás. El caos no lo comenzó nadie, él ya estaba ahí, siempre. Cuando caminamos en la calle, con nubes en el cielo, automóviles andando de un lado a otro. Ahí está, (im) perceptible. Y mejor aún, cuestionando. El caos es una pregunta abierta a la historia y la percepción de ella misma.

Con el renacimiento y la propagación de las ideas judeocristianas, al humano se le colocó en el centro de todo. Dios mandaba al hombre y el hombre al mundo y todo lo que venía dentro. Animales, climas, tierras. El planeta al servicio del humano. Esto es el antropomorfismo. Con esto no quiero decir que el paradigma humanista haya cambiado, o se encuentre dentro de esta transición holística de la que escribe Fritjof Capra. Algunos muy arriesgados así lo hicieron, en donde encontramos, por ejemplo, la época de Acuario. James Lovelock también es un claro y preciso ejemplo.

Al final, creo yo, todo es una tautología. La tautología de la modernidad frente a la posmodernidad (que creo debe de comprenderse en términos de Habermas -la modernidad como proyecto inacabado- pero pensando como Marc Augé. Es decir, la sobremodernidad, una tautología de la modernidad exagerada).

El caos es esto. Es la posibilidad de pensar de nuevo lo mismo. Una paralaje de lo Real. Es cuestionarse desde dentro. El caos nos reduce a ser un pequeño factor en un mar de posibilidades. Una respuesta entre muchas. Pero también nos lleva a considerar el yo como un todo: la grandeza de ser pequeño.

Tú y el caos, es decir yo, es decir nosotros: todos.

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