De niño, una pequeña mancha morada en la rodilla, era una simple mancha morada en la rodilla. Hoy, después de leer las noticias en la mañana junto con un café, trabajar todo el día, estudiar en la noche y regresar a la casa a rememorar los errores y aciertos del la  jornada, una pequeña mancha morada en la rodilla es colesterol alto, diabetes y/o cáncer. Es una muestra más de que somos desdichados; que necesitamos cambiar nuestra forma de comer y beber; dejar los hábitos de estrés que no nos llevan a ningún lado; abandonar el hogar en donde no somos felices; cambiar de religión.

La mancha morada en la rodilla también es un recuerdo de aquello que perdimos cuando comenzamos a crecer. Y no sólo al efecto biológico, cuando nuestro cuerpo se desprende de los dientes de leche, sale cabello donde antes no lo había y nuestros cuerpos ya no se satisfacen sexualmente solos y necesitan la complicidad de otro(s). Crecer es cuando el mundo es demasiado pequeño y el tiempo demasiado corto. Se abandona algo para apropiarnos de otra cosa incierta, sin forma determinada, que algunos adultos dicen consiste en verle como uno quiera y otros en que debemos establecer parangones universales de conducta.

Crecer es echarte a perder o que alguien más lo haga por ti.

Nuestros cuerpos se van enfermando: gastritis, colitis, sinusitis. Y así todos los itis nerviosos. Ya no se come tanto como antes, aunque antes tampoco comíamos tanto porque siempre había alguien diciendo que no. Dejamos atrás los juguetes para tomar los condones y las palas. Como ya no podemos ir a la tienda a comprar un pelota, vamos a las cantinas a ligarnos a alguien (o que alguien nos ligue a nosotros), nos metemos desnudos a la alberca o nos conseguimos un puestito en el gobierno y jugamos a polis y las ratas con alguien que no piensa en el un, dos, por tres por todos mis amigos. Crecer es jugar con cosas que te pueden matar. A diferencia de antes, que las bolsas de plástico en la cabeza era como hoy manejar ebrio o sufrir de una sobredosis de cristal.

Luego vienen las decisiones difíciles. La carrera que estudiaremos, la persona con la que pasaremos el resto de nuestra vida, el trabajo, la casa, la lavadora, el color del baño y las toallas. Crecer es jugar a la casita por mucho, mucho, tiempo. Es dejar el así como que te morías por el ¿por qué te moriste? Puede llegar a ser aburrido y doloroso, pero también antes lo era: el perro se muere, las ardillas, los pajaritos y las tortugas. Los golpes duelen también más, sólo que antes llorar era más valido que hoy. Crecer es no llorar cuando te peguen, o llorar lo menos, o ser menos público.

Entonces viene el querer ser diferente, que finalmente también es parte del manual. Porque no todos queremos una gran casa, con niños en el jardín y una camioneta último modelo en la cochera. Pero tampoco un departamento en París, ser polígamos y viajar por el mundo. De igual manera, las dos consisten en esa cosa tan extraña y complicada que se llama crecer. Antes jugaba a ser rico, hoy juego a no ser pobre. Sigo buscando la diferencia.

Crecer es inevitable. No puedes decirle a tu cuerpo que no lo haga. La gente también te lo recuerda. Vas al cine y la gente crece. La música habla de personas creciendo, y si vas a la librería seguramente habrá un libro de gente diciéndote cómo crecer. Comienzas a comer de todo. Ya no le quitas la cebolla a la hamburguesa y te comes los pepinillos de los niños. Piensan en que siempre vas a necesitar vacaciones de tus vacaciones, y que el cine ya no es tan entretenido como antes.

Sin darte cuenta, de repente, ya eres grande. Y hablas como lo hacían tus papás, o tus abuelos, o tus hermanos mayores. Hablas de tu sexualidad sin pena, y dices groserías sin ningún cuidado. Buscas trabajo como los personajes desempleados de alguna serie estadounidense. Lees revistas y libros para gente grande. Se construyen sueños de acuerdo al dinero en tu bolsillo, y las pesadillas surgen conforme a las deudas de la tarjeta de crédito.

Crecer es hacer lo mismo de antes, pero poniendo siempre un tengo que o debo de. Es menos entretenido, pero inevitable. Colin Tudge dice que todos los seres humanos tenemos algo de ingenieros genéticos. Crecemos y tenemos la intención de cambiar el mundo. Antes sólo lo imaginábamos y lo recreábamos en algún espacio imaginario. Hoy sólo somos capaces de dejar de fumar o tomar menos alcohol. No sé si trate de ser mejores, pero estoy seguro que se trata de ser menos peor.

Luego se nos achata la creatividad. Pensamos en cómo deben ser las cosas, pero no en cómo no fueron. Entonces es mejor un antidepresivo, un cigarro de mota, un pase de cocaína. La realidad es tan fastidiosa e imposible, que es mejor andar en ella como zombie. El trabajo, la casa, la amante, la violencia de la ciudad. Nadie nos entiende, nadie sabe por lo que estamos creciendo. Te quieres quejar, pero no sabes con quién. Crecer nos aumenta el ego y nos reduce el cerebro. Bueno, no siempre. No a todos. Algunos se las ingenian bien. Otros simplemente nos vamos quedando solos y hundidos. Pero, eso sí, no se vale no hacerlo. No se vale ser inmaduro y negar que eres un adulto. Crecer es dejar a tus padres biológicos para adoptar a trescientos mil padres artificiales, que van desde el uso de la ropa hasta las pláticas sobre sexualidad, y los adoptas en las clases de la universidad, al ver la televisión o comprar varios libros de un mismo autor.

Entonces, después de que pasan los años, y hemos crecido tanto que ya vernos en el espejo es ver la nada, ya crecer no tiene más sentido. La vida sí era muy corta, el tiempo es muy poco, y el mundo era muy grande. Algunos se van con las manos vacías, los otros también. Todo se queda aquí, y tu cuerpo se desactiva (el cerebro se apaga, el corazón se detiene, las células se mueren y escapan). El trabajo sólo fue una gran guardería, la familia un juego pactado entre sus miembros y todas las fotos, cartas, notas de amor y mensajes de celular, desaparecen sin decir nada. Los ojos se llenan de nubes, las piernas pierden fuerza y ya se sonríe menos que antes. Si no fuiste Immanuel Kant o Elvis Presley, entonces nadie se acordará de ti en algunos años después de que mueras (creo que el 99% de la gente que pisa esta tierra, se va siendo un don nadie). Crecer, crecer mucho, es convertirse en una planta. Entonces el juego de ser adulto ya no es tan divertido como antes. Se recuerdan los viejos amores, pero todos se han ido. Entonces te arrepientes de tanta pendejada que hiciste y dijiste, y que aquellos días no parecen tener nada. Se recuerda cuando se estaba afuera de la casa de la mujer que querías, en el coche, tomados de la mano, besándose, platicando de otros días antes de esos, construyendo otros que vendrían después. Se recuerda cuando lloraste por ella cuando te dijo que no te amaba o cuando la encontraste con alguien más, o cuando fuiste tú el que le dijo o lo hizo. Algún día de un año que ya pasó, que ya no existe. Crecer es perder la memoria de manera voluntaria. Crecer es tirarse de un risco pensando que volábamos. Pero no. Sólo era una ilusión. Y esas juntas laborales en silencio, con traje, jugando al gato en la agenda, fueron chismes sin sentido. Tal vez subir una montaña hubiera sido mejor. Crecer es querer vivir más haciendo cosas que te hacen vivir menos.

Pero un día esto se acaba. O eso parece. O, más bien, porque cuando crecíamos eso nos decían. El mundo se termina cuando mueres. Tu mundo, claro. Y nos lo creímos. Pero cómo no lo íbamos a creer si también nos creímos la otra basura. Eso de que al final te jubilas. De que era bueno producir para que alguien se quedara con lo que ganábamos. Que amar a una sola mujer es como querer jugar con una sola muñeca siempre. Pero no. La vida es un accidente biológico. Crecer es parte de ese accidente. ¿Qué soy? Un montón de carne y cosas microscópicas organizadas que, gracias a un mapa genético, me entregan momentáneamente algo que yo, al verme a mí mismo, llamé vida. Entonces crecemos, pero no sabemos bien por qué, pero lo hacemos con gusto. Porque crecer es como ese chiste de un argentino que le pide al taxista que lo lleve a una montaña donde se pueda ver la ciudad completa para saber cómo luce sin él. Por eso como Mafalda, yo también a veces quiero que paren el mundo, porque me quiero bajar. Otros prefieren seguir en él, tratando de subir a una montaña lejana para ver cómo luce sin ellos.

Foto. Arturo.

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