Los reconocimientos artísticos son impulsados por guiños. Arte y cultura, se debería de decir en términos burocráticos. La aseveración viene de la mano por ese desden, por no decirle peor, a los reconocimientos de las personas involucradas en el arte (y la cultura). Que si nos vamos por ahí, también se engloba la paz. O eso por lo menos es lo que parece decirnos el comité dictaminador del premio Nobel, uno de los reconocimientos occidentales más importantes a nivel mundial. En términos más vulgares, los Oscares del conocimiento.

Pero a diferente de la política de Estado, es decir, la política de las clases políticas, de los administradores públicos del poder (por, disculpen la redundancia, no decir algo más grosero), el arte y la cultura son sólo simbolismos masturbatorios que poco o nada inciden en esa política de Estado. Las lecturas y reflexiones profundas de los artistas terminan en el fondo del bote de basura de las y los grandes líderes mundiales. La razón es que el arte en la política ha hecho, y no tanto por los artistas, aunque no son ajenos, de sus expresiones y decisiones un gesto, un palmada en la espalda. ¿Recuerdan el premio Nobel de la Paz del año pasado? No espere escribirle un mensaje de felicitaciones porque está en la cárcel. Tan así como el fútbol y el ejemplo más claro de ese gesto inútil: Turquía disputa la Copa Europea, pero está a años luz de unirse como miembro permanente a la Unión Europea.

Así de simple.

Ahora ese gesto inútil lo da el premio Nobel de la Paz al momento de decidir que Europa (aún sigo buscando a cuál de todas las europeas que existen) es quien se merece ese reconocimiento. No es desconocido el drama económico que vive el continente, seguramente el  más golpeado desde la crisis inmobiliaria de Estados Unidos en 2007. Hoy en día discute su futuro comercial y político, rescata países que lentamente se hunden en el maremoto globalizador; cuando sus jefes y jefas de Estado se deshacen para dar esperanza e imponer la ley del más inteligente; cuando España está amenazado de ser la economía con menor crecimiento el próximo año; cuando Grecia ha lanzado una moneda al aire con dos opciones que no parecen ser la solución a sus profundos problemas económicos; cuando las prácticas en contra de los migrantes ilegales de Europa oriental continúan, incluso, por momento, se recrudecen; cuando es la región con mayor desigualdad entre ricos y pobres per capita.

Pero para subsanar esos males, y darle un mensaje claro al mundo de que las artes, la cultura y ahora la paz siempre harán alguno que otro guiño en nuestro favor, se le da el premio Nobel de la Paz a Europa. Tal vez algún día no muy lejano, nosotros también nos merezcamos un Príncipe de Asturias, una beca Ford o una placa conmemorativa por nuestra valentía ciudadana.

Quién sabe.

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