Túnez detonó lo que anticipadamente se llamó la primavera árabe. Ese momento cálido y rejuvenecedor que viene cuando el inerte frío se ha ido. Vaya figura. Y en específico un joven vendedor ambulante que fue humillado por un policía al voltear su carrito de verduras y abofetearlo frente a todo el mundo. Ese policía, ahora escondido en una cueva como Hussein cuando iba ser capturado, no midió las consecuencias de levantar la mano contra un pequeño comerciante que en una situación normal hubiera corrido despavorido, pero que, de manera contraria, tomó un galón de gasolina y se prendió fuego frente a un edificio de gobierno.

La bofetada, el carrito volteado y un hombre inmolándose hasta el hueso, lo comenzaron todo. De Túnez se extendió a Egipto, luego al Líbano, y luego a otros países con no tan eficientes resultados, en donde sus respectivos dictadores cayeron, cada uno de acuerdo al nivel de profundidad con el que estaba cosechando su poder.

Lo que mostró la primavera árabe, más allá del logro de crear colectividades eficientes que fueran capaces de incidir en un mundo político que por muchos años le fue ajeno a la gente (y muchas otras lecturas favorables que seguramente desconozco), fue algo evidente y oculto entre los discursos progresistas que no han logrado cuajar: la izquierda no tiene un proyecto político eficiente. No lo tuvo en América Latina, no parece tenerlo en Estados Unidos con Obama, y ahora vemos que no lo tendrá en estos países de tradición árabe que se levantaron en contra de sus gobiernos.

Jean Braudrillard decía que el verdadero acto revolucionario venía después que la guerra había terminado. Algo similar dijo Zizek sobre la película de V de vendetta: ya hemos derribamos el símbolo del poder político autoritario, ya hemos sacado a miles de personas a la calle, ¿y ahora qué hacemos? Por eso, dice Zizek, debemos retomar a Lenin, quien decía que las armas no eran la revolución, sino ese proyecto político que queríamos construir a través de ellas.

Lo mismo ha pasado con la primavera árabe, y principalmente en Túnez, en donde la izquierda logró generar un bello e inspirador movimiento, resistió las bajas provocadas por los enfrentamiento con el ejército, y se mantuvo por un largo tiempo hasta que, por fin, consiguió la victoria viendo marchar a la elite autoritaria del poder. Pero una vez ahí, una vez terminada esa revolución, la que le seguía, la que debía tener un proyecto político que sostuviera al país y lo guiara por el camino que los pasados líderes no pudieron vislumbrar, se perdió de manera incierta. Con el país incipientemente en calma, los que han llegado al gobierno como parte de las primeras elecciones democráticas del país fue una agrupación tradicionalista islámica. El segundo al mando del partido religioso ganador, dijo que Túnez estaba apunto de convertirse en el sexto califato árabe. El discurso de izquierda que imperó en toda la movilización fue sustituida por un sermón religioso. Algo representativo de lo que será esta Túenz, fue la censura de la película animada Persépolis, en donde se muestra, a través de la historia de una pequeña niña, cómo después de la guerra contra el Sha en Irán, los que se hicieron del poder, hasta la fecha, fue un partido islámico que, después, comenzó una cacería en contra de los socialistas que construyeron el camino al poder que luego ellos tomarían.

¿Son las tecnocracias islámicas una alternativas no conveniente para los países de la primavera árabe? No debería ser cuando el cuerpos de las revueltas lo dio una izquierda que se sabe organizar para demandar, pero que le cuesta mucho construir proyectos estables que funcionen. Y no lo es desde la perspectiva de un ateo como yo que creo que la política debe ser secular y democrática.

Si existe una moraleja en la historia, es que la izquierda combativa que sale a las calles y demanda el fin de una forma política pública sin tener una propuesta detrás que la apoye, se quedará eternamente en el arte de la guerra. Irán, y ahora Túnez, son un ejemplo claro: las movilizaciones izquierdistas, que lograron sacar a millones a las calles, no pudieron meterlas en las urnas para que votaran por ellos. Diagnóstico que seguramente no cambiará hasta que las izquierdas globales asuman un proyecto político real para las circunstancias actuales, que tengan una alternativa económica y administrativa, que le dé confianza a la gente para que la próxima vez que salga a la calle, sea para darle su voto a los representantes de la izquierda.

 Tury. 

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