Hay un tono de presagio aterrador en el cuento El dinosaurio de Augusto Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) que se relaciona con la ya próxima elección para el puesto de ejecutivo (o ejecutiva, que esperemos sea pronto) en México, y con la virtual victoria de Peña Nieto.

Porque una de las peores cosas que le podría pasar a este país es que el candidato del PRI ganara. No por él, no porque no lee, y lo que lee parece no le deja ningún aprendizaje; no porque es un homofóbico probado; un religioso recalcitrante; alguien más preocupado por su imagen que por sus ideas; un defensor de la intransigencia y de la corrupción (sólo habría que recordar su administración como gobernador del Estado de México y su relación con el grupo Atlacomulco). No porque su hija mostró, a través de retuitear un mensaje de su novio, que es también un clasista que busca permanecer en la cúpulas, de donde nunca ha salido; no porque hace comentarios machistas cuando le preguntan el precio de la tortilla, y menos porque no tenga idea de cómo viven la mayoría de las personas que piensa gobernar.

Esas no están ni cerca de ser las razones para pensar por qué Peña Nieto no debe ser presidente de México (enlistadas a las que ya mencionó Carlos Fuentes para la BBC). Sino por cómo quedaremos representados como ciudadanos legales y político de México. Como la mujer golpeada por su marido que le abre las puertas cuando le pide perdón. Pues para el PRI, y Peña Nieto, doce años son suficientes para pensar que han reivindicado los graves errores que cometieron como partido hegemónico durante siete largas décadas, y, peor aún, porque estamos a punto de aceptar que así es, que nuestra memoria histórica sólo es capaz de recordar ese tiempo, no más.

Sería volver a humillarnos, dejando la puerta abierta, no a un hombre que cada vez que habla se hunde más a sí mismo, sino a esa forma de vida que representa todo lo que ensucia y desnoblece la forma humana. Sería como tomar el grillete y ponerlo en nuestro propio cuello.

Porque no se trata solamente de decir no a un partido, o un hombre. Es decir no a esa incapacidad de las personas para construir cosas que sirvan y sean útiles para todos. Pues siempre debemos aspirar a tener a los gobernantes que nos merecemos, que sean más aptos y capaces de tomar las decisiones de un país que se ha cansado de repetir los errores de su historia. Que entiendan la nación que administran, que sepan que son funcionarios públicos al servicio de millones de personas que tienen el derecho y la obligación de cuestionarlos, revocarlos y juzgarlos, si lo creen necesarios.

Nunca habrá que abandonar la esperanza que un día, cuando despertemos, el dinosaurio ya no estará ahí, se habrá ido o lo habremos matado. Porque nuestra historia, y mucho menos nuestro presente, debe estar ligada al corazón de esa vieja y obsoleta idea de que siempre serán otros, los que no nos conocen y no desean conocernos, los que tomarán el timón de nuestro rumbo.

Ale.

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