Fragmento del capitulo Entorno al mundo, de La mirada indiscreta: sobre la vigilancia anticipada.

By having this war on terror, you can never win it… So you can always keep taking people’s liberties away… the media can convince everybody that it’s real, N. Rockefeller a Aaron Russo

La pregunta inocente que se debe hacer en un principio es, ¿por qué una guerra contra el terror? El miedo a un enemigo invisible, imperceptible, pasa rápida y tajantemente en los medios y discursos políticos de las naciones más poderosas del mundo. Se perciben fantasmas habitado una pantalla; no ellos, pero sí las consecuencias de sus acciones. En la prensa rara vez se ve el rostro de un terrorista, a excepción de los rostros con los que nos familiarizamos, pero sí el de las víctimas. Es una depuración del enemigo imperceptible, mientras los desastres son vistos de manera cada vez más cercana, con más minuciosos. Esa pregunta inocente, entonces, aclara una visión oscurecida por la falta del enemigo real. Se le conoce y no; se sabe dónde habita, pero a la vez no existe el lugar en dónde encontrarlo: la referencia de una guerra contra el terror hace honor a su nombre, pues todo gira alrededor del terror mismo. La frase <<nadie está seguro hoy en día>> surte el mismo efecto que lo dicho desde la televisión con la proyección de una imagen catastrófica.

La guerra contra el terror tiene la peculiaridad de que es una guerra entorno al miedo: las figuras representadas como un enemigo anónimo e invisible son siluetas que se persiguen a lo lejos, en donde es imposible llegar, pero que amenaza lo interno de la seguridad del primer mundo. Benjamin Barber escribe: “El miedo no responde tanto a lo que acaba por suceder, sino a lo que se promete, y convierte el esfuerzo por defenderse del terrorismo en su principal instrumento, que se refleja en medidas como la de codificar los niveles de peligro […]”[1]. No quiere decir que <<la guerra contra el terror>> inventó o reivindicó el miedo: el miedo al extraño, al extranjero, al enemigo permanente, lo podemos ubicar desde muchos años atrás. La guerra contra el terror le dio otra cara al miedo: no sólo se trata del hombre anónimo, quien funge un rostro obligado para conocer tentativamente a quien nos ataca, sino que vulnera la existencia humana ante sí mismo; el otro, que era un extraño perceptible, ahora es inaprensible, escurridizo. Por eso la guerra contra el terror pretende ser una acción más allá del enemigo, la sensación que se produce por su cercanía. El cuerpo, la mente, la familia, las propiedades: todo está amenazado. El terror al que se le ha declarado la guerra no acabó con la normalidad de la vida del primer mundo, sino que hizo una pequeña fisura en la aparente firmeza. El Estado sigue creyendo en ese viejo <<nosotros>> del siglo XI, que la nación y sus entornos siempre deben ser el objetivo de lucha: la seguridad del ciudadano promedio es la seguridad del ciudadano promedio, una búsqueda del sujeto vigilante que debe sentir confianza en su Estado.

Recordemos las situaciones que surgieron del 11 de septiembre en Estados Unidos en apoyo a las tropas que iban en busca de los criminales que amenazaban la libertad y la democracia: el caso típico, utilizado por Žižek, es la niña, hija de un soldado, que admite tener miedo que su padre muera en la guerra, pero que a la vez está dispuesta a aceptarla por su país. Por eso esta <<guerra contra el terror>> es la guerra de los ciudadanos temerosos: ellos son los soldados y burócratas, no son la ausencia de un Estado que opera de la nada (¿no es la lógica inversa del terrorista anónimo que es sin ser, a un Estados que existe sin existir?). Por un lado,  <<la guerra contra el terror>> es el efecto de un Estado que extiende su vigilancia hacia fuera (una nueva ruptura del adentro), que persigue la inseguridad en los lugares donde se genera; pero por otro, está el sujeto temeroso que construye la comunidad en donde cede su libertad por la seguridad que le otorga el hermetismo de su nosotros, pero que constantemente se desdibuja el espacio del afuera y el adentro, como lo escribe Zygmunt Bauman[2]. Este sujeto temeroso, no el Estado invisible, es quien va a la guerra (la que viene como consecuencia de la guerra contra el terror), ve la televisión, compra alarmas para el coche y los seguros de vida, sale temeroso por las noches y no duerme por esperar a sus hijos a que regresen a casa. Quien se enfrente a los no-lugares, de acuerdo con Marc Augé, en donde transitan las normas de seguridad más estrictas (a falta de un contacto social menos estrecho, la sensación de peligro es mayor y, por lo tanto, las actitudes son más frías y controladas): recordemos que estos no-lugares, propuestos por Marc Augé, son ” […] tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta…”[3]. Espacios donde la <<guerra contra el terror>>, la que se pelea desde la interioridad del país, tiene sus mayores repercusiones en el sujeto vigilante temeroso: el aeropuerto tiene ajustes de seguridad más estrictos, los centros comerciales (o los lugares en donde hay gran circulación de personas) se convierte en fortalezas de observación, mientras los espacios de convocatoria momentánea, como festivales de música o competiciones deportivas, están resguardados por complejos operativos de seguridad. Recordemos las Olimpiadas organizadas en China, donde los competidores tenían que seguir normas precisas de seguridad, además de las medidas tomadas por el gobierno chino como parte del plan de seguridad a los juegos[4].

Incluso podríamos contraponer estos no-lugares de Augé con la comunidad ética de la que escribe Bauman, con relaciones a largo plazo y compromisos obligatorios y fraternales. Aunque el mismo Bauman, a diferencia de Augé, sí denomina a las relaciones de tránsito de los no-lugares como parte de una nueva comunidad, el concepto de no-lugar, que realmente se refiere a un espacio en concreto, se ajusta de mejor manera: el no-lugar es amenazado, de cierta manera, por un no-humano, o, en otras palabras, por un no-nosotros. El individuo temeroso, entonces, pasa por normas de seguridad en lugares donde no es él propiamente, sino sólo un transeúnte, un objeto de paso. Mientras la Unión Europea continúa aumentando las medidas de seguridad en los aeropuertos, el sujeto, que ve en los dos focos de la cercanía y la lejanía su entorno, debe aceptar silenciosamente: no porque cualquier acción contraria sería inútil, sino por la simple razón que todo es hecho por su bien y seguridad. ¿No son las imágenes televisadas de las detenciones de terroristas el ejemplo más claro que <<la guerra contra el terror>> debe continuar? No porque se vaya ganando, sino que es un efecto que permite mantener su continuidad.

Probablemente lo único coherente que podemos encontrar en <<la guerra contra el terror>> son las teorías de la conspiración. Imaginemos un típico video de conspiración en la Web: inicia con una pregunta irónica que cuestiona directamente algo que es tomado como real, para luego responder directamente lo contrario ¿Cuál es la diferencia entre la paranoia institucionalizada de un medio de comunicación y los videos provenientes de las teorías de conspiración? La televisión institucionalizada, como dice Benjamin Barber, la que habla como extensión del Estado, funciona siendo un foco de paranoia colectiva: el riesgo que conlleva la decisión del sujeto expectante recae repentinamente en él, debe decidir su futuro que no es, finalmente, su decisión. La teoría de la conspiración sigue la misma fórmula. Es una visión desviada de la realidad, que dice lo que nadie se atreve a decir: la verdad detrás de los hechos reales. Ambos toman elementos del mundo real, que luego deshacen o reconstruyen: unos desde la legitimación de ser un poder real fáctico legal, mientras el otro se rodea en la sospecha. Esta última cuestiona la visión legitima: esto es lo que nos han dicho que pasa, pero realmente es esto otro. La conspiración repetidamente cuestiona la visión institucionalizada de la realidad: intereses políticos, económicos o de poder mueven al mundo, donde el espectador tiene que elegir una de las verdades contrapuestas.

Aaron Russo, cineasta de origen italiano que hizo una importante carrera en Estados Unidos, se ha convertido en un referente en las teorías de conspiración actuales: amigo de un Rockefeller que le confió abiertamente que habían sido los bancos nacionales de Estados Unidos los que inventaron el movimiento feminista y las mentes perversas detrás del 11 de septiembre para crear una guerra contra el terror que luego crearía una paranoia colectiva para introducir pequeños chips dentro de cada individuo. Russo no es así mismo un elemento de conspiración: cree en lo que ha escuchado, y donde ve la conspiración es el acto mismo que se toma como real. ¿No es la teoría de la conspiración la postura más subversiva frente a la <<guerra contra el terror>> y sus explicaciones, en donde el enemigo invisible y anónimo desaparece aún más frente a un teatro que se ha montado para engañar al mundo? La teoría de la conspiración busca la verdad acabando con la mentira de lo que es tomado con naturalidad como lo real. Slavoj Žižek nos dice que las teorías de la conspiración no deben tomarse como <<hechos>>, pero tampoco ignorarse, pues describen una realidad paranoica desde una realidad cada vez más paranoica. La guerra contra el terror no tiene, en su esencia institucional, el tinte de una conspiración (que talvez no lo sea), pero en su contraparte obscena podemos encontrar la narración de una paranoia real (donde tampoco se asegura que la teoría de la conspiración sea real o falsa, pero que sí sirve como un medidor de la paranoia real). En este sentido, no se trata de perseguir la verdad detrás de las cosas mismas, sino de comprender que ambas acciones tienen un fin de desconfianza. Talvez ahí radica la coherencia de las teorías de la conspiración en la guerra contra el terror: son tan incoherentes con lo “real”, que demuestran que algo se ha salido del orden de lo normal. La verdad se anula, por lo tanto, y sólo queda la sensación de duda: no en un sentido estricto, pero sí perceptivo. Esa persecución subversiva de la verdad por parte de las teorías de la conspiración asoman una verdad incierta: cuestionan lo que no somos capaces de comprobar, y lo llevan a un estado de máximo incierto.


[1] Benjamin Barber, El imperio del miedo. Guerra, terrorismo y democracia, Paidós, Barcelona, España, 2004: 29.

[2] Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Siglo XXI editores, España, 2003.

[3] Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad, Gedisa editorial, Barcelona, España, 2000: 41.

[4] Periódicos a nivel internacional destacaron, a lo largo de la estancia de los juegos en el país asiáticos, las estrategias de seguridad por parte de la organización y el gobierno chino principalmente después de un atentado a una comisaría de policía donde murieron 16 personas: The New York Times, “16 killed in attack on Western China Police Station”, 4 de agosto de 2008, http://www.nytimes.com/2008/08/04/sports/olympics/05china.html?_r=2&ref=world&oref=slogin&oref=slogin: pagina visitada el 4 de agosto de 2008.

 

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