Yo voy a votar por nadie, definitivamente. Creo que hace tiempo no estaba tan seguro de algo, como en esto.  La razón—o debería decir, las razones—es muy simple: porque se puede, es decir, es una figura política real, y porque estoy cansado de que de otra forma no suceda nada por parte de la clase política que ha monopolizado el accionar del poder.

La primera razón, que más bien sería la primera parte de una única razón, tiene que ver con la visión que comparto con otras personas de que anular el voto es una acción política necesaria. No se trata solamente de abstención, que de alguna manera refleja la poca confianza en el sistema democrático, sino de expresar que ninguna de las opciones que se nos dan abiertamente nos convence.  Porque si hacemos un viaje introspectivo de la democracia, no encontraremos con lo que Slavoj Zizek llama la “libertad obligada”, la cual argumenta desde una crítica a las propuestas del riesgo y la tercer vía de los sociólogos Anthony Giddens y Ulrich Beck. Para Zizek, la propuesta de estas teorías es que la supuesta libertad que se nos otorga en la actualidad se encuentra condicionada siempre para que escojamos la respuesta correcta. Abiertamente somos libres de escoger a cualquier candidato (así como somos libres de cambiar de empleo rápidamente o de preferencia ideológica…), pero siempre que escojamos  bien. De otra forma, el accionar de nuestra elección democrática es sólo una ilusión. Sin estar completamente de acuerdo, aceptamos que las opciones que llegan sean las opciones de quienes han decidido por nosotros. De ante mano están de acuerdo que ellos son los mejores y más competentes candidatos ante nuestra libertad. Al salir a la casilla y llenar la boleta, nuestros grados de libertad son tan pocos, que sólo podemos pretender accionarla escogiendo lo que nos queda.

¿No se convierte así la no-elección en un verdadero acto de libertad al escoger la única opción no condicionada? Llevemos el término no-elección al utilizado por Michel Maffesoli de la no-acción como una propuesta verdadera de acción crítica. La no-acción consiste en no hacer lo que tenemos que hacer. No sólo no respetar las reglas que no hemos decidido jugar, sino hacer todo lo contrario ante la imposición ideológica: hacer sin hacer nada. Esta acción contestataria la encontramos de manera gráfica en Job, el personaje bíblico, quien adopta una postura estática como accionar a los problemas que le acechan. No cae en provocaciones, no duda, no cuestiona su fe. Sabe que la única acción posible es la de no hacer nada. En éste sentido, la no-elección, o la propuesta de elegir la ausencia, es un ejercicio completamente propio. La ausencia es, en pocas palabras, la única figura política verdaderamente democrática.

Elegir la ausencia no sólo debe ser llamado anular. No, creo que más bies esto es  un error semántico terrible. Anular suena como a neutralizar, envolver en una consigna fría. Mi voto no está nulo, al contrario, está parcializado, vivo, tiene una intención bastante clara. Dice muchas cosas, como, por ejemplo, que no estoy de acuerdo con lo que los partidos políticos hacen del poder y con la preocupación mediática e interna de la clase política por resolver o enaltecer sus diferencias ideológicas en vez de una verdadera preocupación por el país.

Estaba pensando, por último, enla delicada situación por la que pasa Irán en este momento. Porque nosotros, o yo, entre muchos, buscamos un voto blanco, y ellos viven un voto rojo. Es decir, sin o con lo que elegimos, los votos siempre tienen colores. Pero qué bien se siente ser uno el que se los dé.

Estación Washington, del tren lijero, en Guadalajara.

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