La pregunta más sugerente, y la que sin duda me viene a la cabeza cuando lo pienso, es si ahora estamos más solos que antes. ¿Se han fijado? Es casi inherente en mí hacer este tipo de comparaciones. Seguramente porque algo en mí vive de ese ayer al que nunca pertenecí físicamente. Lo acepto. Pero volvamos a la pregunta. ¿Estamos más solos?

Ayer, después de clase, salí a caminar por el centro y llegué a una librería. Iba solo. Bueno, casi. Un amigo me acompañó unas cuantas cuadras, luego cada quien tomó por su lado. Entré a la librería y comencé a hacer una búsqueda minuciosa. Con libreta y pluma en la mano. Este ejercicio me lo enseñó Luis Alfonso, Poncho, para estar al corriente de los libros que hay que comprar, los que hay que leer de pie, sentado, de manos y con los ojos cerrados (así como lo haría un Vasconcelos posmoderno). En sociología, como es costumbre, muchos libros intentaban dar nombre a nuevos fenómenos que se relacionan entre sí: nuevas tecnologías de comunicación, espacios virtuales, identidades cambiantes, ambivalencia, incertidumbre. Pero había uno en particular que me llamó la atención. El cual no compré por comprar uno de Safranski veinte pesos más barato. Era sobre la soledad. La soledad actual. En la contraportada el autor nos recordaba que estamos llenos de información, de ojos vigilantes, de canales que nos conectan con otros países, personas, objetos e ideas, pero, a pesar de eso, estábamos más solo. ¿Era verdad?

Hace tiempo leí un libro que de hecho es una gran entrevista a Gilles Lipovetsky. El nombre es impactante como polémico: La sociedad de la decepción. Para este sociólogo francés, la sociedad tendía a la soledad. Gente que su único canal de comunicación era su perro o la computadora.

Pero él no es el único. Habría sólo que levantar la vista y buscar. Mucha gente sola. Demasiada. Caminan por las calles o andan en el mercado, solos. Usan unos audífonos y se encierran en sí mismos. Pero, ¿y los que no? Qué vieron esos pensadores que ahora nos advierten de la soledad inminente que se avecina.

Yo no sé de los demás, pero sé de mí. De mi soledad. Me acabo de cambiar de ciudad. Una muy lejos de donde vivo. Sí conozco gente, incluso tengo familia aquí, pero la mayor parte de mi tiempo estoy solo. Es decir, nadie me acompaña físicamente. Pero no me siento solo. Sé que estoy junto a un montón de gente que, aunque lejos, me llenan. Nos duele la soledad cuando no la podemos compartir. Por eso Alfredo Bryce Echenique dice que la soledad existe sólo para aquel que no es capaz de recordar cuando no estuvo solo, y que sabe que esos tiempos volverán.

¿Qué pasa con el que realmente vive solo, come solo, sueña solo y se imagina su vida y su muerte solo? Seguramente lo pensaremos dos veces antes de decretar que estamos más solos o no. Una vez una maestra me lo dijo: tú buscas justificar tu tesis, no comprobarla. Creo que tiene razón. La soledad nos acompaña fielmente como una revelación interna., buscamos justificarla o negarla, no entenderla. Jodorowsky una vez, en una fábula pánica, dijo que estar solo era no saber estar con uno mismo. Echenique, otra vez, dice que la soledad es “preciso desear ser dos, al menos, o haberlo sido,  y conservar la  nostalgia de ello”. Por eso este autor, compartiendo desde un tono menos severo que el de Lipovetsky, hace una comparación entre soledades: antes, dice, uno se alejaba para estar solo, hoy uno está en medio de la multitud. Aman a ese perro porque es lo más humano con lo que pueden tener contacto, o, dice, tal vez porque es lo único vivo que no es humano del que pueden tener respuesta.

Con precisión sé que la soledad es sólo una nostalgia emergente. La sentimos como si algo dentro de nosotros nos lo arrebatara. Nos sentimos solos porque ella, la soledad, nos inunda de principio a fin. Porque es ella antes de mí, antes de lo demás. ¿Y si sólo fuera saber estar con uno mismo el dejar de estar solo?

AG.

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