Recuerdo que hace muchos años, mi papá me mostró un libro que había comprado cuando era joven. Era una edición en español de Yo, robot, de Isaac Asimov. La imagen en la portada de una galaxia blanca (o eso parecía desde ese punto), rodeada de un negro envolvente, me impactó tanto que incluso hoy lo recuerdo con gusto. Pero más aún fueron, en la contraportada, lo que Asimov llamó las tres leyes de la robótica. No sé porqué estas pequeñas reglas que se enmarcan en la ficción siempre me han llamado la atención. Las reglas dicen:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por su inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

Hoy recuerdo el libro por lo que llevo escribiendo en este blog desde que existe. Y es que a veces suelo ser algo presuntuoso, incluso provocador, puedo sonar (veo la imagen con mucha claridad), como un inadaptado que se queja de todo y nada de lo que ve, escucha, siente o huele, le parece. Seguramente esa no es la imagen que quiero dar. Pero no puedo consentirlo todo. Si en algo creo, es que todos tenemos el derecho y la libertad de construir criterios, y que muchas veces no serán compatibles entre sí. Jamás pensaría en censurar o negar algo que vaya en contra de lo que creo. Los que me conocen saben que retractarme y admitir mis errores es algo que no me molesta, que incluso lo puedo hacer con mucho gusto. Hasta cierto punto eso me convierte en un buen confidente. Me alegra la diferencia, y así como esa frase de Voltaire, que no estoy seguro ya si en verdad fue él quien la dijo, defiendo el derecho de todos de decir lo que piensan. De hecho, me gustaría que todos los que no están de acuerdo (ya sea conmigo, con el periódico que leen, el canal de televisión que ven o el gobierno que nos gobierna) lo expresen. Creo que todos somos seres humanos increíbles, y nos merecemos la verdad, y la cortesía, de ponerla en las formas y medios en la que todos la podamos compartir de la manera más pacífica (aunque esto no quiere decir que estemos de acuerdo con ella). Si algo he aprendido de mis innumerables errores, es que siempre debemos apoyar las causas perdidas, y rara vez a los que lo tienen todo; que siempre es más confortante estar en los procesos que van de abajo hacia arriba, y ser lo más critico que se pueda ante los que tienen el poder; no quedarse callado, jamás, con el abuso, la censura y el dominio abusivo e injustificado.

Pero esto es lo que yo pienso.

Y eso mismo es lo que creo se relaciona con el libro de Asimov. Para quienes lo hayan leído, sabrán que el autor pone a sus personajes (los robots) en disyuntivas en donde alguna de las tres reglas puede ser violada. Incluso nos conduce por caminos en donde podríamos deducir que así fue. Pero al final salen airosos sin violar, jamás, ninguna de esas leyes. La razón, dice Asimov, es que está escrita dentro de ellos, más allá de su capacidad de negociar si la aceptan o no. Y es que de cierta manera yo también soy como esos robots. Aparentemente me conduzco por lo caminos de la discrepancia y disconformidad, pero dentro de mí hay una huella que me obliga a buscar el entendimiento, o peor dicho, un alma bondadosa. No creo ser mala persona, sólo algo apasionado. Incluso una de mis palabras favoritas, después de leer a Ernst Bloch, es “esperanza”.

Finalmente, el antropólogo Clifford Geertz escribió que todos los trabajos de los investigadores y científicos sociales deben servir para reducir la distancia entre los diferentes discursos que abunda en el mundo y así llegar a diálogos más cercanos. A veces las provocaciones son así. Son muy ruidosas, pero en el fondo, muchas veces, y muy en el fondo, son sólo formas de crear puentes.

 

Arturo.

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