En Sin salida, una de las obras de teatro más sugerentes de Jean-Paul Sartre, encontramos en algún lugar del diálogo, cuando el infierno ya se entiende como un pequeño cuarto de hotel, el infierno es el otro. La otredad no parece tener huella, no tener antecedente. Parece que nació en algún momento, pero sin saber necesariamente cuál. Así como el infierno. Estuvo ahí, desde incluso antes del origen humano, esperando para algún día ser el refugio del hombre castigado por Dios. Un amigo decía que definir al otro, era definirme a mí mismo. ¿No es eso, finalmente, la dialéctica platónica? El diálogo entre contrarios. El encuentro de dos posturas que parte desde las antípodas para encontrarse en sí mismo. Aunque ese diálogo, argumenta Marx retomando las explicaciones de Hegel, surgen del conflicto, el cual incluso hace caminar al mundo.

Pensemos en los que han estado ahí, en medio de estos diálogos con el otro. Felice Dasseto nos recuerda que el otro siempre ha sido incomprensible, se plantea como lo desconocido que tenía que ser negado y borrado. Pero, ¿a cuál otro es al que Dasseto se refiere? Al otro del otro, es decir yo. El otro para el que se construye en su ausencia o su presencia. ¿Dónde encontramos al otro? Veámoslo así.

Heidegger criticó al progreso. También lo hizo Nietzsche. Sartre el naturalismo, Horkheimer y Adorno al proyecto racionalista de la Ilustración. Los postcoloniales a la tendencia colonizadora de la modernidad, y los decoloniales a la modernidad en sí. Noam Chomsky a la política exterior de Estados Unidos, y Michael Moore la interna.

Parece que todos debían criticar por una justa razón. Desde el desempeño de un buen futbolista en un mal partido, hasta el vestido de un actriz de poca trayectoria. Unos dicen sí, mientras otros niegan con la cabeza.

Necesitamos ser más críticos, cierto, pero más precavidos también. Corremos mucho, pero lo hacemos mal. Y cuando  lo haces mal, no llegas a ningún lado.

¿Cuántas críticas a la razón tenemos hasta hoy en las bibliotecas? Desde la pura hasta la cínica. ¿Es la razón la culpable de todo? Juan José Sebreli acusa, desde Schopenhauer, que la filosofía se olvidó del argumento de la razón para abrazar a la superstición. Cornelius Castoriadis nos dice que aunque tengamos que culpar a la razón de las consecuencias desastrosas del mundo, no podemos prescindir de ella. ¿Cómo saber que no es el poder el que habla en la crítica del poder en La dialéctica de la Ilustración? ¿Cómo tener por seguro que las relaciones de poder entre el hombre y Dios, entre el hombre y el hombre, y el hombre ante el mundo, no es sólo un reflejo mentiroso, un demonio que nos engaña, como pensaban Descartes sobre los sentidos?

El problema, y aquí nos viene la responsabilidad ante la crítica, es saber que no estamos siendo engañados. ¿Cómo reconocemos nuestra voz en el ruido interno? Slavoj Zizek lo explica mucho mejor cuando se entiende a la voz como un objeto (Zizek utiliza el ejemplo de la voz del superyó, que es muy gráfico) que su presencia se expande en mí impidiendo un verdadero reconocimiento conmigo mismo. ¿No es esta voz que propone Zizek la que habla en la crítica? Pero no confundamos, no se trata de hablar desde el punto cero de la crítica. El mismo Zizek está conciente de eso cuando nos dice que no se trata de olvidar quiénes somos, sino de entender que somos para nosotros mismos lo que el otro es para sí. No se trata de recrear patrones o justificar las acciones incomprensibles del otro. Sartre lo definió mejor que yo cuando dijo que no se trata de pensar en qué es lo que han hecho de nosotros, si no qué hacemos con lo que han hecho de nosotros. Entender desde dónde hablamos. O como lo entendió Benedetti, todo depende del dolor con que se mira.

Pero donde encuentro la argumentación más polémica, es en el viejo debate de los preceptos universalistas. Desde diferentes espacios teóricos, se pensaba que la relatividad cultural (y personal), era la que centraba ahora la discusión, desplazando la idea de que las posturas debían ser hegemónicas. Feyerabend, Lyotard, Kuhn. Todos coincidieron de una u otra manera en que el mundo ya no podía entenderse en matices monocromáticos. Que la pluralidad debía venir de comprender nuestra diferencia, y así partir desde las nociones diversas del mundo. Punto que comparto profundamente, pero que a veces no me tiene tranquilo. Creo que, de verdad, debemos de comenzar a cuestionar las bases racionales que se nos impusieron (o nos impusimos, para ser más complaciente). Incluso ahí estamos comprendiendo una vez más el sentido de la crítica. Pero creo que también es parte de nuestra responsabilidad entender la realidad en términos más universales. Ser racista y machista a la vez parecen efectos demasiado radicales para un librepensador. Pero sin duda tarde o temprano se encontrará en uno. ¿Cuál argumento defendemos cuando queremos ampliar el sentido y el impacto de la crítica? Tenemos, como un acto de valentía más que de inteligencia, argumentar en términos universalistas en lo que creemos. Defender al humano, a lo que representa, a lo que construye. Ser estigmatizado por fracciones ideológicas no es un malestar mortal. A veces hay que salir sin miedo y expresar nuestra inconformidad aunque esta no represente el interés de todos.

Tenemos que ser más críticos. Construir más propuestas epistemológicas que cuestionen las cosas tal como están. Retomar esa interrogante planteada por Boaventura de Sousa Santos que nos dice que si el mundo está tan mal, y somos concientes de eso, porqué no cuesta tanto construir propuestas teóricas más críticas (argumento que no me canso de citar).

Nuestra responsabilidad ante la crítica ya la dijo el historiador argentino Osvaldo Bayer (quien tampoco me canso, y espero no cansarme, de citar) en lo referente a nuestra responsabilidad ante la utopía. Debemos ser más críticos, pero también más observadores. No se trata de comenzar el griterío descontrolado a eso que nos amenaza, sino de reflexionar las palabras y las acciones. ¿Una crítica silenciosa? ¿Por qué no? Hay que comenzar ya, y el principio se encuentra en la escritura, nuestro primer hogar. ¿Cómo se inicia frente a la hoja en blanco? Con una idea, que, como todo pastel, se cocina con cuidado y paciencia.


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