Todos los países que han apostado a que sus sistemas económicos dependan de los sistemas bancarios internacionales, en algún momento tendrán que pasar por un tipo de rescate. Ya sea un rescate por los organismos monetarios de la región a la que pertenecen, como España o Grecia, o rescates internos, como Estados Unidos. También pueden caer en deudas con instituciones de financiamiento o simplemente declararse en bancarrota y esperar que ocurra algo milagroso.

La razón es que los bancos y países tienen objetivos y medios diferentes, por no decir indisociables, que no se empatan, pues dependen enormemente de la actitud de los mercados, los cuales normalmente están sometidos a las reglas de los especuladoras e inversionistas ventajosos.

México es parte de la Alianza del Pacífico junto con Colombia, Perú y Chile, la cual defiende el libre mercado frente a las otras de la misma región, como la del caribe o del atlántico, que asumen una postura de regulaciones de mercado mucho más controlada. Esta alianza se ha metido, aún no de fondo, a la lógica del sistema financiero global: mercados libre, posturas desreguladas, prácticas no proteccionistas del consumo por parte del Estado.

Junto con esto, al finalizar la reunión del G20 en Los Cabos, Felipe Calderón hizo una conclusión del encuentro diciendo que todos los gobiernos presentes habían aceptado en no hacer prácticas de regulación de los mercados. El discurso estaba lleno de falsedades que los hechos desmienten. La economía griega acaba de ser recuperada y un gobierno moderado había llegado al poder con la esperanza de seguir en la Unión Europea; François Hollande, en Francia, rechazaba práctica de austeridad en su gobierno y parecía tomar distancia de la política económica de la canciller alemana; Estados Unidos, unos años antes, y aún con el gobierno de Barack Obama, había hecho uno de los rescates bancarios más grandes de toda la historia de ese país; España, con un Rajoy que quiere mostrarse como si fuera él quien pone las condiciones, ha tenido que bajar la cabeza y estirar la mano frente a la Unión Europea.

Estos casos muestran algo alarmante: una postura oficialista que no quiere preocupar a los inversores, los cuales afectarían directamente a los bancos de inversión, estos a los bancos de ahorro, estos a los créditos y estos al país entero, pero que en el fondo está haciendo constantes rescates bancarios e incurriendo en prácticas de regulación sin asumir una postura oficial y contundente. Se regula sin decir que se regula. Como si no decirlo fuera argumento suficiente para demostrar que no existe.

Paul Krugman mencionó hace un par de días en un artículo en el periódico El país que Grecia es sólo un síntoma de una crisis más profunda en Europa, pero que los gobiernos de Alemania y Francia lo pusieron como un caso excepcional y consecuente de maquillar su situación financiera y mentir en los diagnósticos que se hicieron a su economía. Krugman agrega que Grecia fue un chivo expiatorio bastante útil para mantener el pegamento de la Unión Europea, el problema es que a ese caso se sumarán otras más muy pronto (como ya lo hizo España, y como lo fue Irlanda)

Hasta aquí podemos dilucidar que el culpable de la crisis económica mundial (el texto Caída libre de Joseph Stiglitz lo profundiza con mayor detalle) es el sistema bancario.

La relación indisociable hoy en día entre el funcionamiento económico de los países y los sistemas bancarios como la base en donde todas las transacciones económicas ocurren, ha ido mermando la capacidad regulatorias de los gobiernos, lo que generó enormes burbujas crediticias (sólo habría que destacar el sector, rascar un poco y encontrar la tajada que los bancos se llevaron a través de los créditos que otorgaron) que tarde o temprano detonaron, hundiendo las economías nacionales y obligándolas (sí, aunque suene contradictorio, los gobiernos se sintieron obligados) a rescatar los sistemas bancarios para reactivar sus economías.

Como el aceite que engrasa al sistema económico se había secado, se tenía que inyectar dinero en la base para que volviera a caminar. El aceite eran los bancos, y el dinero, nuestros impuestos.

Esta estrategia heredada por Alan Greenspan, quien se vendió a sí mismo como el gran economista que llevó a la gloria de los noventas a Estados Unidos, fue quien creó esa burbuja. Hizo pensar que el dinero virtual de los bancos era dinero real, y que las deudas, activos tóxicos o carteras vencidas, podían ocultarse y venderse a otros inversores para recuperar lo perdido. Pero así como la basura cuando se esconde bajo la tierra llega un día que se desborda por los hoyos de los campos de golf, así lo hicieron todas esas prácticas inseguras y arriesgadas.

¿Qué pasa con México? Los créditos bancarios crecen y la gente se endeuda, de acuerdo al Banco de México. Es decir, se genera una burbuja. Es decir, se hace creer que se tiene dinero cuando no es así.

Mientras tanto, las instituciones encargadas de diagnosticar y (aunque no lo parezca) regular el sistema económico y financiero del país dicen que todo marcha bien y que las crisis que golpearon a países como Estados Unidos en 2008 a penas lo tocaron (lo mismo que se dijo de España dos años antes hasta que la bomba detonó en 2012).

Se cae en el mismo problema que Estados Unidos y Europa: se toma una postura de desregulación para no enturbiar los mercados haciendo creer que la economía crece, cuando realmente sólo se construye un teatro a través de los créditos. Esta solución es como defender una caja de ahorro con un espantapájaros.

De acuerdo a la Asociación de Bancos de México, el préstamo otorgado por la banca comercial (ojo, sólo la banca comercial) en materia de consumo llegó a 524 mil millones de pesos en el mes de junio de 2012. Estos préstamos, cabe mencionar, representan el 25% del total de financiamiento del sector privado otorgado por la banca comercial. No es algo que deberíamos pasar de alto.

¿La economía mexicana podría pasar por lo mismo que la griega? Si la postura desreguladora continúa, y la burbuja crediticia crece, es muy probable que sí. Pero no lo sabemos. No aún. Quiero destacar dos situaciones: contextos y condiciones. México y Grecia vienen de contextos diferentes (geopolíticos, geográficos, históricos, regionales), pero tiene condiciones similares: créditos inflados, sistemas bancarios en caída, endeudamiento, carteras vencidas desbordándose.

Y mientras se mida solamente el crecimiento de la economía con porcentajes resumidos y escuetos pero sin desmenuzar al sistema bancario o económico, crear políticas monetarias contundentes y de regulación de mercado útiles, sin miedo a las consecuencias que estas puedan tener al corto plazo, el país vuela a pasar por lo mismo que Grecia.

Eva.

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