Hay algo que no termino de entender con la expulsión del cineasta danés Lars von Trier del Festival de Cannes después de declarar que sentía cierta simpatía por Hitler. Y menos que unas horas después mandara un comunicado en nombre del festival arrepintiéndose de lo que dijo.

Debo ser muy claro: no simpatizo con lo que hizo Hitler, en ningún nivel, y jamás lo justificaría. Alguna vez dije que admiraba a Stalin por la manera en la que podía mover a toda una masa de gente con sólo levantar la ceja. Y no me arrepiento. De hecho lo sigo sosteniendo, tal vez ahora con otras palabras: me sorprende la estupidez de mucha gente que con el simple movimiento de ceja de un psicópata carismático hace lo que sea.

Pero ese no es el punto. Sino la expulsión de von Trier, la actitud del Festival de Cannes, y la frecuente y a veces obsesiva postura en Europa de tolerancia cero hacia toda relación con Hitler, el nazismos, el fascismo y los campos de concentración (y de pasada el judaísmo).

Lars von Trier ha hecho y deshecho en el cine lo que ha querido. Es el niño terrible y dolor de cabeza para el cine contemporáneo. Cannes le aplaudió todo, cada barbaridad y chistecillo que se le salía antes, durantes y después del festival. Todo. Todo menos que se metiera con Hitler. Menos en un festival donde muchas de las personas que trabajan en la industria cinematográfica son sobrevivientes de algún campo de concentración o de la guerra misma.

Pero von Trier pareció no importarle mucho, y seguramente pensó que lograría salir de esa como siempre lo hacía. Pero hay algo que debe conocer en la Europa actual: la libertad de decir lo que se te dé la gana, siempre tiene un precio. Nadie le pondrá la mano a nadie para callar lo que dice, pero pagará las consecuencias. Eso está claro. Hoy fue von Trier, antes fue Mel Gibson (que regresó a Cannes como un ex adicto regresa a su casa después de salir de un centro de rehabilitación), y mañana tal vez sea una facción izquierdista que tome a Cannes y lo convierta en una comuna socialista.

Y es que el problema, al parecer, no es que von Trier entienda a Hitler, y Mel Gibson no simpatice con los judíos, sino que Cannes, la fábrica de culto de la creación de sueño no tolera los márgenes chuecos. Tal vez lo más sensato hubiera sido quedarse en lo que dijo (porque es humano intentar comprender lo humano, más allá de las atrocidades que pueda llegar a cometer, sino tenemos esa capacidad, entonces estamos bien jodidos). No sé si era la intención de von Trier (que si hubiera dicho que entendía a Strauss-Kahn seguramente seguiría siendo persona grata, incluso a veces pienso qué pasaría si alguien dijera que admira a Margaret Thatcher).

Ale.

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