De niño, cuando era mi cumpleaños, antes de despertar, mi mamá ponía una vieja cinta en donde un mariachi cantaba las mañanitas. En medio de la canción había una pausa repentina, pues alguien, por error, grabó un pedazo de otra. Era bastante cómico, porque, como era todos los años, siempre sabíamos en dónde iba a salir ese pedazo, entonces aprendimos a cantar las mañanitas de esa manera tan peculiar.

Todos los años. Qué nostálgico suena cuando lo ves escrito. Porque ya no es así. Ahora los cumpleaños son como cualquier día, con sutiles diferencias ¿Qué perdemos conforme pasan los años? Aparte de todas las cosas que se repetían incesantemente: las mañanitas con la pausa repentina, las fiestas en la casa, la guerra del pastel, las piñatas de Pocahontas. Poco a poco, el pasado se va volviendo algo cada vez más remoto. Aunque habría que tener cuidado con eso, pues el pasado es una cosa tan incomprensible como fugaz.

Pero lo que estoy seguro es que algo se queda.

Lo que me ha pasado a mí, es que he llenado mi cabeza de preguntas. Creo que incluso estudié filosofía y sociología porque tenía una obsesión tan arrebatadora de preguntar y quería que algo por fin me aclarara el por qué de las cosas. Voy al súper y pregunto: ¿por qué existen, por qué las líneas, por qué el dinero, por qué su nombre, por qué sus colores, por qué la gente, por qué las manzanas? Hasta las manzanas. Tantas preguntas terminan trastocando algo de mi vida. Y, claro, también llegué a preguntarme sobre lo que era cumplir años. Hoy estoy casi seguro que es un festejo de sobrevivencia más que de gratitud. No me gusta envejecer, pero no tengo opción. Algo debo de aprender.

Admito que hubo un tiempo en el que lo cumpleaños se me hacían la cosas más pedante y egoísta. ¿A mí qué me importaba festejar que yo vivía, si lo que realmente creía importante era la vida, en general? Sigo pensando que todos deberíamos de sacrificar nuestros cumpleaños personales por un cumpleaños masivos en donde se celebrara la vida. Incluso llegué a pensar que sería un día de agosto, aunque no recuerdo exactamente cuál, y que debíamos de regalarnos plantas, muchas plantas, y así nadie olvidaría nuestro cumpleaños, porque sería el mismo día, y sembraríamos las plantas y luego seríamos tan…

Pero claro que era una estupidez. O sólo que alguien que lea esto le parezca buena idea y quiera empezar una campaña a favor del día de la vida. Si es así, yo me apunto.

A esta altura ya he cedido mucho de lo que era—creo que sigo perdiendo cosas conforme pasan los años. Pero eso es inevitable. Pascal una vez escribió que el infortunio humano proviene de su incapacidad de quedarse sentado y tranquilo en su habitación. Porque al final de qué otra cosa se puede celebrar en este mundo, si no la vida.

Mañana, cuando despierte, y me dé cuenta que simbólicamente soy más viejo, y que la etiqueta que cargo con un número a mi espalda ha aumentado, dejaré que las cosas que me invaden, lo hagan con naturalidad. Pensaré, y seguramente esto nos haría un bien a todos, que no soy mejor que antes, o peor, y que no soy más guapo, ni más inteligente, ni mejor persona, ni que poco a poco me voy convirtiendo en un viejo decrépito incapaz de socializar, o que cada vez tengo más pelo en la cara y la espalda, y que pronto también tendré en las orejas, para llegar a la conclusión que esto se trata de nacer y morir, porque mientras no tengamos claro qué nos trajo a este mundo, entonces, como dijo Facundo Cabral, esta camisa y este pantalón ya son ganancia, lo demás es ocurrencia nuestra. De lo que se trata, es que muchas cosas se quedan y otras se suben a lo largo del camino.

No sé si los perros y los pájaros lleven un registro tan exacto de sus días como lo hacemos nosotros, pero lo que sí saben es que van perdiendo cosas: la vista, la velocidad, la energía. Los lobos, por ejemplo, a cierta edad se abandonan en la estepa, solitarios, para dejarse morir. Yo crecí sabiendo que vivir era mejor, hasta cierto punto, y que crecer siempre nos prometía un buen lugar para llegar y descansar. Ahora quiero pensar que los días son infinitos, y que una mañana, ya canoso, arrugado y lleno de desgracias y alegrías, simplemente ya no habré de despertar y será un mañana como cualquier otra.

A.G.Foto.

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