Dedicado a quienes no podrán ver los mejores buenos día que vienen

Nadie puede decir que la vida de un pato es fácil, y menos un humano egoísta que se pasa toda la vida siendo un humano.

No, la vida de un pato nunca es fácil, y, en caso que lo fuera, no debería correspondernos a nosotros juzgarlo. Y es que con tantas cosas alrededor de la ciudad en donde vivimos, se nos ha olvidado preguntar por ustedes. Tal vez porque creemos que somos los únicos que sufrimos gravemente, mientras ustedes se la pasan nadando en el agua, preocupados de comer y dormir lo suficiente. Incluso llegamos a pensar que si tienen un problema con algún hermano pato, sólo se mueven a otra sección del parque. Lo cual sigue siendo ese pensamiento egoísta de humanos insolentes. Incluso hemos llegado a pensar que todos los patos son iguales, y, por lo tanto, todos deberían llevarse bien siempre. Si uno de ustedes enferma y fuera retirado de su lugar habitual, no nos importa pensar en qué lugar lo recogimos: lo dejamos en un montón de otros patos que tal vez ese pato enfermo nunca había visto en su vida. Entonces, además de convaleciente, no tiene a ningún amigo cercano con quien compartir sus experiencias, para luego andar solitario picando en el suelo una comida que no pretende encontrar

Qué pena me da mi especie cuando me comparo con ustedes y la manera en que los hemos convertido por nuestra necesidad de no tomarlos enserio.

Recuerdo aquella vez que Mayra y yo íbamos corriendo cerca del lago artificial y encontramos el cuerpo de un pato tirado junto un árbol, muerto, con la cabeza hundida en el agua. Por varios días el cuerpo permaneció ahí, estático, pegado al árbol y con la cabeza en el agua. Nadie se había preocupado por recogerlo, y nosotros tampoco nos molestamos en avisar. En ningún momento nadie midió las consecuencias de estas acciones en la comunidad patuna del parque.

Qué pena me da ahora que lo recuerdo.

Porque no hemos comprendido qué es ser un pato en una ciudad como esta. Sabemos qué es ser ingeniero, panadero, mujer golpeada, obrero de maquila, cura, violador, hotelero, narco, sicario, policía, soldado, incluso sabemos qué es ser pocho y chicano, jarocho y torreonero. Pero nunca un pato. Y nuestra única comprensión se reduce a “qué bonito pato, mamá” o “mijito, llévale este pedacito de pan”. O sólo “pobrecito, se murió”, para luego subirnos al automóvil y meternos en la ciudad humana que hemos construido. Una ciudad humana en la que a veces no podemos vivir ni siquiera nosotros. No quiero pensar cómo lo hará un pato.

Qué pena nuestra ciudad humana inadecuada para todos.

Pero lo sé, y por eso mismo, de un tiempo para acá, he tratado de comprenderlos. Tal vez por la razón que yo también me siento como un extraño aquí, no igual a un pato que camina perdido en una ciudad llena de motores y luces, pero algo parecido. Siento que deberíamos detenernos un poco a escucharlos para preocuparnos más por ustedes y menos por nosotros. Tal vez necesitamos más patos y menos Prozac; más pan molido y menos deudas; más lagos artificiales y menos maquiladoras; más cuac cuac y menos bang bang.

Fragmento del capitulo Entorno al mundo, de La mirada indiscreta: sobre la vigilancia anticipada.

By having this war on terror, you can never win it… So you can always keep taking people’s liberties away… the media can convince everybody that it’s real, N. Rockefeller a Aaron Russo

La pregunta inocente que se debe hacer en un principio es, ¿por qué una guerra contra el terror? El miedo a un enemigo invisible, imperceptible, pasa rápida y tajantemente en los medios y discursos políticos de las naciones más poderosas del mundo. Se perciben fantasmas habitado una pantalla; no ellos, pero sí las consecuencias de sus acciones. En la prensa rara vez se ve el rostro de un terrorista, a excepción de los rostros con los que nos familiarizamos, pero sí el de las víctimas. Es una depuración del enemigo imperceptible, mientras los desastres son vistos de manera cada vez más cercana, con más minuciosos. Esa pregunta inocente, entonces, aclara una visión oscurecida por la falta del enemigo real. Se le conoce y no; se sabe dónde habita, pero a la vez no existe el lugar en dónde encontrarlo: la referencia de una guerra contra el terror hace honor a su nombre, pues todo gira alrededor del terror mismo. La frase <<nadie está seguro hoy en día>> surte el mismo efecto que lo dicho desde la televisión con la proyección de una imagen catastrófica.

La guerra contra el terror tiene la peculiaridad de que es una guerra entorno al miedo: las figuras representadas como un enemigo anónimo e invisible son siluetas que se persiguen a lo lejos, en donde es imposible llegar, pero que amenaza lo interno de la seguridad del primer mundo. Benjamin Barber escribe: “El miedo no responde tanto a lo que acaba por suceder, sino a lo que se promete, y convierte el esfuerzo por defenderse del terrorismo en su principal instrumento, que se refleja en medidas como la de codificar los niveles de peligro […]”[1]. No quiere decir que <<la guerra contra el terror>> inventó o reivindicó el miedo: el miedo al extraño, al extranjero, al enemigo permanente, lo podemos ubicar desde muchos años atrás. La guerra contra el terror le dio otra cara al miedo: no sólo se trata del hombre anónimo, quien funge un rostro obligado para conocer tentativamente a quien nos ataca, sino que vulnera la existencia humana ante sí mismo; el otro, que era un extraño perceptible, ahora es inaprensible, escurridizo. Por eso la guerra contra el terror pretende ser una acción más allá del enemigo, la sensación que se produce por su cercanía. El cuerpo, la mente, la familia, las propiedades: todo está amenazado. El terror al que se le ha declarado la guerra no acabó con la normalidad de la vida del primer mundo, sino que hizo una pequeña fisura en la aparente firmeza. El Estado sigue creyendo en ese viejo <<nosotros>> del siglo XI, que la nación y sus entornos siempre deben ser el objetivo de lucha: la seguridad del ciudadano promedio es la seguridad del ciudadano promedio, una búsqueda del sujeto vigilante que debe sentir confianza en su Estado.

Recordemos las situaciones que surgieron del 11 de septiembre en Estados Unidos en apoyo a las tropas que iban en busca de los criminales que amenazaban la libertad y la democracia: el caso típico, utilizado por Žižek, es la niña, hija de un soldado, que admite tener miedo que su padre muera en la guerra, pero que a la vez está dispuesta a aceptarla por su país. Por eso esta <<guerra contra el terror>> es la guerra de los ciudadanos temerosos: ellos son los soldados y burócratas, no son la ausencia de un Estado que opera de la nada (¿no es la lógica inversa del terrorista anónimo que es sin ser, a un Estados que existe sin existir?). Por un lado,  <<la guerra contra el terror>> es el efecto de un Estado que extiende su vigilancia hacia fuera (una nueva ruptura del adentro), que persigue la inseguridad en los lugares donde se genera; pero por otro, está el sujeto temeroso que construye la comunidad en donde cede su libertad por la seguridad que le otorga el hermetismo de su nosotros, pero que constantemente se desdibuja el espacio del afuera y el adentro, como lo escribe Zygmunt Bauman[2]. Este sujeto temeroso, no el Estado invisible, es quien va a la guerra (la que viene como consecuencia de la guerra contra el terror), ve la televisión, compra alarmas para el coche y los seguros de vida, sale temeroso por las noches y no duerme por esperar a sus hijos a que regresen a casa. Quien se enfrente a los no-lugares, de acuerdo con Marc Augé, en donde transitan las normas de seguridad más estrictas (a falta de un contacto social menos estrecho, la sensación de peligro es mayor y, por lo tanto, las actitudes son más frías y controladas): recordemos que estos no-lugares, propuestos por Marc Augé, son ” […] tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales, o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan los refugiados del planeta…”[3]. Espacios donde la <<guerra contra el terror>>, la que se pelea desde la interioridad del país, tiene sus mayores repercusiones en el sujeto vigilante temeroso: el aeropuerto tiene ajustes de seguridad más estrictos, los centros comerciales (o los lugares en donde hay gran circulación de personas) se convierte en fortalezas de observación, mientras los espacios de convocatoria momentánea, como festivales de música o competiciones deportivas, están resguardados por complejos operativos de seguridad. Recordemos las Olimpiadas organizadas en China, donde los competidores tenían que seguir normas precisas de seguridad, además de las medidas tomadas por el gobierno chino como parte del plan de seguridad a los juegos[4].

Incluso podríamos contraponer estos no-lugares de Augé con la comunidad ética de la que escribe Bauman, con relaciones a largo plazo y compromisos obligatorios y fraternales. Aunque el mismo Bauman, a diferencia de Augé, sí denomina a las relaciones de tránsito de los no-lugares como parte de una nueva comunidad, el concepto de no-lugar, que realmente se refiere a un espacio en concreto, se ajusta de mejor manera: el no-lugar es amenazado, de cierta manera, por un no-humano, o, en otras palabras, por un no-nosotros. El individuo temeroso, entonces, pasa por normas de seguridad en lugares donde no es él propiamente, sino sólo un transeúnte, un objeto de paso. Mientras la Unión Europea continúa aumentando las medidas de seguridad en los aeropuertos, el sujeto, que ve en los dos focos de la cercanía y la lejanía su entorno, debe aceptar silenciosamente: no porque cualquier acción contraria sería inútil, sino por la simple razón que todo es hecho por su bien y seguridad. ¿No son las imágenes televisadas de las detenciones de terroristas el ejemplo más claro que <<la guerra contra el terror>> debe continuar? No porque se vaya ganando, sino que es un efecto que permite mantener su continuidad.

Probablemente lo único coherente que podemos encontrar en <<la guerra contra el terror>> son las teorías de la conspiración. Imaginemos un típico video de conspiración en la Web: inicia con una pregunta irónica que cuestiona directamente algo que es tomado como real, para luego responder directamente lo contrario ¿Cuál es la diferencia entre la paranoia institucionalizada de un medio de comunicación y los videos provenientes de las teorías de conspiración? La televisión institucionalizada, como dice Benjamin Barber, la que habla como extensión del Estado, funciona siendo un foco de paranoia colectiva: el riesgo que conlleva la decisión del sujeto expectante recae repentinamente en él, debe decidir su futuro que no es, finalmente, su decisión. La teoría de la conspiración sigue la misma fórmula. Es una visión desviada de la realidad, que dice lo que nadie se atreve a decir: la verdad detrás de los hechos reales. Ambos toman elementos del mundo real, que luego deshacen o reconstruyen: unos desde la legitimación de ser un poder real fáctico legal, mientras el otro se rodea en la sospecha. Esta última cuestiona la visión legitima: esto es lo que nos han dicho que pasa, pero realmente es esto otro. La conspiración repetidamente cuestiona la visión institucionalizada de la realidad: intereses políticos, económicos o de poder mueven al mundo, donde el espectador tiene que elegir una de las verdades contrapuestas.

Aaron Russo, cineasta de origen italiano que hizo una importante carrera en Estados Unidos, se ha convertido en un referente en las teorías de conspiración actuales: amigo de un Rockefeller que le confió abiertamente que habían sido los bancos nacionales de Estados Unidos los que inventaron el movimiento feminista y las mentes perversas detrás del 11 de septiembre para crear una guerra contra el terror que luego crearía una paranoia colectiva para introducir pequeños chips dentro de cada individuo. Russo no es así mismo un elemento de conspiración: cree en lo que ha escuchado, y donde ve la conspiración es el acto mismo que se toma como real. ¿No es la teoría de la conspiración la postura más subversiva frente a la <<guerra contra el terror>> y sus explicaciones, en donde el enemigo invisible y anónimo desaparece aún más frente a un teatro que se ha montado para engañar al mundo? La teoría de la conspiración busca la verdad acabando con la mentira de lo que es tomado con naturalidad como lo real. Slavoj Žižek nos dice que las teorías de la conspiración no deben tomarse como <<hechos>>, pero tampoco ignorarse, pues describen una realidad paranoica desde una realidad cada vez más paranoica. La guerra contra el terror no tiene, en su esencia institucional, el tinte de una conspiración (que talvez no lo sea), pero en su contraparte obscena podemos encontrar la narración de una paranoia real (donde tampoco se asegura que la teoría de la conspiración sea real o falsa, pero que sí sirve como un medidor de la paranoia real). En este sentido, no se trata de perseguir la verdad detrás de las cosas mismas, sino de comprender que ambas acciones tienen un fin de desconfianza. Talvez ahí radica la coherencia de las teorías de la conspiración en la guerra contra el terror: son tan incoherentes con lo “real”, que demuestran que algo se ha salido del orden de lo normal. La verdad se anula, por lo tanto, y sólo queda la sensación de duda: no en un sentido estricto, pero sí perceptivo. Esa persecución subversiva de la verdad por parte de las teorías de la conspiración asoman una verdad incierta: cuestionan lo que no somos capaces de comprobar, y lo llevan a un estado de máximo incierto.


[1] Benjamin Barber, El imperio del miedo. Guerra, terrorismo y democracia, Paidós, Barcelona, España, 2004: 29.

[2] Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Siglo XXI editores, España, 2003.

[3] Marc Augé, Los no lugares. Espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad, Gedisa editorial, Barcelona, España, 2000: 41.

[4] Periódicos a nivel internacional destacaron, a lo largo de la estancia de los juegos en el país asiáticos, las estrategias de seguridad por parte de la organización y el gobierno chino principalmente después de un atentado a una comisaría de policía donde murieron 16 personas: The New York Times, “16 killed in attack on Western China Police Station”, 4 de agosto de 2008, http://www.nytimes.com/2008/08/04/sports/olympics/05china.html?_r=2&ref=world&oref=slogin&oref=slogin: pagina visitada el 4 de agosto de 2008.

 

No se puede imaginar una historia sin Dios. Sería imposible; o no sería, es más. Se puede contar una anécdota: la recurrencia a personajes y momentos pasados, secuenciando los acontecimientos. Pero luego vendría la deserción: los lugares vacíos. Presentamos nuestra vida en ausencias de cosas que no deberíamos contar: omitimos nuestro derecho a escribir nuestra vida (es decir, el derecho a darnos un espacio para narrar, como escribió Homi Bhabha), pues la construimos a partir de las cosas que olvidaremos decir. Hablamos de nosotros en pasado: fui, dejé de ser, esto; pero, luego, nuestro silencio hablaría por nosotros: no fui, ni pude ser, aquello. Por eso no se puede prescindir de Dios, porque es el recuerdo de lo que callamos cuando hablamos; de lo no-dicho. Como sacar una fotocopia: en el centro está el objeto duplicado, pero en los bordes, rodeado de una oscuridad acallante, el mundo. ¿No es éste borde oscuro de la fotocopia la mejor explicación de la historia no contada? Tal vez Susan Sontag tenía razón cuando nos decía que la fotografía no se termina en la delimitación de la imagen captada.

Por eso no deberíamos imaginar una historia sin Dios, sin sus silencios. Y cuando lo hagamos, y la voz interna se calle, y la música comience a sonar, entonces Dios, el que no habla, dirá las cosas que nunca dijimos.

¿No es lo mismo que sucede hoy con el mundo? El historiador Michael Burleigh admite no tener mucha fe en el diálogo: de qué voy hablar con alguien que sólo sabe comunicarse con su poder y su fuerza. El olvido del silencio (de lo que no decimos), es el olvido de que las voces se pueden extender infinitamente. ¿Quién escucha al mundo cuando habla? Dios, porque es el único que calla. Nos queremos quitar el derecho al silencio, por eso hablar se confunde con empalmar ruido.

Recordemos cuando Jesús dice: ¿Padre, por qué me has abandonado?, ¿no es la expresión última del hombre que pone su fe en entredicho por su misma fe? Cree, pero no está tan convencido en la fuerza ilimitada de Dios. Sabe que está presente, pero incapaz; tal vez sólo observando cómo las cosas se han salido de control. Se le escapó de las manos y se ha convertido en un testigo silencioso de su descuido.

Aunque queda la lectura que hace Slavoj Žižek, quien dice que el que muere en la cruz no es Jesús el hombre, sino Dios, quien ahí se vuelve igual a su creación: se hace consciente de sus límites, de su abandono. Y cuenta el caso del padre que duerme en la habitación continua en donde vela a su hijo muerto, tratado por Freud. El hombre sueña que su hijo se acerca a él envuelto en llamas y le dice: ¿Padre, qué no ves que me estoy quemando? Entonces el hombre despierta y ve que una vela se ha caído en el brazo del niño. Dios, visto por Žižek, quien se rodea de misterio, es también un misterio para el mismo Dios. El hijo que lo despierta, que no es sólo el padre, lo hace volver en sí: le revela el misterio de lo que no ha dicho. Lo hace reconocer su imperfección humana en su divinidad religiosa a través del silencio del sueño. Entonces la figura del padre se desvanece: no hay un Dios, ni un hijo. El silencio de Dios se vuelve nuestro silencio. Pero, ¿por qué seguir pensando que cuando Cristo dijo el por qué me has abandonado, debemos creer que somos nosotros, y no el mismo Dios en nuestros silencios?

Estaba leyendo el blog de Hal Turner, un yanqui paranoico fatalista, por recomendación de Beto, y me di cuenta que para ellos (¿quiénes?, no sé, pero para ellos), no puede existir la ausencia, ni el silencio. No están conscientes de la letárgica de Javier Roiz, y se convierten en vigilantes histéricos. Hal Turner dice que para el verano de 2009, Estados Unidos caerá en bancarrota, y el país será un caos. Incluso recomienda comprar un arma por seguridad, pues la gente comenzará a matarse por comida. Tal vez en algo tenga razón Turner: la gente mata de hambre. Pero no es lo mismo que Žižek recrimina en Bienvenidos al desierto de lo real después del once de septiembre cuando dice:

“O los Estados Unidos persistirán en, incluso fortalecerán, la actitud de “¿Por qué debería sucedernos esto a nosotros? ¡Cosas como estas no pasan AQUÍ! “, Actitud que, por supuesto, aumentará la paranoia y, por lo tanto, el grado de agresión hacia el temible Afuera. O América finalmente se arriesgará a caminar a través de la pantalla fantasmatica que lo separa del Mundo Externo, aceptando su llegada al mundo Real, haciendo un largo y atrasado movimiento de superar el “esto no debería suceder AQUÍ!” para acceder al “esto no debería suceder en NINGUNA PARTE!”.

Y es que para ese Dios (no soy religioso, para nada, lo pongo como nota) la democracia es el silencio, como para Žižek se tiene que callar de vez en cuando.

…vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo, Jorge Luis Borges, El Aleph.

Hace un par de semanas escuché en el radio que algunos analistas había llamado a esta crisis económica global como <<efecto mariposa>>. Y es que desde 1929 el mundo no se había sacudido tanto y tan fuerte: las bolsas de todo el mundo cayeron, monedas se devaluaron, se cerraron los créditos, bancos históricos se declararon en bancarrota o fueron absorbidos por otras compañías o el Estado. Los periódicos del mundo hablan sobre las caídas en la bolsa japonesa, la inyección de cantidades millonarias por parte de Italia, la ayuda dada por Estados Unidos a los bancos que dieron créditos irresponsablemente, la subasta de dólares para no devaluar el peso por parte de México.

Y los analistas llaman esto un efecto mariposa.

Talvez la ironía venga en pensar que hasta hoy hemos tenido un efecto mariposa. Cuando a Lorenz le llegó sorpresivamente la idea de que una diminuta alteración en un recorrido sometido a largo plazo, afectaría sustancialmente su recorrido, no fue para nombrar lo que no existía: le dio nombre a lo que era él, y nosotros, y el mundo. Ni siquiera descubrió (pobres los que piensan que descubren cuando ven algo); el efecto mariposa lo descubrió a él. Las mariposas que respondían sus preguntas sobre el clima atmosférico llegaron para iluminarle.

En una entrevista a Gabriel García Márquez, le preguntaron sobre cómo se había encontrado con las fantásticas escenas de Cien años de soledad: las mariposas, por ejemplo, dijo, eran reales; cada vez que entraba el plomero a la casa, era seguido por un montón de mariposas amarillas. ¿Por qué pasaba esto?, talvez porque pasó un par de veces. Porque las mariposas bien pueden volar en cualquier parte, y de hecho lo hacen. No por la libertad de hacerlo, sino porque siempre está la posibilidad de que así sea.

El efecto mariposa de la crisis económica es sólo el pretexto de regresar a lo que ya nos habían dicho: El vuelo de una mariposa causa un efecto en su entorno, y si las mariposas vuelan por aquí y por allá, entonces siempre estamos en riesgo de ser perseguidos por una y quedar a la incógnita de su aleteo.

Cuando Paul McCarthy y John Lennon  eran buenos amigos, discutieron sobre una canción. La discusión fue tan acalorada que los dos comenzaron a ofenderse. John, que en ese tiempo ya tenía sus lentes de ruedita, se los quitó, y le dijo a Paul: soy yo: John. No sé bien qué respondió Paul, pero la discusión se acabó y compusieron una gran canción (¿cuál? No sé, pero era una bastante buena, de acuerdo con Selecciones).

Lo que me lleva a pensar en que finalmente, cuando las cosas se ponen feas, y los <<expertos>> dicen la analogía que siempre había estado detrás de nosotros, persiguiéndonos como mariposas amarillas, lo único que nos queda por decir, quitándonos los lentes o el sombrero: soy yo, y siempre había sido yo.

Por eso las mariposas vuelan por cualquier parte, porque nadie vino a descubrirlas, sino a encontrarlas. Y como siempre somos nosotros, con todas nuestras letras, en un mundo que siempre es él, entonces sentimos que su aleteo nos va a llevar, como en El mago de Oz, a volar por los aires. Pero no, las cosas siempre se quedan aquí.

Ver el Aleph es abrir los ojos bien grande; es ver el universo como es, y ha sido. Nadie descubrió el misterio, se encontró con él.

Despertar. Lo primero que vemos al despertar es la oscuridad detrás de nuestros parpados. Todo lo demás viene por añadidura. Como si los ojos, recién descubiertos, inventaran el mundo. Lo construyeran con bloques de realidad que poco a poco van dando forma a lo que vemos. Despertar es sólo el primer paso de una complicada lista de pendientes del día. Respirar, tragar saliva, comer, caminar. Luego viene la articulación de palabras: cada fonema es una experiencia nueva, inventada en el momento en que ocurre. Se hilan nuevas palabras hasta formar una oración. Luego se comparten, y se pasa a un nuevo estado de vida: se escucha, y luego se habla de nuevo, construyendo frases sencillas o complicadas. Se habla del clima o la comida, de un libro, de la gente, de la película de ayer.

Se sale a la calle en busca del camino indicado. Las opciones son infinitas, se podría tomar cualquier dirección, formulándola con otras direcciones que luego darían resultados nuevas fórmulas. Se podría construir un mapa con los pies sólo yendo por las calles, marcando los sitios en donde estamos y las direcciones que tomamos. Se puede coger el camión o el metro (si en donde estamos hay camiones o metro), luego se anda por la calle moviendo los pies de atrás para adelante. Los dedos se aprietan cuando se hace el esfuerzo de arrastrar la pierna, y luego el glúteo sirve como liga para conservar el ritmo.

Nos podemos detener y seguir: cada paso es una sensación definitiva, decisiones que conforman una red de opciones y caminos.

Luego se sienta uno en el parque. Mira las aves, o los niños corriendo. De nuevo se construyen mundos que no responden más que a impulsos impredecibles de niños que van por un lado a otro, sin la sensación de que alguien les diga dónde.

Pero todo comienza con despertar. Luego pasa por procesos caóticos de construcciones. Se puede ir por cualquier lugar, decir cualquier cosa, sentir o dejar de sentir (si se tiene la habilidad para hacerlo) de cualquier sensación.

Cuando nos sentamos a escuchar la historia de nuestra vida, vemos el resultado de un caos constante. Espacios de incertidumbre que van poco a poco construyendo la historia.

Negri decía que los instantes son eternos espacios de historia: ¿quién construye su vida desde la totalidad?

La vida es un caos entrometido. Es la sensación de que por aquí ya anduve, pero con la mente despejada de cualquier duda que así fue.

Cuando era niño, recuerdo que mi mamá decía: “siempre que vayas a otra casa, debes comerte todo lo que te sirvan”. Vale, decía yo, ya con mi falso acento español. Así que si ponían un plato de grillos oaxaqueños, no había fijón, me los comía gustoso. Digamos que era, por la educación que tuve, de esos que a donde va hace lo que ve. Y como soy bastante adaptado, nunca tuve problema. Si la gente brinca, entonces brinco. Si aquí se celebra el año nuevo tirando la ropa vieja por la ventana, adelante, a tirar la ropa. Pero hay cosas que, después de un tiempo, ya no podemos soportar de la misma manera en que lo hacíamos antes. Particularidades culturales o personales que son tan difíciles de digerir como un bocadillo catalán.

Y, a decir verdad, estoy en un punto muy poco flexible de mi vida. Aún conservo la actitud polifacética, pero marco mucho mi línea. Como si una regla me separara de manera gradual, dependiendo las circunstancias. Lo más extraño es que soy racista, por ejemplo, sólo para los que se sienten ofendidos (racista por tomar distancia, que ironía). Incluso soy precavido cuando hablo, pues hay gente allá afuera que no quiere que se les toques (teórica o culturalmente), pero tampoco quieren ser ignorados.

Por lo que mi cambio, creo yo, tiene que ver con una dosis más cargada de honestidad. La comida, por ejemplo: cuando digo no, gracias, la verdad no me apetece en lo más mínimo su comida tradicional, es porque en verdad no me apetece. Podría comerlo, no me cuesta nada, pero no quiero. Hay quienes lo toman de buena manera, bien por ellos; pero otros no, sienten que es una grosería. Digamos que hay que probar de todo: una vez probado, entonces podemos comprobar que el platillo sabía peor de como se veía.

No, ya no, no hago lo que veo. Me gusta quedarme en un espacio casi neutral (no objetivo, sino neutral, como un vacío). Me niego a la comida como me niego a otras cosas que no me convencen. No quiero entrar en discusiones que, por mucho, no conozco, y, a decir verdad, no me interesa saber (como los indígenas, no es que piense que es ridículo dedicarles la vida, sólo que en lo personal no me llama para nada la atención, aunque estudie sociología. Pero, bueno, por eso es una disciplina tan amplia como para no hablar de agricultura, que tampoco me interesa, ni de los indígenas. Y decir que los nacionalismos en España se me hacen la cosa más ridícula que he escuchado del primer mundo, por ejemplo).

Puedo sonar autoritario, pero en este punto de inflexibilidad me viene valiendo poquito más que un pepino. No soy un ciudadano mundial. No creo en eso, no aún. No soy un chico cosmopolita, de hecho me patea esa palabra. Y no soy comunista, no soy de izquierda (¿quien sea realmente de izquierda que tire la primer piedra?), no estoy en contra del capitalismo, o del neoliberalismo, o de la OMC, sino del mundo como es (“Participar en la destrucción del mundo existente y abrir los ojos hacia el mundo venidero”, Bataille), porque si me levanto en contra del capitalismo no me asegura que mi levantamiento será también un rostro del capitalismo desterritorializado (como lo explica Zizek en lo referente al capitalismo global y la ideología).

Lo único que hago es ser más yo, más universal, si puedo. Y para ser universal trato de ser menos de todo, que, finalmente, termina siendo un error sustancial (porque ser de todo, como un silogismo aristotélico, concluye en alguna contradicción de las partes que integran el todo).

Mi distancia, es verdad, de alguna manera me protege. Es una zona de seguridad que me aleja del ruido de las cosas. Y entre mayor distancia, más tranquilidad para mi cabeza. Pienso que de alguna manera deberíamos recuperar al Bataille que no era de la comunidad. O el Nietzsche que buscaba liberar a la humanidad a través de su propio egoísmo.

Como soy una rata vil, tomé robadas las fotos de mi prima, Miriam Chico, por si quieren ver su lado artístico: aquí.

En una de estas famosas escenas de la primer entrega de El Padrino de Francis Ford Coppola, vemos a Vito Corleone esperando a una fila de personas con la intención de pedirle algún favor. Asesinatos, dinero, protección… A cambio, por supuesto, porque siempre hay algo a cambio, el padrino pide lealtad a la familia y un trato respetuoso hacia él. ¿No es este accionar una clara representación de la obscenidad política propuesta por Slavoj Zizek[1] que sirve como base a al estructura legal, y una postura contrapuesta a la política del espectáculo de los posmodernos como Maffesoli y Lipovetsky[2]? Debería ser la política en su forma más simple y real. No con los protocolos televisivos, ni los discursos preparados, sino una acción utilitarista sencilla en donde los hombres de poder se unen para hacer los pactos diplomáticos con el necesitado. Es, sin duda, la representación del poder fáctico ilegal.

Puede sonar controversial, pero sin duda esto es lo que México y Ciudad Juárez necesitan. La razón principal es la de no terminar siendo un intelectual más, de estos que Zizek acusa con el “seamos realistas, pidamos lo imposible”, en donde sólo se pide lo que no se puede alcanzar para mantener una forma de vida. Es verdad que por mucho tiempo hemos padecido esto, incluso en la actualidad persiste, por eso necesitamos que los líderes del narcotráfico intervengan de manera más inteligente entre ellos.

Las figuras recreadas por Mario Puzo, autor de las novelas que luego se convertirían en la trilogía hollywoodense, son personajes tomados, si se quiere, de la realidad nacional. Esto nos lleva a pensar en una pregunta que surge con la analogía: ¿realmente necesitamos policías o gobiernos que detengan el narcotráfico o un Vito Corleone generalizado capaz de organizar las mafias?

Recordemos otra escena: cuando Sonny, el hijo de Vito Corleone, es asesinado salvajemente por una familia contraria, la reacción es simple y dramática: llamar a todas las familias para detener la guerra. O, en otros términos, “Deja el arma, toma el cannoli”, es decir, corta el problema y hablemos. Talvez estoy siendo víctima del miedo. Es lo que menos me importa en este momento, porque todos en esta ciudad, en ciudad Juárez, están sumidos en el miedo.

Así que vayamos al grano: el problema del narcotráfico en México no es la droga (lo es, en un sentido figurativo, pero no es lo que nos preocupa tanto en este momento, porque la droga existe y, probablemente, existirá por siempre), sino las consecuencias perversas: asesinatos, extorsiones, corrupción, impotencia. La medida normal que los gobiernos toman es una lucha frontal, la guerra declarada. Lo cual no está mal, al contrario, está obligado a tomar este tipo de medidas, sólo que terminan siendo batallas ridículas que no concluyen nunca.

Vamos, ahora sí seamos realistas: lo que necesitamos es un Vito Corelone, o una mejor organización de las cabezas de los grupos de narcotraficantes. Y es que los que estamos en la ciudad sitiada, esta de la que habla el sociólogo Bauman, sabemos que la batalla se está perdiendo y nosotros, los ciudadanos desperados, no sabemos qué hacer. ¿Apostar por una seguridad pública más exigente, cediendo en mayor medida nuestra libertad? Algunos dirán que sí, y está bien, pero habrá un límite. Nos podemos esconder, podemos huir, pero nunca estaremos totalmente fuera de la línea de fuego.

Yo ya me di cuenta. Me di cuenta que el sueño de Mario Puzo se está convirtiendo en la única esperanza de Juárez.


[1] Es pertinente remarcar que la obscenidad destacada por Zizek tiene que ver con estos usos y hábitos que de alguna manera coexisten con la estructura real, es decir legal. Un ejemplo utilizado por Zizek es el ejercito: por un lado existen reglas a respetar, cargos, términos, jerarquías; por otro, un lenguaje soez, apodos, sentidos distorsionados.

[2] Muchos ven con desconfianza esta política del espectáculo, pues se sirve de elementos discursivos y de simple simulación para resolver problemas reales.