Despertar. Lo primero que vemos al despertar es la oscuridad detrás de nuestros parpados. Todo lo demás viene por añadidura. Como si los ojos, recién descubiertos, inventaran el mundo. Lo construyeran con bloques de realidad que poco a poco van dando forma a lo que vemos. Despertar es sólo el primer paso de una complicada lista de pendientes del día. Respirar, tragar saliva, comer, caminar. Luego viene la articulación de palabras: cada fonema es una experiencia nueva, inventada en el momento en que ocurre. Se hilan nuevas palabras hasta formar una oración. Luego se comparten, y se pasa a un nuevo estado de vida: se escucha, y luego se habla de nuevo, construyendo frases sencillas o complicadas. Se habla del clima o la comida, de un libro, de la gente, de la película de ayer.

Se sale a la calle en busca del camino indicado. Las opciones son infinitas, se podría tomar cualquier dirección, formulándola con otras direcciones que luego darían resultados nuevas fórmulas. Se podría construir un mapa con los pies sólo yendo por las calles, marcando los sitios en donde estamos y las direcciones que tomamos. Se puede coger el camión o el metro (si en donde estamos hay camiones o metro), luego se anda por la calle moviendo los pies de atrás para adelante. Los dedos se aprietan cuando se hace el esfuerzo de arrastrar la pierna, y luego el glúteo sirve como liga para conservar el ritmo.

Nos podemos detener y seguir: cada paso es una sensación definitiva, decisiones que conforman una red de opciones y caminos.

Luego se sienta uno en el parque. Mira las aves, o los niños corriendo. De nuevo se construyen mundos que no responden más que a impulsos impredecibles de niños que van por un lado a otro, sin la sensación de que alguien les diga dónde.

Pero todo comienza con despertar. Luego pasa por procesos caóticos de construcciones. Se puede ir por cualquier lugar, decir cualquier cosa, sentir o dejar de sentir (si se tiene la habilidad para hacerlo) de cualquier sensación.

Cuando nos sentamos a escuchar la historia de nuestra vida, vemos el resultado de un caos constante. Espacios de incertidumbre que van poco a poco construyendo la historia.

Negri decía que los instantes son eternos espacios de historia: ¿quién construye su vida desde la totalidad?

La vida es un caos entrometido. Es la sensación de que por aquí ya anduve, pero con la mente despejada de cualquier duda que así fue.

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Con Francois Lyotard, los que aún creemos algo de él, nos fuimos por un camino sin camino. Digámoslo así: como si Dorothy, la chica de zapatos rojos en el Mago de Oz le dijeran, sigue el camino invisible. O, mejor aún, el gato de Lewis Caroll del país de las maravillas diciendo: si no te importa a dónde vas, entonces no importa qué camino tomar.

Y por qué digo esto. Lo hago para desmentir una vez más la certeza de las grandes explicaciones. En una época posmoderna, lo sencillo, local y particular tiene más sentido, noción, en todo caso, de lo real. Veamos esto como la justificación de que la teoría del caos no la veo como la respuesta que vino a aclarar todas las preguntas, pero desde una aproximación subjetiva surge con cosas para pensar.

Por eso hablo del amor y del caos como una coincidencia temporal. En un trabajo sobre el libro de Georges Balandier, Desorden, pensé que la mayor crítica que se le podía hacer era el uso al término caos como un situación que surge en un espacio y tiempo determinado, y no como un constante permanente. Al final de cuentas esa es mi noción de caos. Y es que el amor, al igual que el caos, se le ubica dentro de un escenario de emergencia: es decir, surge (nace), se desarrolla, se reproduce y muere.

Leí una pequeña frase en la página de una amiga que tiene una importante relación con la teoría del caos: una influencia pequeña puede modificar globalmente la realidad. Lo impresionante, o lo que me impresionó, fue que debajo, haciendo referencia a lo escrito, estaba ella besando a su novio. El acto de amar es un acto con referencia caótica.

En Espejo y reflejo (uno de esos libros canónico para entender el caos y la complejidad), se hace referencia a la creación artística como un acto caótico, en donde miles, millones, de factores influyen en la escritura de un texto, por ejemplo. Algo tan real como que en este momento yo estoy siendo un acto del caos. Me retiro y acerco para escribir y pensar. Llego a un punto en el que creo que todo debería terminar en nada, pero continúo. Estoy (como dice mi hermanita) dejando de pertenecer para pertenecer más.


El caos, en su constante interacción con el orden, nos lleva a, súbitamente, dejar de ser nosotros, nos abandona como un barco en medio del océano jalado por la corriente. De un momento, sin pensarlo, estamos ahí, enamorados: en el caos. Y miles de cosas pasan por dentro y las razones apenas y se aproximan. Estamos en ese estado que Lorenz explicó por medio de la interpretación del clima: el aleteo de una mariposa.

Sólo eres tú, tu cuerpo, tu mente y el mundo que ves, esa relación entre el caos y la extraña cosa viva que eres.