Fue el sociólogo Gilles Lipovetsky quien, hace varios años, con el dedo húmedo intentado saber la dirección del viento de esa cosa que Jean-François Lyotard había llamado posmodernidad, pronosticó una época en donde las sociedades occidentales (o capitalistas, o posindustriales, o vayan ustedes a saber el nombre correspondiente de esto que tanto han buscado nombrar) se estacionarían en una abrumadora soledad. Tanta era su fe en ese argumento, que lo ha sostenido hasta la fecha. Los humanos han dejado de tener hijos para adoptar mascotas, se han confinado en pequeño cuartos y trabajos solitarios, se han anclado a una silla frente al monitor que los conecta con la vastedad del mundo que ignoran completamente en su exterior, le han dejado su memoria, su pasado, su vía de socialización, a un aparato que se les muestra frío y silencioso.

Ese mundo podría no existir. Tal vez Lipovetsky sólo inventó una novela que ahora leemos bajo el género de sociología, que buscamos en la librería como si buscáramos a Marcel Proust o Raymond Carver. Pero la soledad, esa cosa que Alejandro Jodorowsky definió como el no saber estar con uno mismo, no lo inventó ningún sociólogo, psicólogo o momento histórico o civilizatorio. Esa sensación es más grande y abrumadora que todos los siglos que nos tomen para explicarla. Es más imponente, más antigua, más inexplicable, que todos los textos, películas, argumentaciones que se puedan hacer sobre ella.

¿A dónde quiero llegar?

Al meollo de la película Catfish, un documental nada convencional que surge de manera incidental cuando unos amigos comienzan a grabar la relación de Nev con una pequeña niña pintora, que luego se extiende a Facebook (el escenario perfecto para tejer una telaraña tan grande como la imaginación de cualquiera de nosotros). Nev se involucra sentimentalmente con su familia, un grupo de personas con grandes talentos artísticos y un interés particularmente especial en la vida de Nev y sus dos amigos cineastas.

Pero, ¿a dónde quiero llegar?

Al mundo paralizado detrás de las computadoras, de las Redes sociales, de los paraísos perfectos que manejan la campañas de Facebook y Twitter, de la publicidad informática. El mundo escondido que se presenta como un fantasma que se aparece en las noches para anunciarnos que el rey ha sido asesinado (sí, como en Hamlet, en donde el espectro, el representante del otro mundo, devela la verdad que en el mundo de la vigilia no se ha podido descubrir).

Nev deshila la vida de una familia que no existe, de una niña irreal que no pinta, y que poco le importa el arte, de una mujer solitaria que ha creado todo para salirse de su cotidianidad monótona en una pequeña casa de un pueblo tan solitario como el letrero de un hotel abandonado. Eso es lo que Nev encuentra cuando rasca más profundo, yendo más allá de un simple perfil en el mundo virtual.

¿A dónde lleva este argumento?

Algo muy simple. Catfish es el documental de nuestro tiempo. Tal vez su vigencia dure sólo un par de años, cuando Facebook se convierta en una pieza del museo digital. Pero hoy, más que nunca, nos dice algo esencial de lo que somos (y que tal vez dejamos de hacer algún tiempo atrás). Que somos personas solitarias. Pero no sólo en ese tono academicista y frívolo con lo que lo dice Lipovetsky, sino como algo familiar. Algo que nos ha tocado, a todos, y nos ha llevado a encerrarnos en una fantasía que puede sonar (sólo sonar, como una canción de elevador) como algo satisfactorio.

El momento más bello de la película es cuando el esposo de la mujer que le ha mentido a Nev, dice sentirse agradecido con él por apoyar a su esposa comprándole sus pinturas, lo único que la hace sentir viva. El momento detonante de su intervención es cuando narra un problema recurrente que tenía en su trabajo, el cual consistía en transportar peces para consumo de Estados Unidos a China. Dice que los peces, una vez en la embarcación, se quedaban varados en las enormes peceras, lo que hacía que su carne no tuviera la misma calidad que si se movieran. Entonces se les ocurrió meter catfish, un tipo de pez bigotón que deambula por la base de la pecera, los cuales obligarían a los peces a moverse. La metáfora, concluyó, es que hay gente en este mundo que son como catfishs, que están aquí para despertarte, para que no te quedes varados y te estés moviendo. La soledad, a veces, también juega ese papel. Por lo menos en forma de película.

Foto: A-G.

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Alguna lista de películas que no he visto (a excepción de Año bisiesto), y me gustaría ver.

Buried, Rodrgio Cortés, 2010, escrita por Chris Sparling (España-Australia).

I’m still here, Casey Fleck, 2010 (Estados Unidos).

Machete, Robert Rodriguez y Ethan Maniquis, 2010, escrita por Robert Rodriguez y Álvaro Rodríguez (Estados Unidos).

Catfish, Henry Joost yAriel Schulman, 2010, (Estados Unidos).

Los narco juniors, Amador Granados, 2009, (México).

Heaven on earth, Deepa Mehta, 2008, escrita por Deepa Mehta, (Canadá).

Bicicleta, cullera, poma, Carles Bosch, 2010, guión de Carles Bosch (España).

Contracorriente, Javier Fuentes-León, 2009, escrita por Javier Fuentes-León, (Perú).

Submarino, Thomas Vinterberg, 2010, escrita por Tobias Lindholm y Thomas Vinterberg (Dinamarca).

True grift, Joel Coen y Ethan Coen, 2011, escrita por Joel Coen y Ethan Coen (Estado Unidos).

Amador, Fernando León de Aranoa, 2010, escrita por Fernando León de Aranoa (España).

Año bisiesto, Michael Rowe, 2010, escrita por Michael Rowe (México).

Exit through the gift shop, Banksy, 2009 (Estados Unidos).