Despierto, y pienso en que nunca duermo lo suficiente. El reloj es como un hombrecito con un martillo. Luego pienso en café. Café, café, café. Y en la sustancia mágica que abunda en él. Cafeína, cafeína, cafeína. Lo único en lo que puedo pensar es en llegar a la escuela. ¿Hice la tarea? Espero que sí, porque no recuerdo nada. Es como una amnesia autoprovocada. Sólo pienso en que necesito más café. Si mi vida tuviera un velocímetro, estaría en cero. Asiento con la cabeza, digo sí con la boca, me tomo las manos. El corazón me late muy rápido, lo siento en la garganta. No dejan de llegar correos electrónicos: más trabajo, más trabajo, más trabajo. Necesito café. Otra taza, y una galleta. Un receso. No me reconozco y me pregunto todo en tercera persona: ¿tiene sed?, ¿quiere orinar?, ¿por qué no pone atención? Todo es como pensar en abstracto. Los mineros en Chile. El narcotráfico. El cine. El taller de teatro. Una película. Deudas. Becas. Un aviso de última hora. Piensas en que es imposible darle gusto a todo el mundo, incluso a ti. Otra taza de café. ¿Ya tienes tu pregunta de investigación? No te engañes, no sabes ni qué puta madre es eso. ¿Y la hipótesis? Sí. Digo no. Digo creo que sí. Depende de la teoría. No, depende de la literatura, y el estado del arte, y el estado de quicio. Otra taza de café. Regreso a la casa. Siguen los correos, las noticias, los mensajes. Comer deja de ser un placer y se convierte en una pérdida de tiempo. Hace calor, hace frío. Más correos. Más cosas. El mundo no se detiene, y lees el periódico y no entiendes nada. La gente está loca. Parece que todos conspiran para llenar los noticieros. Todos compiten por demostrar el mayor grado de locura en el menor tiempo posible. Los  mineros de Chile otra vez, y otra vez Felipe Calderón, y el Plan Nacional de Desarrollo. Otra taza de café. Pienso que tal vez debería comenzar a fumar, todos se ven tan relajados cuando lo hacen. Luego intentaría dejarlo: un parche de nicotina, un filtro que te convierte en un falso adicto. Jesucristo no me abandones, no seas un mal tipo. ¿Jesús, cuál es la hipótesis más plausible para mi pregunta de investigación? Hijo, yo tengo mis propios problemas, ¿qué no me ves en esta cruz?

Tiene razón.

Otra taza de café. Otra taza de café. Otro cigarro. Otro intento por dejarlo. Otro día. Otra noche. Otro día ante un spaghetti hirviendo. Otro día ante un vaso con leche. Otra taza de café. Otro. Otro. Otro. Otro. Otro. Otro puto día. Otro.

Luego se detiene. Tengo un respiro. Breve, como el parpadeo en la obra de Sin salida, de Jean-Paul Sartre, el cual te evade de toda la realidad por una fracción de segundo. Cierro los ojos. Me subo en un unicornio que me lleva a un bosque. Ahí está Martin Heidegger, el filósofo alemán de la selva negra. Está en el claro del bosque, sentado en una piedra, escribiendo poemas sobre las flores. Fue rector de una importante universidad durante el nazismo en Alemania, incluso llegó a simpatizar con Hitler y todo su proyecto político. Se arrepintió, pero no lo suficientemente a tiempo como para que la historia no le juzgara severamente. Pero yo le perdoné. Me invita a sentarme. Su nariz puntiaguda me señala como un dedo diminuto levantado. Sonríe. “Los hombres de la selva negra pueden durar horas sin hablar, sentados frente a frente. Se evaden con la mirada, pero se contemplan con el corazón. Su vida silenciosa y tranquila vale más que todas las cosas que has hecho”.

Despierto. Otro café. Heidegger tiene razón. Otra inyección de cafeína. Dejo de beber el café, y él comienza a beberme a mí. Cierro los ojos, pienso en huir y dejar todo atrás, pero el que se queda atrás soy yo. Otra taza de café.

 

Foto: Ale.

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