En el mundial de Sudáfrica 2010, un periodista de deportes utilizó esta bella e inspiradora expresión para referirse al director técnico de Francia de aquel momento, Raymond Domenech: un idiota culto y realizado. En México lo debemos recordar con alegría, porque fue unos de los cómplices para que la selección mexicana le ganara a aquel equipo que tuvo en sus filas a jugadores como Youri Djorkaeff, Lilian Thuram, Michel Platini y Zinedine Zidane. La expresión no es de él, y por el momento no vale la pena recordar a aquel arriesgado arquitecto que la ideó y dijo por primera vez. Y es que en el contexto aplicado a Domenech, la frase hacía alusión a un hombre que prefería llevar a sus jugadores a ver obras de teatro de Chéjov y alinear sus equipos de acuerdo a cartas astrológicas, que en los medios se presentaba como un hombre que dedicaba más hora a leer que a ver partidos de fútbol, pero que jamás ponían a un Escorpión en la defensa (¿O era Capricornio?).

El idiota culto y realizado debe entenderse como un síntoma recurrente. Algo que nos habita. Puede llevarnos a los rincones inexplorados de una librería, por ejemplo, y dejarnos secos al día siguiente por la resaca. Nos invita a reconocernos en nuestra bipolaridad constante (si es que se me permite ese término). Es la expresión que durante la Ilustración, los hombres de los cafés que discutían la grandeza posible del ser humano, no podrían haber entendido. Porque hace referencia que no somos seres racionales constantes, sino dispositivos ambivalentes que se mueven entre la grandeza y la humillación. Que la inteligencia es un bien necesario y un mal innegable. En un episodio de Los Simpsons, el ricachón señor Burns le reclama al abuelo Simpsons cómo puede ser posible que no pasen cinco minutos sin que haga algo que lo humille. Entonces sus pantalones se caen, en el centro de un panteón y bajo la lluvia, y pregunta: “¿Cuánto tiempo pasó?” Así de rápido y simple.

El objetivo sería saber si debemos evocar a nuestros antepasados para confiar en la delgada hebra de la racionalidad (y el que lo logre, le regalo un pastel de tres leches); o, en su efecto, reconocer que dentro de nosotros vive un idiota culto y realizado, que se mueve entre los océanos de lo sensato y lo insensato, no importa quiénes seamos y bajo que linaje vivamos.

AG.

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