Hay dos advertencias que seguramente se convertirán en el eje de lo que estoy escribiendo. Normalmente eso pasa en este tipo de cosas. El cielo protector es un libro de Paul Bowles (también hay una película bastante buena que bien sirve como iniciación final para el libro), sobre una pareja que se dedica a viajar por el mundo estableciéndose largas temporadas en lugares remotos e inaccesibles. El punto central del libro, explicado por Paul Bowles como el narrador profeta, es que la vida está llena de diminutos detalles que parecen eternos, pero que en realidad están contados. Piensen, por ejemplo, en las veces que van a estornudar antes de morir. O las veces que besarán a alguien, o que probarán un volteado de piña. Mínimas cosas. Pero que acumuladas hacen, en resumen, lo que somos. Detalles, nada más. Detalles que algún día la muerte se llevará. O mejor dicho, que un día la muerte dejará que continuemos haciendo.

La otra advertencia, que realmente es un hilo que se conecta con la primera advertencia para abordar el punto al que quiero llegar, es algo que me sucedió. Al abrir mi página de Facebook, me encontré con alguien que hacía alusión a otra persona. Esa primera persona, mi amigo en Facebook, se despedía. Le decía un adiós que sonaba tan eterno, tan lleno de nostalgia, que sólo se le podía atribuir una despedida definitiva. Es decir, o se había muerto, o no lo quería volver a ver en su vida y lo mostraba con una profunda ternura. Así que entré a su perfil. Era la primera opción. La gente escribía como si fuera una funeraria, dando largos adioses. Él, evidentemente, no los leería. Pero aquello serviría para calmar algunas penas. Para sentir que su aliento se podía extender tanto que lo podían jalar y aguantar por un momento para despedirse de él.

Bajé la página hasta encontrarme con el último comentario que puso antes de morir. Decía que había una lista para su fiesta de cumpleaños, y quien no estuviera, no entraría.

¿Ahora ven la relación con el libro de El cielo protector?

Hace poco leí un artículo en donde Facebook anunciaba que los perfiles de personas fallecidas se podían convertir en páginas de visita. Ahora ya no se tendría que lidiar con la traumática situación de encontrarte en las sugerencias el perfil de alguien muerto. La página estaría ahí como recuerdo, como algo conmemorativo. Podrías entrar y escribir algo, tal vez volverte a despedir, o felicitarle en su cumpleaños, o contarle algo importante. No sé, lo que sea. Algún detalle, de esos mínimos que hacen, en resumen, la vida.

Yo ya tengo planeado qué haré con mi vida virtual. Les voy a dejar a varias personas mi clave de Facebook y una serie de frases que irán poniendo esporádicamente como si fuera yo. Cosas como: “En este momento mis células se están comenzando a propagar por el universo, tal vez una les toque una mano o la mejilla. No van a saber que fui yo, van a pensar que fue sólo polvo que flota por el aire, pero eso es la idea”.

Ya ven, detalles mínimos. Nada más. Pequeñeces del tamaño de la eternidad.

Miriam.

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