Al gremio de talento y conciencia

Álex de la Iglesia, director de cine español, y actual presidente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España, en el discurso de los premios Goya de 2010, empezó: hay que ser humildes. Su denuncia va hacia aquellos que ven con soberbia y pedantería su trabajo, es decir, el trabajo del cine, actitud que parece va implícita con el hecho de hacer cine. Pero, dice, no debería ser así. “No somos tan importantes”. Tiene tanta razón. Pero no sólo por la industria del cine, sino en tantas cosas. Hay que ser humildes. Lo cual no quiere decir no sentirse orgulloso de lo que haces, sino que eso que haces, ese servicio que haces en el cine, en el teatro, en la televisión o en la radio, o en la política, o como empresario o como maderero, no tiene ningún halo de supremacía sobre los demás. Todos son un trabajo. Todos deben ser vistos como eso, como trabajos. Dejar de creer que el mundo comienza y termina en nosotros, en lo que hacemos, en lo que decimos y por cómo lo decimos. Hay gente que nunca va a llegar a donde nosotros estamos, ni tendrá el coche que tenemos, ni la casa y los aplausos que recibimos, lo que nos debe de hacer sentir muy honrados. Honrados de que alguien ha decidido leernos, de que alguien ha decidido que fuéramos nosotros los que les representemos, de que alguien ha decidido nuestra película, nuestro guión y nuestro servicio. Por eso hay que ser humildes, porque somos afortunados de estar en donde estamos. Y si seguimos creyendo que nosotros somos el principio y el fin, como un mesías moderno, habría que pensárselo dos veces.

De hecho, debe ser todo lo contrario. Si esto fuera una guerra, debemos ser nosotros los primeros en la fila de batalla y los últimos en la línea de la comida. Los primeros en levantarse y los últimos en dormir. Porque lo nuestro, por esa satisfacción tan grande que se nos da, debe tener más sacrificios. Debemos de dar más las gracias, de tener más disposición, de ser más abiertos y de sentirnos con más humildad cuando lo hagamos. Nos debemos a la gente, y para ellos trabajamos. Si no podemos con eso, si no podemos hacer más sacrificios, si no tenemos el tiempo ni la paciencia, entonces nos hemos equivocado de trabajo.

Somos afortunados, y me da gusto que así sea, pero no debería ser siempre así. Si no aprendemos a conocer nuestro entorno, a medirnos en él, estaremos viviendo una mentira. La mentira del espectáculo, de la fama y el dinero. Porque somos afortunados de tener el poder, es decir, de ser los que deciden, los que deben decir hacia dónde, con quién y por qué, y eso es conlleva más responsabilidad, más entrega y más humildad.

Si hacemos teatro, o cine, o promoción cultural, o literatura, nos debemos a los que nos ven, nos escuchan, confían en nosotros y nos leen. Si hacemos política, nos debemos a los que nos votaron y a los que nos pagan nuestros salarios. No somos importantes, dijo Álex de la Iglesia, importante es salvar vidas en un hospital, o salvar vidas en un incendio, o trabajar con los reos en una cárcel para que reencuentren la fe en la sociedad que los ha encerrado. No somos importantes, pero sí. Es decir, somos importantes, como todos, pero a veces creemos que somos más importantes que los otros. Que nuestros trabajos, nuestras responsabilidades, los grupos en los que nos movemos y la gente con la que nos codeamos, nos hacen sentir más importantes. Pero no. Es hora de dejar de mirarse los zapatos todo el tiempo. Hay que levantar la cara, mirar con igualdad, y sentirse agradecido por estar ahí, y ser el primero en el infierno y el último en el paraíso. Si no podemos con eso, si no soportamos vivir así, ¿entonces cómo podemos ver a los demás a la cara sin sentir un poco de vergüenza?

Foto: Arturo Gutiérrez.

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