Estoy sentado en una sala de espera. Estiro los pies tan largo como puedo. Un joven con la mirada perdida entra y se sienta a mi lado. Una voz femenina me llama a mi espalda. Me levanto y la sigo. Me pregunta sobre el asalto que acabo de tener. Lleva anteojos y una blusa negra. No he comido nada en todo el día. Cierro los ojos y recuerdo.

Estoy sentado en mi carro, esperando a Beto. Un hombre frente a mí se besa los labios. Lleva una gorra y se ve que no se ha bañado en días. El sol me pega en la cara, y con la mano tapo el reflejo. Se cuela en mis dedos. Pasan unos segundos. A mi espalda, de una camioneta roja, se bajan dos hombres encapuchados cargados cada quien con un arma. Uno me apunta en la cabeza. El corazón me late demasiado rápido. Me dice que baje. Lo hago sin pensarlo. Veo la puerta de la camioneta abierta. Por un momento pienso que vienen por mí y me van a secuestrar. Esto debe ser una broma, espero que alguien corte pronto la escena. Si me levantan, adiós todo. Tortura, golpes, pantalones orinados, calzones cagados. Paso de largo la puerta y me piden que levante los brazos. El hombre que pedía dinero también lo hace. Comienza a rezar, y le miro con cuidado. Uno de los hombres armados me pregunta por mi dinero. Le digo que está en una bolsa en el asiento de atrás. No la encuentra y me grita más fuerte. Le digo que la busque, que está ahí, me volteo y la señalo. La toma y la abre. Una cartera de Argentina y casi cuatro mil pesos. Una Moleskine nueva, una agenda y un libro de Hemingway. Uno de los asaltantes ve una cámara que acabábamos de rentar. Me pregunta qué es. Le contesto que una cámara. Me da las gracias y se sale. Uno agarra mis lentes oscuros. Me dice que por qué uso lentes de mujer. Son de mi novia. Mentí, son míos, los compré en un mercado en Guadalajara. Me los regresa. Menos mal. Me apunta con el arma y nos dice que nos vayamos caminando en sentido contrario a donde está ellos. Comenzamos a caminar. El hombre de mi lado dice que nos van a disparar y a matar por la espalda. Le digo que se calle. Seguimos caminando. Era como caminar en carbones ardiendo descalzo. El hombre se voltea y me dicen que se han ido.

Abro los ojos y le explico a la señorita frente a mí. Se ríe cuando le comento lo de los lentes oscuros. Yo también me río. ¬¿Qué más puedo hacer? Salgo con la denuncia en la mano. Todos los rostros me recuerdan a ellos. Es la primera vez que alguien me apunta con un arma de verdad, se siente como comer spaghetti frío. Tal vez peor. La sala de espera está llena de ojos tristes. Todos han perdido más que un objeto, han perdido pedazos de fe. Llegan ahí porque saben que no van a recuperar nada, y lo único que esperan es sentirse un poco mejor. Me guardo la carta y camino, la luz entra por una gran ventana, como cuando estaba sentado en mi carro antes de sentir el frío cañón de una pistola en mi frente.

Ale.

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