Cierro la ventana, pero aún así la luz de afuera ilumina la puerta, la lámpara y mis pies. Abro los ojos en una oscuridad en donde con esfuerzos puedo reconocer mi mano. Con los ojos abiertos, comienzo a recordar. Y lo que recuerdo son los viejos amores. Esos que están llenos de quizás y hubieras, que hablan de largos adioses que no terminan nunca. Que todo final era el presagio de su nacimiento. Viejos recuerdos que se han ido acumulando ceremoniosamente en mi vida, acomodándose a su gusto en los rincones de mi memoria.

Cierros los ojos y los veo. Son como fantasmas cargando sus últimos alientos. Hablan despacio y no se interrumpen. Se sientan a mi alrededor, seguros que por la oscuridad no los reconoceré. A veces toman café en tazas blancas como sus manos. Se cuelan en mis sueños sin mi permiso. Me llevan a otros momentos, a otros espacios. Me veo, pero soy otro, soy lo que los viejos amores me dicen que sea. Soy más delgado, con más cabello, más curioso. Los viejos recuerdos tienen la ventaja de poseer un cuerpo más viejo de lo que soy capaz de recordar.

A veces me despierto y pregunto qué sería sin ellos. Imagino que existe una inyección o un tratamiento de amnesia que te hace olvidarlos, y que borra esa ley de que los viejos amores mueren cuando mueres. Imagino que tengo el control de deshacerme de ellos, que los meto a una bolsa de plástico y los tiro en cualquier lugar.

Pero los viejos amores no mueren, no deben morir. Viven con la promesa de que ese dolor que nos provocaron se transformará en la materia de nuestros recuerdos.