La política en México sufre de una terrible enfermedad: el miedo a la crítica. Es más, una fobia. Una obsesión temerosa a la confrontación, al cuestionamiento, al mostrarse tal como es sin tapujos ni explicaciones circulares. Un miedo que incluso trastocó (como lo ha hecho siempre) en las dinámicas del debate entre los candidatos presidenciales el día de ayer. Lo que es sólo un síntoma del pavor político de México. De esas alegorías como sacar las uñas metiendo la cola. Algo así. Incluso por eso mismo la izquierda y la derecha en México son, o fantasmales, o moribundas: el posicionamiento tajante es temible, obsoleto, tan viejo como el polvo mismo, enfermizo.

La política (vaya usted a saber lo que quiere decir esto, yo me dedico a contar historias y no me siento con la autoridad religiosa de definirla) debería, en todo caso, ser el arte de la desnudez. Pero la desnudez de la política es falsa como la pornografía soft. Los candidatos no se exponen con lo que dicen y creen. Se reservan lo que les cueste votos, y se aferran a las fuerzas del sentido común que les traerán simpatizantes.

Por eso los debates en México terminan siendo lo que fueron ayer: desplantes lúdicos con fines de entretenimiento. Y es que aunque suene trillado, la crítica comienza con la exposición de uno. Recordemos la reflexión de Slavoj Žižek sobre la escena en que el personaje interpretado por Edward Norton se deshace en golpes provocados por sí mismo para humillar a su jefe en el El club de la pelea (debería citar el libro para conservar el caché, pero la verdad es que no lo leí). Žižek dice que la exposición autodestructiva aniquila al otro bajo el argumento de “sé que quieres golpearme hasta el cansancio, pero no te preocupes, yo lo haré por ti”. La conclusión de Žižek es que no se puede pasar de un estado pasivo a uno crítico sin que haya un quiebre doloroso desde dentro con lo que nos somete. La acción escondida del jefe por golpearlo es ridiculizada, pues su fantasía interna es expuesta cruelmente. El amo, dice Žižek, se da cuenta que no es necesario y que su poder es ilusorio.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si los candidatos el día de ayer hubieran asumido esa autocrítica antes que el otro, es decir, hubieran sacado ellos mismos sus más oscuros secretos expuestos sin la necesidad vouyerista del otro? Escribe Žižek que el paso a la revolución es acabar con el vínculo de la única amenaza que somete al esclavo. En término populares: cuando Homero Simpson gana la lotería mintiéndole a Marge, y luego es chantajeado por Bart diciendo que si no hace lo que él quiere le revelará la verdad a su madre, Homero decide hacer él mismo el único acto atroz que lo somete a la dictadura de Bart: decide revelarle la verdad sobre el boleto de lotería. Es decir, se desnuda a sí mismo para desenmascarar el poder ilusorio de su hijo.

Pero mientras la política mexicana se toque con algodones, y los personajes que circulan en ella se vean con desprecio y lejanía, mandando quemar en el anonimato los papeles que contienen sus más graves y oscuros secretos, no habrá nadie que gane. A veces, por lo mismo, no sé si reír o llorar cuando salen los anuncios de los ganadores y perdedores de los debates. Y es que los que deben de ganar son los ciudadanos, no los candidatos. Los ciudadanos ganan cuando los candidatos pierden. O mejor dicho, cuando los candidatos son expuestos, desnudados hasta el hueso, y los ciudadanos pueden recorrer con el dedo cada detalle de sus radiografías. Cuando los ciudadanos pierden, todos pierden, y la política se vuelve un juego histriónico sin sentido.

Así como el cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, debemos sacar al niño que levanta la mano y grita “pero si está desnudo el emperador”, y no caer en el engaño de unos truhanes exaltando los hilos de telas que no existen.

 

Anuncios

Como una especie llena de enigmas, no huelga preguntarnos sobre las implicaciones éticas del espectáculo que se montó sobre el rescate de los 33 mineros en Chile (sin duda un síntoma incuestionable de la falta de buenos contenidos informativos y de espectáculos ficticios torcidos hacia la realidad, como los reality show). La mina y los mineros ya estaban ahí, sólo faltaba una coincidencia que les diera argumentos suficientes a las televisoras y periódicos del mundo para crear el andamiaje de un espectáculo real, con personas reales, con consecuencias, dolores y alegrías reales. ¿Un giro televisivo? Seguramente. Sobrevivir a una selva artificial parece ya no satisfacer las necesidades de los productores: se necesita algo real y más vivo. Permanecer encerrado en una casa con todas las comodidades no es reto suficiente (no para los límites de resistencia humana, sino para las televisoras). La Internet es un buen lugar, pero no todos tiene acceso a él, y si tienen, el laberíntico camino por él puede desairar a varios.

La imagen reconstruida ya no satisface a los productores. Lo artificial está tan fuera de moda como los programas de Siempre en domingo. Los noticieros son demasiado solemnes; actores sin guión es como una obra de teatro dadaísta, y eso tampoco vende. Entonces ocurre: 33 hombre encerrados en una mina, con acceso a grabarles: si mueren, serán héroes (pero se habrá de buscar un culpable), si salen, serán famosos. ¡Eureka!

Pero si tenemos que afrontar el dilema ético de este rescate, tendremos que plantarnos en dos posturas: la ficcionalización de la realidad (un conversión al tipo de los filmes de James Bond, como afirma Slavoj Zizek, en donde sólo se ve al malvado villano en una oscura fábrica en la montaña sin que se presenten los obreros explotados que construyen la máquina para destruir el mundo); o la realidad expuesta de manera crítica (la inseguridad de las minas, el peligro que corren los mineros a diario, que tal vez fue insuficiente en el caso de Pasta de Conchos, en México, en donde con la mano en la cintura se dejó a su suerte, y eventualmente a su muerte, a los mineros encerrados). O las dos, o ninguna. El problema (y esto me recuerda a un artículo que leí de Fernando Leal) reside en cómo se pregunta para saber lo que se quiere saber.

Michela Marzano, en La muerte como espectáculo, escribió que cada vez nos afrontamos a una realidad-terror, llena de oscuros abismos que llevan el sufrimiento humano a una pantalla, lo que hace, según la autora, que poco a poco se pierde la compasión ante el dolor ajeno. Y es que no se trata sólo de pensar en la libertad de expresión que seguramente se puede defender, ni de evitar la censura (como una vez lo propuso Carlos Monsivais con los narcocorridos), sino que las cosas se presenten mediadas por una pantalla. Nos hemos acostumbrado a llenarnos de mentira en la televisión (el argumento clásico de por qué es una mala maestra), de inventarnos mundos inexistentes. La ficción del cine nos permitió volver a empezar, detener y cortar, omitir lo que nos molesta y pensar que, al final, siempre será feliz. Hollywood, por muchos años, nos presentó fórmulas que parecían funcionar a la perfección (hoy Los premios Óscar, por ejemplo, dan más peso a los documentales, y grandes producción que se mueven entre la ficción y el documental se popularizan en las taquillas, “I’m still here”, “Catfish”, y las “Paranormal activity”, por citar casos actuales). Pero, ¿qué pasa cuando las cosas se nos presenta ahí, tal como es, sin libretos, sin objetivos?

Leí en un periódico en Chile, un día después del rescate de los mineros, que el país era una fiesta. La razón: la vida, así de simple, sin mediaciones y sin conductores guapetones que enseñan los dientes. Digan lo que digan, si yo hubiera sido uno de esos mineros, al salir, creo que poco me hubiera importado que hubiera una o cien cámaras grabándome, y eso, como dice el anuncio, no tiene, espero no tendrá, precio.

Foto: Ag.

Tal vez era una mañana fría de marzo. Una fría mañana del 6 de marzo de 1916, y Frank Scotten, alcalde de la prisión de El Paso, Texas, mandó la instrucción, junto con el director médico, para que cincuenta prisioneros fueran desinfectados en el patio central. En esa fría mañana, seguramente era temprano, los cincuenta prisioneros, la mayoría de origen mexicano, fueron desnudados y bañados con una mezcla de querosén y vinagre. La práctica ya era bastante común en el tránsito de Juárez a El Paso como medida higiénica. En la prisión también ya se había vuelto como algo inherente al ser mexicano: en un sentido racial se cargaba con una suciedad que requería de todos los elementos para ser limpiada, aunque se sabía que tarde o temprano volvería a ensuciarse. Pero es que esa fría mañana de marzo, cuando los hombres yacían desnudos en el centro del patio central, un accidente causó un incendio inmediato: los hombres bañados con la sustancia higiénica ardieron rápidamente hasta volverse ceniza.[1]

Y como el holocausto judío, este también fue amenazado indirectamente al olvido. “El Paso, como un todo, pareció ponerse de acuerdo en echar tierra al hecho como para hacerlo invisible a la memoria colectiva.”[2] Una amenaza con impactos diversos en ambas regiones de la frontera: un nacionalismo reforzado por parte de México, y una actitud victimaria y de olvido por parte de El Paso (unos días después, Francisco Villa atacaría Columbia. Suceso que luego sería utilizado por Estados Unidos para opacar el incidente en la cárcel: “En menos de dos semanas, el asunto dejó de ser el holocausto en la cárcel paseña y se convirtió en la entrada a territorio mexicano de una fuerza expedicionaria enviada por el gobierno estadounidense y que, si bien era de carácter punitativo contra Villa, no dejó de ser una invasión de una nación a otro.”)[3]

La memoria es exigente a lo que sucede, pero quien la hace hablar puede poner o quitar lo que se le antoje. Y eso, sin duda, es lo que encontramos en esto: el olvido del suceso crudo imborrable, desplazado en una memoria de corto plazo. El filósofo esloveno Slavoj Žižek dice que cuando algo es demasiado crudo, demasiado terrible, lo convertimos en ficción.[4] ¿No sucede lo mismo con el holocausto paseño, que puso en jaque no sólo la vida de los internos gracias a la explotación, sino a todo el sistema carcelario y de vigilancia? El error, o la mala intención, depende cómo se mire, tenía que ser olvidado rápidamente. González Herrera argumenta que El Paso se encontraba en el proceso de una ciudad ideal, con claros ejemplos de vigilancia y detonación económica (a pesar de localizarse en seguida de México), y una mancha de este tipo no podía traer nada bueno. Entonces, como dice Žižek, había que volverlo ficción, o, en su efecto, olvidarlo.

Similar a lo descrito por Wajcman y Primo Levi sobre la policía secreta amenazando a los judíos al olvido, ellos no lo hacían en un sentido autoproteccionista. No pretendían que el olvido imperara para salir bien librados en el futuro, pues los hornos eran máquinas, como escribe Wajcman, de odio y exterminio. “Un borramiento integral, de los cuerpos y de la memoria de los cuerpos. Fábricas para borrar los cuerpos y para tachar las almas. Máquinas de rayar lo eterno de los sujetos.”[5] Mientras en el holocausto paseño, el odio era disimulado en operaciones gubernamentales justificadas: los mexicanos son sucios porque son pobres, y por lo tanto había que limpiarlos. El discurso era diferente, pero partían de una misma base. Unos querían que se olvidara para siempre al enemigo, los otros que se recordara lo menos, o lo que más convenía.

¿Pero no son los dos finalmente una representación de lo que Wajcman llamó el “crimen perfecto”? Eso que se hace creer que nunca sucedió. No lo que se ha olvidado, sino lo que ha sucedido y nunca tuvo lugar: el crimen que nunca ocurrió, que no queda ni un rastro mínimo de memoria ante él. Tan impune que no han quedado rastros. El crimen perfecto de alguna manera no es un crimen, porque nunca tuvo lugar. ¿No sería el efecto contrario con la fotografía como escribe Barthes: una fotografía que ha tomado algo que no existe, que nunca pasó, y que el único rastro es una fotografía en blanco?

Fotografía, Diana.


[1] Carlos González Herrera, La frontera que vino del norte, Taurus, México, 2008: 234-244.

[2] Ibíd.: 243.

[3] Ibíd.: 244.

[4] Una referencia directa y clara sobre este punto, es posible encontrarlo en el video The pervert’s guide to cinema, de 2006, dirigido por Sophie Fiennes.

[5] Gérard Wajcman, El objeto del siglo, Amorrortu editores, Buenos Aires, Argentina, 2001: 220.

De un tiempo para acá, es decir, un gran tiempo para acá, la economía parece ser lo único serio en las ciencias sociales. Max Weber, autor de Economía y sociedad, cuando pensaba en la sociología, lo único que veía era economía, escribe Wolf Lepenies en Las tres culturas. Y aunque parezca que lo digo con un halo de tristeza, no es nada con lo que se avecina: es sólo una punta de lanza que se ha vuelto inherente en la gran parte de la humanidad. Si hay crisis económica, hay crisis humana. Así de indispensable se ha vuelto.

Estaba leyendo un artículo en la revista Times que de acuerdo al incremento de la propagación de crisis económica, hubo un aumento en la compra de armas en Estados Unidos. Tal vez éste breve fragmento del artículo, citando a una jovencita de 27 años que acababa de comprar un arma, aclare las cosas: “The economy played a large part in my decision,” says Baker, 27. “When people don’t have jobs, they might go breaking into people’s homes. I want to be safe in my home.”

Recuerdo las palabras de Raúl Flores Simental, que cuando la gente tiene hambre, es capaz de hacer cosas violentas. Tal vez tenía razón, aunque todavía no estoy muy consciente de qué tanta hambre puede tener esta gente en un país tan rico (encima de la mayoría del resto del mundo).

Estando en Barcelona, recuerdo que me topé con notas periodísticas impresionantes: padres de familia, normalmente de clases altas, que se suicidaban por haber perdido su trabajo, que mataban a  su esposa e hijos por lo mismo, o que entraban en depresiones por no poder mantener un estilo de vida.

De acuerdo al artículo, una de las razones para que se detonara la compra de armas se debió a la entrada del presidente Obama, quien probablemente, se pensó, regularía de manera más estricta la compra y venta de armas (de manera más estricta a la de Bush). La otra queda más que claro con el ejemplo propuesto por la revista, donde una madre justifica la compra de armas de su hijo debido a que la policía, con la explosión de la crisis económica, no podría defender a la sociedad.

Ignacio Ramonet escribió que había tres razones para explicar esta crisis: créditos vencidos, demanda alimenticia y crisis energética. La primera, porque los grandes bancos, principalmente de Estados Unidos, otorgaron créditos que no podían ser pagados por los deudores. Mientras la crisis alimenticia tiene que ver con más gente pidiendo más comida: que ya no le era suficiente media comida al día, sino una completa, incluso dos (sumando al incremento de la población, y tomando en cuenta que el año pasado, de acuerdo a informes de la ONU, había más de 900 millones  de personas sufriendo hambruna). Y, por último, el incremento de los combustibles, principalmente el petróleo, condenando a la industria de producción y distribución. Tal vez lo que Ramonet trata de decirnos es que esta es la crisis más democrática (pero, vamos, no hay nada democrático realmente, porque sólo se reacomodan las escalas sociales y económicas con los de abajo y arriba). Pero y si sí, y si realmente es el momento de una equidad a la mala, con sus consecuencias terribles.

No, mejor no.

Volvamos al artículo de Times. Esto me recuerda a lo que un conductor de radio de apellido Turner, famoso por sus ideas conspirativas, daba como recomendaciones para este año, cuando la crisis económica pegara de manera tajante, comprar un arma. Su idea era defenderse de los pobres que seguramente irían a robar pan y agua de las casas ricas. Lo que Turner no sabía cuando dijo esto, es que la gente pobre, normalmente, ya hacía esto ¿Por qué?, bueno, porque ellos ya viven diariamente en crisis. Lo que Turner tampoco sabía, es que el que probablemente entraría a robar sería el ex ejecutivo de una gran compañía inmobiliaria, y que no iría a robar pan y agua, sino una televisión de pantalla plana o un traje negro bastante caro

A mí lo único que me suena de todo esto es que la crisis económica, como se legitimó hace muchos años, cuando el lado social quedó desplazado por el económico (arreglar la estructura para que ella arregle a las personas), es el ruido detrás del silencio: la voz que se dedica a escuchar. Es verdad, qué terrible es la crisis, pero nada como pensar que perder lo que se tiene es perderlo todo.

Slavoj Žižek dice que el racismo tiene como base la envidia del goce del otro: saber que gozas cuando yo no, me hace ir a quitarte o estigmatizar tu gozo. En otro sentido: cuando todo vaya mal, seguramente tú sentirás envidia de lo que aún conservo, por eso necesito un arma. O tomar la enseñanza que las teorías de la conspiración nos han dejado: no importa que sea verdad o mentira, con el simple hecho de crear una versión alternativa es que nos encontramos en un estado paranoico.

Por eso, como decía Henry Miller: no tengo nada, y soy el hombre más feliz de mundo. Y es que estos que compran armas, con el velo de la crisis económica por encima, son como lo dicho por Facundo Cabrál: el conquistador, por cuidar su conquista, se vuelve esclavo de lo que conquistó, es decir, por joder se jodió. ¿Y no es lo mismo con esta actitud de los países ricos que han logrado su riqueza gracias a la pobreza de los demás países (eso que Marx llamó la desacomulación originaria) y que ahora creen que porque ellos están viendo la pobreza más cerca es porque sus logros a costa de ellos están en juego?

Tal vez sí, y ojalá que así fuera.

Foto, Alejandra.

Cuando paseo por las hojas del periódico, casi siempre teñidas de un gris que se traspasan a los dedos, me encuentro con la peor cara posible: la guerra. ¿Qué pasa en este momento en la franja de Gaza? Israel ha tomado la decisión más peligrosa (se dice que al iniciar una guerra, no se puede dar marcha atrás: hay que acabarla siempre). Pero no sólo la más peligrosa, la menos consciente. ¿Será verdad? El todavía presidente de Estados Unidos, Goeorge W. Bush, dijo que de cierta manera apoyaba la actitud de Israel, pues sólo se defiende de los ataques de Hamas. La actitud emparentada a la de un presidente que pensó, erróneamente, que la guerra es la política bajo otros medios. Lo que Tzvetan Todorov contestó en su libro El nuevo desorden mundial: “la guerra es definitivamente el fracaso de la política”. ¿Es la guerra iniciada estos días por Israel y Hamas el fin de la política? Recordemos que el italiano Giovanni Sartori hace un par de años afirmó la muerte de la ciencia política, y otros tantos, los de la“tercer ola” el fin de la ideología. O lo que Fredric Jameson llamó “el momento utópico” de la no-ideología. El sentido parecía que había que acabar con lo único que podía organizar al humano en su foro público.

Con el triunfo simbólico del capitalismo global con la caída del régimen socialistas representado por la Unión Soviética, muchos pensaron que entraríamos en un momento definitorio. Incluso algunos, como Francis Fukuyama, anunciron el fin de la historia. El mundo no se podía mover más, y si lo hacía, siempre sería a favor de un sistema económico triunfador y democrático. Para algunos otros, este velo se cayó con el once de septiembre de 2001, al atacar las torres gemelas del World Trade Center.  El momento cúspide para acabar con el capitalismo. Para algunos, como Slavoj Zizek,  fue una ilusión televisiva, el punto de palanca en donde se apoyaba el sistema que buscaba ser legitimado.

Pero, vamos, el punto es: hace mucho se pensó que ya todo se detendría. Y, ¿si así fuera realmente? ¿Si la guerra entre Israel y Hamas, un Estado inventado a mediados de los cuarentas, con el fin de la  Segunda Guerra Mundial, con otro que no tiene un representación territorial real, fuera el nuevo modo de guerra? Los fantasmas de una batalla. Con rivales que se desconocen, que alarmantemente, desde la televisión o el periódico, vemos que se bombardea sin tener en claro qué, quién o dónde.

¿No podría ser la guerra en la franja de Gaza el prototipo de la Tercer Guerra Mundial como un gran guerra civil? No entre países, sino entre formas de vida. ¿Y si los de “la tercer ola” no se equivocaron, y realmente el mundo se detuvo en algún lugar de la historia, y hoy sólo continuamos con movimientos de imágenes que remiten a una guerra sin sentido?

Porque finalmente todas las guerras no tienen sentido. Y si lo llegaran a tener, entonces escuchemos la voz de Nutmeg, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, cuando dice: <<Todos piensan que la guerra tiene la culpa de todo. Pero no es así. La guerra no es más que una de las muchas cosas que pueden ocurrirle a uno>> . O, por eso no podríamos, como dice Manuel Cruz, citar jamás a Primo Levi; o, como dice R. Hilbert, nunca más volver a poner un pie de página después de Auschwitz.

O nunca más decir guerra después de Gaza, porque esto es algo que pasa, algo entre muchas cosas que pueden pasar. Claro, y tenía que pasar eso.

Ale.

Fragmento del capitulo Entorno al mundo, de La mirada indiscreta: sobre la vigilancia anticipada.

By having this war on terror, you can never win it… So you can always keep taking people’s liberties away… the media can convince everybody that it’s real, N. Rockefeller a Aaron Russo

La pregunta inocente que se debe hacer en un principio es, ¿por qué una guerra contra el terror? El miedo a un enemigo invisible, imperceptible, pasa rápida y tajantemente en los medios y discursos políticos de las naciones más poderosas del mundo. Se perciben fantasmas habitado una pantalla; no ellos, pero sí las consecuencias de sus acciones. En la prensa rara vez se ve el rostro de un terrorista, a excepción de los rostros con los que nos familiarizamos, pero sí el de las víctimas. Es una depuración del enemigo imperceptible, mientras los desastres son vistos de manera cada vez más cercana, con más minuciosos. Esa pregunta inocente, entonces, aclara una visión oscurecida por la falta del enemigo real. Se le conoce y no; se sabe dónde habita, pero a la vez no existe el lugar en dónde encontrarlo: la referencia de una guerra contra el terror hace honor a su nombre, pues todo gira alrededor del terror mismo. La frase <<nadie está seguro hoy en día>> surte el mismo efecto que lo dicho desde la televisión con la proyección de una imagen catastrófica.

La guerra contra el terror tiene la peculiaridad de que es una guerra entorno al miedo: las figuras representadas como un enemigo anónimo e invisible son siluetas que se persiguen a lo lejos, en donde es imposible llegar, pero que amenaza lo interno de la seguridad del primer mundo. Benjamin Barber escribe: “El miedo no responde tanto a lo que acaba por suceder, sino a lo que se promete, y convierte el esfuerzo por defenderse del terrorismo en su principal instrumento, que se refleja en medidas como la de codificar los niveles de peligro […]”[1]. No quiere decir que <<la guerra contra el terror>> inventó o reivindicó el miedo: el miedo al extraño, al extranjero, al enemigo permanente, lo podemos ubicar desde muchos años atrás. La guerra contra el terror le dio otra cara al miedo: no sólo se trata del hombre anónimo, quien funge un rostro obligado para conocer tentativamente a quien nos ataca, sino que vulnera la existencia humana ante sí mismo; el otro, que era un extraño perceptible, ahora es inaprensible, escurridizo. Por eso la guerra contra el terror pretende ser una acción más allá del enemigo, la sensación que se produce por su cercanía. El cuerpo, la mente, la familia, las propiedades: todo está amenazado. El terror al que se le ha declarado la guerra no acabó con la normalidad de la vida del primer mundo, sino que hizo una pequeña fisura en la aparente firmeza. El Estado sigue creyendo en ese viejo <<nosotros>> del siglo XI, que la nación y sus entornos siempre deben ser el objetivo de lucha: la seguridad del ciudadano promedio es la seguridad del ciudadano promedio, una búsqueda del sujeto vigilante que debe sentir confianza en su Estado.

Recordemos las situaciones que surgieron del 11 de septiembre en Estados Unidos en apoyo a las tropas que iban en busca de los criminales que amenazaban la libertad y la democracia: el caso típico, utilizado por Žižek, es la niña, hija de un soldado, que admite tener miedo que su padre muera en la guerra, pero que a la vez está dispuesta a aceptarla por su país. Por eso esta <<guerra contra el terror>> es la guerra de los ciudadanos temerosos: ellos son los soldados y burócratas, no son la ausencia de un Estado que opera de la nada (¿no es la lógica inversa del terrorista anónimo que es sin ser, a un Estados que existe sin existir?). Por un lado,  <<la guerra contra el terror>> es el efecto de un Estado que extiende su vigilancia hacia fuera (una nueva ruptura del adentro), que persigue la inseguridad en los lugares donde se genera; pero por otro, está el sujeto temeroso que construye la comunidad en donde cede su libertad por la seguridad que le otorga el hermetismo de su nosotros, pero que constantemente se desdibuja el espacio del afuera y el adentro, como lo escribe Zygmunt Bauman[2]. Este sujeto temeroso, no el Estado invisible, es quien va a la guerra (la que viene como consecuencia de la guerra contra el terror), ve la televisión, compra alarmas para el coche y los seguros de vida, sale temeroso por las noches y no duerme por esperar a sus hijos a que regresen a casa. Quien se enfrente a los no-lugares, de acuerdo con Marc Augé, en donde transitan las normas de seguridad más estrictas (a falta de un contacto social menos estrecho, la sensación de peligro es mayor y, por lo tanto, las actitudes son más frías y controladas): recordemos que estos no-lugares, propuestos por Marc Augé, son ” […] tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta…”[3]. Espacios donde la <<guerra contra el terror>>, la que se pelea desde la interioridad del país, tiene sus mayores repercusiones en el sujeto vigilante temeroso: el aeropuerto tiene ajustes de seguridad más estrictos, los centros comerciales (o los lugares en donde hay gran circulación de personas) se convierte en fortalezas de observación, mientras los espacios de convocatoria momentánea, como festivales de música o competiciones deportivas, están resguardados por complejos operativos de seguridad. Recordemos las Olimpiadas organizadas en China, donde los competidores tenían que seguir normas precisas de seguridad, además de las medidas tomadas por el gobierno chino como parte del plan de seguridad a los juegos[4].

Incluso podríamos contraponer estos no-lugares de Augé con la comunidad ética de la que escribe Bauman, con relaciones a largo plazo y compromisos obligatorios y fraternales. Aunque el mismo Bauman, a diferencia de Augé, sí denomina a las relaciones de tránsito de los no-lugares como parte de una nueva comunidad, el concepto de no-lugar, que realmente se refiere a un espacio en concreto, se ajusta de mejor manera: el no-lugar es amenazado, de cierta manera, por un no-humano, o, en otras palabras, por un no-nosotros. El individuo temeroso, entonces, pasa por normas de seguridad en lugares donde no es él propiamente, sino sólo un transeúnte, un objeto de paso. Mientras la Unión Europea continúa aumentando las medidas de seguridad en los aeropuertos, el sujeto, que ve en los dos focos de la cercanía y la lejanía su entorno, debe aceptar silenciosamente: no porque cualquier acción contraria sería inútil, sino por la simple razón que todo es hecho por su bien y seguridad. ¿No son las imágenes televisadas de las detenciones de terroristas el ejemplo más claro que <<la guerra contra el terror>> debe continuar? No porque se vaya ganando, sino que es un efecto que permite mantener su continuidad.

Probablemente lo único coherente que podemos encontrar en <<la guerra contra el terror>> son las teorías de la conspiración. Imaginemos un típico video de conspiración en la Web: inicia con una pregunta irónica que cuestiona directamente algo que es tomado como real, para luego responder directamente lo contrario ¿Cuál es la diferencia entre la paranoia institucionalizada de un medio de comunicación y los videos provenientes de las teorías de conspiración? La televisión institucionalizada, como dice Benjamin Barber, la que habla como extensión del Estado, funciona siendo un foco de paranoia colectiva: el riesgo que conlleva la decisión del sujeto expectante recae repentinamente en él, debe decidir su futuro que no es, finalmente, su decisión. La teoría de la conspiración sigue la misma fórmula. Es una visión desviada de la realidad, que dice lo que nadie se atreve a decir: la verdad detrás de los hechos reales. Ambos toman elementos del mundo real, que luego deshacen o reconstruyen: unos desde la legitimación de ser un poder real fáctico legal, mientras el otro se rodea en la sospecha. Esta última cuestiona la visión legitima: esto es lo que nos han dicho que pasa, pero realmente es esto otro. La conspiración repetidamente cuestiona la visión institucionalizada de la realidad: intereses políticos, económicos o de poder mueven al mundo, donde el espectador tiene que elegir una de las verdades contrapuestas.

Aaron Russo, cineasta de origen italiano que hizo una importante carrera en Estados Unidos, se ha convertido en un referente en las teorías de conspiración actuales: amigo de un Rockefeller que le confió abiertamente que habían sido los bancos nacionales de Estados Unidos los que inventaron el movimiento feminista y las mentes perversas detrás del 11 de septiembre para crear una guerra contra el terror que luego crearía una paranoia colectiva para introducir pequeños chips dentro de cada individuo. Russo no es así mismo un elemento de conspiración: cree en lo que ha escuchado, y donde ve la conspiración es el acto mismo que se toma como real. ¿No es la teoría de la conspiración la postura más subversiva frente a la <<guerra contra el terror>> y sus explicaciones, en donde el enemigo invisible y anónimo desaparece aún más frente a un teatro que se ha montado para engañar al mundo? La teoría de la conspiración busca la verdad acabando con la mentira de lo que es tomado con naturalidad como lo real. Slavoj Žižek nos dice que las teorías de la conspiración no deben tomarse como <<hechos>>, pero tampoco ignorarse, pues describen una realidad paranoica desde una realidad cada vez más paranoica. La guerra contra el terror no tiene, en su esencia institucional, el tinte de una conspiración (que talvez no lo sea), pero en su contraparte obscena podemos encontrar la narración de una paranoia real (donde tampoco se asegura que la teoría de la conspiración sea real o falsa, pero que sí sirve como un medidor de la paranoia real). En este sentido, no se trata de perseguir la verdad detrás de las cosas mismas, sino de comprender que ambas acciones tienen un fin de desconfianza. Talvez ahí radica la coherencia de las teorías de la conspiración en la guerra contra el terror: son tan incoherentes con lo “real”, que demuestran que algo se ha salido del orden de lo normal. La verdad se anula, por lo tanto, y sólo queda la sensación de duda: no en un sentido estricto, pero sí perceptivo. Esa persecución subversiva de la verdad por parte de las teorías de la conspiración asoman una verdad incierta: cuestionan lo que no somos capaces de comprobar, y lo llevan a un estado de máximo incierto.


[1] Benjamin Barber, El imperio del miedo. Guerra, terrorismo y democracia, Paidós, Barcelona, España, 2004: 29.

[2] Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Siglo XXI editores, España, 2003.

[3] Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad, Gedisa editorial, Barcelona, España, 2000: 41.

[4] Periódicos a nivel internacional destacaron, a lo largo de la estancia de los juegos en el país asiáticos, las estrategias de seguridad por parte de la organización y el gobierno chino principalmente después de un atentado a una comisaría de policía donde murieron 16 personas: The New York Times, “16 killed in attack on Western China Police Station”, 4 de agosto de 2008, http://www.nytimes.com/2008/08/04/sports/olympics/05china.html?_r=2&ref=world&oref=slogin&oref=slogin: pagina visitada el 4 de agosto de 2008.

 

No se puede imaginar una historia sin Dios. Sería imposible; o no sería, es más. Se puede contar una anécdota: la recurrencia a personajes y momentos pasados, secuenciando los acontecimientos. Pero luego vendría la deserción: los lugares vacíos. Presentamos nuestra vida en ausencias de cosas que no deberíamos contar: omitimos nuestro derecho a escribir nuestra vida (es decir, el derecho a darnos un espacio para narrar, como escribió Homi Bhabha), pues la construimos a partir de las cosas que olvidaremos decir. Hablamos de nosotros en pasado: fui, dejé de ser, esto; pero, luego, nuestro silencio hablaría por nosotros: no fui, ni pude ser, aquello. Por eso no se puede prescindir de Dios, porque es el recuerdo de lo que callamos cuando hablamos; de lo no-dicho. Como sacar una fotocopia: en el centro está el objeto duplicado, pero en los bordes, rodeado de una oscuridad acallante, el mundo. ¿No es éste borde oscuro de la fotocopia la mejor explicación de la historia no contada? Tal vez Susan Sontag tenía razón cuando nos decía que la fotografía no se termina en la delimitación de la imagen captada.

Por eso no deberíamos imaginar una historia sin Dios, sin sus silencios. Y cuando lo hagamos, y la voz interna se calle, y la música comience a sonar, entonces Dios, el que no habla, dirá las cosas que nunca dijimos.

¿No es lo mismo que sucede hoy con el mundo? El historiador Michael Burleigh admite no tener mucha fe en el diálogo: de qué voy hablar con alguien que sólo sabe comunicarse con su poder y su fuerza. El olvido del silencio (de lo que no decimos), es el olvido de que las voces se pueden extender infinitamente. ¿Quién escucha al mundo cuando habla? Dios, porque es el único que calla. Nos queremos quitar el derecho al silencio, por eso hablar se confunde con empalmar ruido.

Recordemos cuando Jesús dice: ¿Padre, por qué me has abandonado?, ¿no es la expresión última del hombre que pone su fe en entredicho por su misma fe? Cree, pero no está tan convencido en la fuerza ilimitada de Dios. Sabe que está presente, pero incapaz; tal vez sólo observando cómo las cosas se han salido de control. Se le escapó de las manos y se ha convertido en un testigo silencioso de su descuido.

Aunque queda la lectura que hace Slavoj Žižek, quien dice que el que muere en la cruz no es Jesús el hombre, sino Dios, quien ahí se vuelve igual a su creación: se hace consciente de sus límites, de su abandono. Y cuenta el caso del padre que duerme en la habitación continua en donde vela a su hijo muerto, tratado por Freud. El hombre sueña que su hijo se acerca a él envuelto en llamas y le dice: ¿Padre, qué no ves que me estoy quemando? Entonces el hombre despierta y ve que una vela se ha caído en el brazo del niño. Dios, visto por Žižek, quien se rodea de misterio, es también un misterio para el mismo Dios. El hijo que lo despierta, que no es sólo el padre, lo hace volver en sí: le revela el misterio de lo que no ha dicho. Lo hace reconocer su imperfección humana en su divinidad religiosa a través del silencio del sueño. Entonces la figura del padre se desvanece: no hay un Dios, ni un hijo. El silencio de Dios se vuelve nuestro silencio. Pero, ¿por qué seguir pensando que cuando Cristo dijo el por qué me has abandonado, debemos creer que somos nosotros, y no el mismo Dios en nuestros silencios?

Estaba leyendo el blog de Hal Turner, un yanqui paranoico fatalista, por recomendación de Beto, y me di cuenta que para ellos (¿quiénes?, no sé, pero para ellos), no puede existir la ausencia, ni el silencio. No están conscientes de la letárgica de Javier Roiz, y se convierten en vigilantes histéricos. Hal Turner dice que para el verano de 2009, Estados Unidos caerá en bancarrota, y el país será un caos. Incluso recomienda comprar un arma por seguridad, pues la gente comenzará a matarse por comida. Tal vez en algo tenga razón Turner: la gente mata de hambre. Pero no es lo mismo que Žižek recrimina en Bienvenidos al desierto de lo real después del once de septiembre cuando dice:

“O los Estados Unidos persistirán en, incluso fortalecerán, la actitud de “¿Por qué debería sucedernos esto a nosotros? ¡Cosas como estas no pasan AQUÍ! “, Actitud que, por supuesto, aumentará la paranoia y, por lo tanto, el grado de agresión hacia el temible Afuera. O América finalmente se arriesgará a caminar a través de la pantalla fantasmatica que lo separa del Mundo Externo, aceptando su llegada al mundo Real, haciendo un largo y atrasado movimiento de superar el “esto no debería suceder AQUÍ!” para acceder al “esto no debería suceder en NINGUNA PARTE!”.

Y es que para ese Dios (no soy religioso, para nada, lo pongo como nota) la democracia es el silencio, como para Žižek se tiene que callar de vez en cuando.