La primera es Melancholia, del danés Lars von Trier. Sobre unas hermanas que deben afrontar el fin del mundo. Visualmente implecable, como es costumbre, y rodeada de su intervención en la rueda de prensa en Cannes, donde dijo simpatizar con Hitler, lo que le costó su estadía en el Festival.

Le havre, de Aki Kaurismäki. Una joya del cine finlandés que se mueve entre el humor y la sencillez.

Terrence Malick presenta The tree of life, poesía hecha cine centrando el argumento en la relación conflictiva entre un padre autoritario y su hijo mayor que le teme.

La piel que habito, de Pedro Almódovar. En lo personal no me gusta mucho Almódovar, pero esta película ha sido bien recibida en Cannes. Carlos Boyero, crítico español de cine en el que confío bastante, no simpatizó mucho con ella, y por lo mismo creo que debemos verla.

La última entrega de Woody Allen, Midnight in Paris, una apología a la ciudad francesa, quien de unos años para acá regresó al camino del éxito, acertando en todo.

Super, de James Gunn, director del error cinematográfico de Scooby-Doo. Un héroe patético que decide hacer justicia por su propia cuenta.

Carbon nation, de esos documentales que se cuelan con la herida abierta por Michael Moore, y que Inside job terminó de legitimar.

Another earth. Esas películas que le quitan lo épico a las grandes historias.

La reivindicación del cine japonés que tanto amamos en occidente. The lost bladesman.

Black gold, de Jeta Amata,  con ese estilo crudo y casero que lo convierte en un director único.

The music never stopped. Por dos razones: del director de Trumbo, y de los productores de The squid and the whale.

Monogamy, del genial Dana Adam Shapiro, nominado al Oscar por su primer filme Murderball. 

El largo de Justin Kurzel, Snowtown, recuperando el tono juvenil de Larry Clark.

Ganadora en Cannes, y provocadora de fuertes sensaciones en importantes festivales en el mundo: Of gods and men.

De esas películas que representan lo mejor del cine de la India. No one killed Jessica.


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